Atlántico Oscuro XXXIX
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XXXIX

Inma volvió a mirar el reloj una vez más.

Tenía un mal presentimiento. También el último día antes de irse, iba a llegar tarde…

o, lo que es peor, a no aparecer. Cada vez que le daba una nueva oportunidad, la cagaba.

Quizá no había sido una buena idea dejarle que los acompañase.

No le gustaría que Alfredo creciese sin padre, pero podía ser peor hacerlo con un padre como Chinto.

Se encontraban en el Paseo Marítimo, enfrente de la Playa de Riazor, a la altura de la Fuente de las Gaviotas.

Habían quedado allí con Miguel y Rafael.

El trato con su hijo era acompañarlo hasta que se encontrase con sus amigos, y después dejarlos solos.

Alfredo quería que su última noche en Coruña fuese una noche de libertad.

Libertad, qué palabra tan sobrevalorada, pensaba Inma.

A ella siempre le había traído problemas.

Cada vez que había tenido que elegir, había tomado malas decisiones.

Con lo fácil que era obedecer. Ya lo decía su madre, el que obedece nunca se equivoca.

Esto, claro, lo pensaba ahora que estaba cerca de los cincuenta.

En cambio, cuando tenía la edad que tenía ahora su hijo, de lo único que tenía ganas era de equivocarse.

Y lo hizo en muchas ocasiones. La mayoría por orgullo, excepto una vez, que fue por amor .

En realidad, no había cambiado tanto. Seguía siendo una romántica incorregible.

Por eso no había roto definitivamente con Chinto.

Y mira que lo merecía. Seguía queriéndolo, a pesar de todo.

Era el amor de su vida. Más importante incluso que aquel primero con el que se había fugado de casa, renunciando a una vida de comodidades a cambio de una promesa adolescente, abandonando sus sueños en un viaje autodestructivo y olvidando su inocencia en la primera gasolinera.

Esa fue su primera mala decisión, por amor.

Y las siguientes fueron no volver a casa, por orgullo.

Y ahora iba a tener que volver a decidir.

Hacerlo por amor, significaba seguir con Chinto.

Hacerlo por orgullo, significaba irse sin él.

Pero Inma no quería hacerlo por amor o por orgullo, sino por su hijo.

Lo que no era capaz de dilucidar era si lo mejor para su hijo era estar sin padre, o medio estar con un padre como Chinto.

Podía echarlo a suertes, tirar una moneda al aire, y dejar que eligiese el destino.

Desgraciadamente, no era de ese tipo de personas.

Sabía y aceptaba que las responsabilidades no podían delegarse.

Y menos, confiarlas al azar. Ella había elegido ser madre, y como madre tenía la obligación de decidir.

¿Para qué iba a culpar a la suerte, cuando podía culparse a ella misma?

—Mamá, ahí están Rafa y Miguel.

Los niños venían acompañados de la madre de Miguel, a la que se le veía un poco nerviosa. Inma se acercó a ella y la saludó con dos besos. Delgada, de cara blanca y pelo negro rizado, tenía la misma mirada intermitente de su hijo, que transmitía más dudas que certezas.

—Hola, Inma. Yo no sé si estaremos haciendo bien. Esto me parece un poco arriesgado. Son muy pequeños para salir, y más con todo lo que ha pasado. Miguel me ha convencido porque es la despedida de Alfredo, pero no sé, tengo mucho miedo.

—Lo sé.

Inma había aceptado el trato con su hijo porque sabía que los dos policías de paisano que lo vigilaban iban a estar pendientes de él en todo momento.

Así se lo habían asegurado esta mañana cuando Jacinto se los presentó.

Le parecieron muy serios y profesionales, lo que la ayudó a tranquilizarse.

Eso no quería decir que ella se fuese a ir a casa.

Se mantendría cerca de su hijo, aunque lo suficientemente alejada para que él no pudiese verla.

Miró hacia los escoltas y los vio hablar con una chica rubia muy guapa. En realidad, el que hablaba era uno, porque el otro se mantenía observando a Alfredo. Muy profesionales, volvió a pensar Inma. No era fácil no mirar a una mujer así.

Después de hablar con los policías, la rubia fue hacia Inma, que, al tenerla más cerca, la reconoció.

Era esa fiscal que se había hecho famosa por llevar un caso sobre un hombre que había matado a su pareja.

Fue un juicio muy mediático porque la víctima era un varón que estaba en proceso de transición a mujer, por lo que no estaba claro si era un crimen de género o un crimen a secas.

El juicio fue transmitido íntegramente por la Televisión de Galicia, lo que convirtió a la fiscal en una de las personas más conocidas del país.

—Hola, Inma —dijo con suavidad—. Soy Águeda —hizo una pequeña pausa antes de continuar—. Acabo de estar con tu marido.