Atlántico Oscuro XXXVII
84%

XXXVII

¿Qué sería Coruña sin su Torre? Otra agradable ciudad costera con playas corrientes, con barcos que se hunden, con iglesias de piedra, con plazas de sol y sombra, con jardines arbolados, con un océano por frontera y con niños jugando a piratas.

Un puerto más en el que, como en el resto, la felicidad llega de contrabando, esquivando aduanas y tasas de importación.

Lo que hace a Coruña ser Coruña es la Torre de Hércules, un faro que lleva alumbrando el mar desde hace dos mil años.

Su primera llama se encendió poco después de la muerte de Jesucristo.

Y con su última llama, se apagará Coruña.

Con su luz nació, y con su ocaso morirá.

Sin ella no es más que una mezcla de roca, agua y arena vacía de resplandor.

Así se sentía Jacinto sin Inma. Una mezcla de huesos, sangre y músculos vacía de todo.

Jamás pensó que pudiese recuperarla, por lo que la posibilidad de hacerlo le causaba perplejidad.

En realidad, esta oportunidad era la que le obligaba a reflexionar sobre las tres relaciones que estaba compaginando.

Hasta ese momento, simplemente se había dejado ir. Be water, my friend .

Ahora debía decidir. Mejor dicho, ya había decidido, porque ante Inma, todo lo demás era superfluo, contingente.

Lo que tenía que pensar era cómo gestionar las rupturas con Nenuca y con Águeda.

Sabía que con Nenuca no iba a tener problemas porque era una señora y porque, en asuntos sentimentales, estaba acostumbrada a sufrir.

A sufrir y a perder. Con Águeda, en cambio, le daba la impresión de que iba a ser más difícil.

Y eso que no tenían una relación seria. Pero a las niñas caprichosas no les gusta que les quiten sus juguetes.

—Hola, hijo.

La concentración en el asunto de sus amantes y el viento de cara no le permitieron detectar la presencia de su padre hasta que se puso a su lado y lo saludó.

A pesar de que lo había visto recientemente en la comisaría, le costó reconocerlo.

En unos pocos días, su aspecto, que ya era malo, había empeorado.

Daba la impresión de que, si uno se lo quedaba mirando, podía ver la degradación de su cuerpo en tiempo real.

Con el paso de cada segundo se notaba un poco más viejo y un poco más acabado.

Un muerto viviente que cada vez estaba más muerto y menos viviente.

—¿Qué haces aquí, hijo de la gran puta?

Jacinto no había vuelto a hablar con su padre desde aquel verano del Mundial de España, cuando, aprovechando un permiso penitenciario, le había roto la nariz.

—Tengo que pedirte una cosa .

—Lo único que puedes pedirme es la forma en que quieres que te mate. Porque sabes que te voy a matar, ¿verdad?

Padre e hijo se encontraban en un estrecho camino al borde de los acantilados que rodeaban la Torre.

Jacinto miró hacia abajo y pensó que con un pequeño empujón podría lanzarlo fácilmente al vacío.

Las rocas harían justicia y le devolverían los golpes que él había dado a su madre.

Después miró alrededor y no vio a nadie.

Puede que fuese el momento. No había razón para retrasarlo más.

—No lo hagas. Al menos, ahora —su padre pareció leerle la mente—. Aunque te parezca que no hay gente, seguro que hay alguien que puede verte. Hay demasiada luz. Sería mejor que esperases a la noche.

Jacinto volvió a mirar alrededor y, esta vez, a lo lejos, distinguió una pareja paseando de la mano hacia ellos.

—No desgracies tu vida por mí. Sé que tienes un hijo. ¿También quieres dejarlo a él sin padre?

—Ni se te ocurra hablar de mi hijo —respondió el policía muy enfadado—. Como vuelvas a hacerlo, te mato ahora mismo. Y no me importa que me vean.

Pascual dio dos pasos hacia atrás para alejarse un poco. Intuía que cuando Jacinto perdía el control era capaz de cualquier cosa .

