XXXVIII
Las horas previas a la noche de San Juan en Coruña son parecidas a los prolegómenos de una batalla.
Los montones de madera se acumulan a lo largo del Paseo Marítimo como si fuesen trincheras.
Los grupos de jóvenes cargados con botellas parecen guerrillas buscando la mejor ubicación en la selva, que, en este caso, es una playa.
Los bares sacan a la calle sus barras y parrillas, haciendo las veces de cuarteles de retaguardia.
Una calma tensa rodea la ciudad, como si estuviese conteniendo la respiración antes del ataque, esperando la aparición del primer fuego.
Afortunadamente, esta vez el sacrificio será de sardinas en lugar de personas.
Jacinto le había dicho a Águeda que le gustaría hablar con ella, y la fiscal lo había citado en su picadero a las seis.
Al policía le fue imposible llegar antes de las seis y cuarto.
Cuando abrió la puerta, se encontró a la dominatrix más guapa del mundo vestida de negro látex y armada con un látigo y unas esposas.
—Has llegado tarde adrede para que te castigue, ¿verdad, perro?
—Joder, estás impresionante, pero es que hoy…
Fffsssh —el látigo pasó tan cerca de la cara que casi lo rozó .
—Hablarás cuando yo te dé permiso, perro.
—Es que no tengo mucho tiempo y prefería…
Fffsssh —el segundo fustazo ya lo alcanzó y le provocó un corte en el pómulo izquierdo.
El cuerpo de Águeda, envuelto en la suavidad del látex, la agresividad de su cara mirándolo con ojos desafiantes y las pequeñas gotas de sangre descendiendo por su mejilla, lo excitaron como nunca antes. El bulto en su pantalón era tan evidente que la fiscal lo detectó enseguida.
—Ah, perro, te gusta que te fustigue, eres una zorra muy viciosa —el tono de voz de Águeda iba aumentando al ritmo que aumentaba la velocidad de los latigazos—. Dime que te gusta, dime que te gusta, perro.
Jacinto entendió que a la petición de su ama sólo podía responder con una palabra:
—Guau.
Terminado el acto sexual, que Jacinto podría incluir entre los tres mejores polvos de su vida, Águeda se levantó envuelta en la sábana y lo dejó esposado al cabecero de hierro forjado de la cama. En esa situación, el policía no se atrevió a decirle lo que había ido a contarle .
—No ha estado mal. Ahora tengo que salir un momento, después seguimos.
—¿Cómo? ¿Vas a dejarme así?
—Claro, quiero tenerte a mi disposición cuando vuelva. Te voy a dar un tiempo para que te recuperes, que ya eres caballo viejo. Pero cuando regrese, tienes que estar listo para continuar. Esto ha sido sólo el principio. Tengo más para ti.
—No, espera. No puedes dejarme así. Tengo cosas que hacer.
—Me da igual lo que tengas que hacer. Quiero que estés a mi disposición. No tardaré mucho. En un par de horas estoy de vuelta.
—Que no, espera —esta última frase la dijo gritando, enfadado.
—No seas pesado. Ya te he dicho que te quedas aquí. Y puedes chillar lo que quieras, que no vas a molestar a los vecinos, que este piso está insonorizado.
Jacinto desconocía la hora, pero estaba seguro de que era mucho más tarde de lo que le gustaría.
Había llegado a las seis y cuarto, por lo que debían de ser en torno a las ocho.
Casi dos horas. La luz que entraba por la ventana había ido perdiendo claridad, pasando de un amarillo brillante a un tono ocre, propio del atardecer.
El sexo con Águeda era muy largo porque estaba rodeado de un gran ceremonial.
Que si ahora me lames las botas, que si ahora te fustigo, que si ahora te esposo…
Perfecto cuando te nía tiempo, pero él había quedado a las siete y media con Inma para escoltar juntos a su hijo en su noche de despedida de Coruña.
La melodía de la canción The Passenger de Iggy Pop comenzó a sonar en su teléfono:
I am a Passenger
And I ride, and I ride
I ride through the city's backsides
I see the stars come out of the sky
Instintivamente intentó levantarse para responder, pero los grilletes de sus muñecas se lo impidieron.
Eran muy resistentes, no eran un juguetito de sex-shop, sino unas esposas reglamentarias de policía.
A saber de dónde las habría sacado Águeda.
Probablemente él no era el primero de su comisaría que se acostaba con ella.
La que estaba llamándolo tenía que ser Inma. Mierda. Si hubiese activado el asistente de voz del teléfono podría responder. La canción se detuvo y se reanudó al cabo de unos segundos. Si era Inma, no volvería a sonar. Era una mujer que no solía dar más de dos oportunidades .