—No me importa morir. Tal y como estoy, sería un descanso para mí.

No te imaginas el dolor que tengo que soportar todos los días.

No me queda mucho. Me iré dentro de poco, con o sin tu participación.

No obstante, si tanto interés tienes en matarme, por mí no hay problema.

Si quieres, podemos quedar aquí mismo una noche y me das puntilla.

A Jacinto le pareció una idea magnífica.

—Eso sí, tengo dos condiciones.

Lo que faltaba, pensó Jacinto, el hijo puta de su padre reaparece después de tantos años, y lo hace con exigencias.

—Sé que estás pensando que tengo mucha cara al abordarte de esta manera, y poniéndote condiciones —Pascual volvió a leerle la mente a su hijo—. Pero piensa que yo, a cambio, te entrego mi vida. Por mucho que te pida, va a ser menos que lo que yo te dé.

—Tu vida vale muy poco.

—Algún valor debe de tener para ti cuando estás dispuesto a arriesgar la tuya por acabar con la mía.

La pareja que Jacinto había detectado anteriormente se encontraba ya a escasos metros.

No estaban tan lejos como le había parecido inicialmente.

La chica dirigió a Pascual una disimulada mirada en la que se mezclaban la sorpresa, el miedo y la compasión.

Padre e hijo permanecieron en silencio hasta que pasaron .

—¿Qué es lo que quieres?

—Primero, que me dejes ver a mi nieto.

¿Ver a mi hijo? A este cabrón se le ha ido la cabeza, pensó Jacinto.

—Y segundo, que me entierres junto a tu madre.

La primera petición ya le había molestado, pero al oír la segunda, no pudo reprimir el deseo de lanzarlo al mar.

No había cerebro, por muy desarrollada que tuviese su corteza prefrontal, que pudiese controlar ese ímpetu.

Fue hacia él, lo agarró fuertemente por el pecho y cogió impulso para arrojarlo a las olas.

Sin embargo, su padre, que no era más que un pellejo de huesos, no quería morir en ese momento e hizo todo lo posible para impedirlo. Con muy pocos músculos, pero con un gran instinto de supervivencia, se agarró a su hijo rodeándolo con brazos y piernas, como si fuese una garrapata gigante.

Jacinto intentó desembarazarse de él sin éxito.

Comenzó empujándolo con los brazos. Al ver que así no lo lograba, lo golpeó en la cabeza varias veces.

El problema es que cuanto más le pegaba, más fuerte se agarraba su padre.

Pensó hasta en morderle, aunque no llegó a hacerlo por miedo a contagiarse de algo.

Dentro de ese cuerpo tenía que haber una fauna muy peligrosa.

Entonces, pasado el ataque de ira inicial, poco a poco, se fue dando cuenta de que aquello no era una buena idea, y paró .

Su padre reconoció la tregua enseguida, liberó a su huésped y se alejó varios pasos prudenciales de él, no fuese a darle otro arrebato.

—Además de ser un hijo de puta, estás loco. ¿De verdad crees que voy a permitir que te entierren junto a mi madre? Lo que le faltaba a la pobre. Después de lo que le hiciste en vida, tener que padecerte también en muerte. Eres un puto sádico.

Pascual dio un par de pasos más hacia atrás, por si acaso, y continuó con su discurso.

—Supuse que la propuesta no te iba a gustar, aunque no imaginé que te pondrías así —lo dijo entre jadeos, intentando recuperar la respiración tras el titánico esfuerzo que había hecho por mantenerse con vida—.

¿Sabes qué? Olvídalo. Si no quieres aceptar mis peticiones, de acuerdo.

No te preocupes, dejaré que me mates igualmente, con la condición de que escuches lo que voy a decirte.

Cerca de donde estaban había un banco. Pascual se dirigió hacia él, se sentó y le hizo un gesto a su hijo para que lo acompañase. Jacinto le siguió, pero rechazó acomodarse a su lado, aunque se mantuvo de pie lo suficientemente próximo al banco para poder oír lo que decía .