Jacinto intentó soltarse en vano. El cabecero aún era más robusto que las esposas.
Mientras intentaba liberarse, se acordó de Fidalgo.
Probablemente a él también lo había atado Águeda más de una vez.
Es posible que lo hubiese hecho precisamente el día que mataron a Gabriel.
Eso había dicho Nenuca, que estaba con su amante.
Quizá fue por eso por lo que no contestó al teléfono cuando lo llamó, preocupada porque no localizaba a su hijo.
Quizá no pudo hacerlo porque estaba amarrado a la misma cama en la que él estaba ahora.
Y de repente algo hizo clic en su cerebro.
Desde el principio había supuesto que el asesino era un hombre.
¿Y si no era así? ¿Y si era una mujer? ¿Y si era Águeda?
Tenía acceso a toda la información del caso.
A toda. Conocía a los niños, al hijo de Fidalgo, por lo menos.
Sabía cómo pensaban los policías. Y cómo fallaban.
Sin embargo, una parte de él no quería admitirlo.
No, no podía ser. No sabía por qué había podido pensar eso.
El sentirse encadenado le estaba haciendo pensar cosas muy raras, totalmente inverosímiles.
La frustración por no poder liberarse hacía que culpase a su carcelera de auténticas barbaridades sin sentido.
Una cosa es que le fuese el sexo duro, y otra muy distinta que se dedicase a matar niños.
Pero lo había dejado esposado. A él. Justo hoy. Justo ahora.
En cualquier caso, lo importante era soltarse.
Ya tendría tiempo después para analizar su rocambolesca hipótesis.
Sin embargo, por más fuerza que hacía, el resultado era inútil.
A pesar de que las muñecas habían empezado a sangrarle, no había conseguido ningún avance.
El cabecero era macizo, y estaba firmemente fijado a la pared.
Pensó en impulsarse con los pies, pero en la postura en la que estaba no le era posible conseguir un buen punto de apoyo contra el muro.
Tendría que haber sido contorsionista para poder hacerlo.
La idea de que Águeda fuese la asesina volvió a introducirse en su cabeza y comenzó a desesperarle.
Si era así, en este momento podía estar tratando de llevarse a su hijo.
No le resultaría difícil hacerlo, los policías que lo escoltaban la conocían.
Y puede que Inma también. Y no desconfiaban de ella.
Al contrario. Con suma facilidad podría quedarse a solas con el niño con cualquier excusa.
Que me había visto y que le había pedido que les dijese que se encontrasen conmigo en tal sitio.
Que se fuesen tranquilos, que ella lo vigilaría…
Y él, mientras tanto, inmovilizado. Neutralizado.
Completamente desnudo, esposado a la cama de la asesina.
Volvió a tirar con fuerza de sus manos, y lo único que consiguió fue aumentar la herida de sus muñecas.
Gritó, no de dolor, sino de impotencia. Se acordó de la maldita llave.
Si al menos pudiese alcanzar sus pantalones.
En uno de sus bolsillos tenía una llave para abrir esposas reglamentarias, como creía que eran las que lo inmovilizaban.
Pero los pantalones estaban demasiado lejos, en la entrada del piso.
Fue lo primero que le hizo sacar Águeda antes de ordenarle que se pusiese a cuatro patas .
Volvió a gritar todo lo fuerte que pudo pidiendo ayuda, intentó sacudir el cabecero contra la pared, pero lo único que consiguió fue golpearse la espalda y la cabeza. Si hubiese tenido cerca un cuchillo, se habría cortado una mano para poder liberarse.
Cuanto más luchaba por soltarse, más se convencía de que la fiscal era la asesina.
Lo que comenzó como una sospecha estrafalaria se había convertido en una obsesión dogmática.
Y esta obsesión lo desesperaba. Por no haberse dado cuenta antes, por haber pensado tanto con la polla y tan poco con la cabeza y, sobre todo, por haber puesto en peligro a su hijo.
Todos estos pensamientos desaparecieron cuando oyó abrirse la puerta del piso.
Menos mal, la fiscal ya estaba de vuelta.
Las sospechas sobre ella, de repente, se habían convertido en un auténtico disparate.
Ahora lo liberaría y podría ir rápidamente a encontrarse con Inma y con su hijo.
Sin embargo, desafortunadamente, la persona que vio aparecer en el marco de la puerta de la habitación no era Águeda.
Y entonces lo entendió todo. Demasiado tarde.