—Yo quise mucho a tu madre, y también te quise a ti. Al principio fuimos muy felices. Posiblemente no te acuerdes de esa época porque eras muy pequeño.

Jacinto no contestó, ni hizo ningún gesto. Evitaba cruzar la mirada con su padre. Mantenía sus ojos fijos en el océano, un mar azul y brillante que no cesaba de bambolearse.

—Las cosas se torcieron cuando empecé a beber más de la cuenta.

Ya, el alcohol como eximente —pensó Jacinto, que siguió sin decir nada.

—No fue sólo por el alcohol. No lo descubrí hasta hace unos años, gracias a un buen abogado de oficio que me defendió en un delito de…

—Pascual pensó que no era necesario especificar tanto— bueno, el delito es lo de menos.

El caso es que el abogado pidió que me hiciesen un peritaje psicológico, o algo así.

Vamos, que me mirasen la cabeza. Y vieron que tenía esquizofrenia paranoide.

Jacinto, que pretendía mantenerse callado, no pudo aguantar más.

—Pobrecito el enfermo que no sabía lo que hacía y no era dueño de su voluntad. Qué fácil es culpar a la enfermedad. Ni siquiera te haces responsable de tus actos.

Pascual bajó su cabeza, un poco por cansancio y otro poco por algo parecido a la vergüenza .

—No es cierto, yo asumo mi culpa y mi condena. No pretendo justificarme, ni busco mi inocencia. Sólo quiero explicarme, explicar las causas de lo que pasó. La esquizofrenia paranoide es…

—Me da igual lo que sea —Jacinto lo interrumpió alzando la voz—. La única causa fuiste tú. Jamás tendrás mi comprensión, y mucho menos, mi perdón… si es lo que estás buscando.

Pascual apoyó la cabeza entre sus brazos, que, a su vez, apoyaba en sus rodillas. Le pesaba, le dolía. Demasiado esfuerzo y demasiada tensión para el estado en el que se encontraba.

—No lo busco porque sé que es imposible que me perdones —respondió con un hilito de voz que a su hijo le costó oír—.

Solamente quería decírtelo, que lo supieses.

Nada más —cada vez que hablaba le costaba respirar, no tenía suficiente aliento para hacer las dos actividades de forma simultánea—.

Ya sé que soy el único culpable. Y me arrepiento muchísimo.

Me arrepiento de tantas cosas… Me arrepiento de todo —se detuvo un instante para tomar un poco de aire—.

Lo hice yo, pero ese yo, era un yo distinto. Ahora soy otra persona.

—Si eres otra persona, ya no eres mi padre.

Pascual levantó la cabeza en un intento de muestra de orgullo.

—En eso te equivocas. Eso es lo único que sigo siendo. Tu padre, y el abuelo de Alfredo .

—Ni te atrevas a nombrarlo. Serás hijo de puta, te he dicho que no voy a permitir que lo veas.

El enfado de Jacinto hizo que por su mente volviese a pasar la posibilidad de matar a su padre en ese mismo momento, allí mismo.

—Lo sé, lo sé, tranquilo —Pascual le respondió muy lentamente, de forma muy sosegada, intentando que la suavidad del tono de sus palabras calmase a su hijo—. Ya te he dicho que renuncio a mis condiciones. Te entregaré mi vida a cambio de nada.

El victimismo de su padre, impostado o sincero, no hizo mella en la determinación de Jacinto. Demasiados años de odio y de deseos de venganza.

—¿Cuándo?

Pascual tardó unos segundos en dar su respuesta, como si estuviese eligiendo entre una variedad de alternativas. Finalmente eligió la que consideró más oportuna.

—La noche de San Juan sería un buen momento para morir. Es una noche mágica.

—Una noche mágica y las fiestas de Carballo —apostilló Jacinto.

—Sí, también por eso, por los viejos tiempos.