XXXVI
—¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo?
Inma le había pedido a Jacinto que fuese a su casa, y al llegar se encontró con un desorden absoluto formado por montones de cajas y maletas a medio hacer. Su exnovia iba de un lado a otro como un pollo sin cabeza, trayendo y llevando ropa, libros y otros objetos.
—Me voy.
—¿Cómo que te vas?
—Claro que me voy. Tenía que haberlo hecho hace tiempo. Cuando pasó lo de Gabriel. O, como muy tarde, lo de Luciano. Lo que no tiene sentido es seguir aquí después de lo del otro día.
—No exageres, no pasó nada. Alfredo sólo tiene unos rasguños sin importancia, y se los hicimos Miguelito y yo al intentar protegerlo.
—¿Lo dices en serio? ¿Cómo que no tiene nada, si casi le disparan?
—En ningún momento estuvo en peligro, la zona estaba muy controlada, no podían haberle disparado .
—Ja, eso lo dices ahora. Si estabas tan seguro, ¿por qué te tiraste encima de él? No sé si me molesta más que te hagas el tonto o que quieras hacerme tonta a mí. En cualquier caso, me da igual. Nada de lo que digas me va a hacer cambiar de opinión. Nos vamos.
Jacinto se dio cuenta de que el tono de la conversación estaba subiendo demasiado y de que, si no rebajaba la tensión, la cosa iba a ir a peor.
—Tienes razón, puede que no fuese muy inteligente exponer a nuestro hijo de la manera en que lo hicimos —una mirada de Inma le hizo rectificar— quiero decir, de la manera en que lo hice.
Y confieso que cuando el asesino lo llamó y le dijo que lo estaba apuntando con un arma, me asusté muchísimo.
Perdona por lo mal que te lo hice pasar. Lo siento.
La petición de perdón desactivó el modo guerra en el que estaba Inma, que dejó en el suelo la caja que tenía en sus manos y se sentó en el sofá para tener una charla tranquila y razonable. Jacinto se mantuvo de pie.
—¿Cuándo quieres irte?
—Por mí, cuanto antes. Pero tu hijo quiere ir a las hogueras de San Juan.
El año pasado le prometí que cuando cumpliese catorce le dejaría ir con sus amigos.
Pensaba que con todo lo que había pasado, finalmente no iba a querer hacerlo.
Sin embargo, ayer me lo recordó, quiere que sea una especie de fiesta de despedida, así que nos iremos después. El 25.
—Sólo cuatro días —Jacinto lo dijo suspirando, alarmado por lo poco que faltaba—. ¿A dónde?
—Aún no lo he decidido, y la verdad es que me da igual. Siempre he sido una nómada. Tú lo sabes bien. Eché raíces por ti, y mantuve esas raíces por Alfredo. Pero si las cosas se ponen mal, no tengo el más mínimo problema en irme. Y ahora las cosas están peor que nunca.
—Sí, de acuerdo, no es una situación agradable, pero no podéis iros sin más, sin saber a dónde. Aquí Alfredo es feliz, tiene amigos, un colegio que le gusta… ¿Quién te asegura que va a ser así en vuestro nuevo destino?
Inma se levantó y fue hacia la ventana. Dirigió su mirada hacia la calle unos segundos, y, más como deseo que como certeza, sentenció:
—Mi hijo tendrá lo que merezca y se conformará con lo que tenga.
Después, se volvió hacia Jacinto y, en un tono más cariñoso, confesó:
—Aquí he sido muy feliz. Me gusta Coruña, pero ninguna ciudad, por buena que sea, merece el riesgo de perder un hijo. Tengo miedo, Chinto, por primera vez en mi vida, tengo miedo .
—No tienes por qué tenerlo. Ahora Alfredo tiene escolta. Está más seguro que nunca.
—Ya, escolta. Si ni siquiera sabéis a qué os enfrentáis.
Me asusta lo ingenuos que sois y me sorprende que tú lo seas tanto.
Han conseguido secuestrar al hijo de un magistrado, torturarlo y matarlo.
Y después de eso, han hecho lo mismo con su mejor amigo.
Y han intentado repetirlo con un tercero, que, para más inri, es hijo de un inspector de policía.
Y después de todo esto, no tenéis ni la más mínima pista.
Y tú quieres que esté tranquila porque hay un policía que acompaña a mi hijo.
No me extrañaría que fuese un becario o hubiese estado haciendo DNIs hasta ayer.
—No exageres.
—¿Quién es? ¿Cómo se llama?
—¿Qué?
—Que cómo se llama el que lo acompaña.
Inma había vuelto a pillarlo. Siempre lo hacía. Cuando le pidió al comisario que su hijo estuviese vigilado, imaginó que pondrían a alguien competente y con la experiencia suficiente. No se le ocurrió preguntar quién iba a hacerlo.
—No tienes ni idea. Es increíble.
Jacinto fue hasta la ventana para intentar amortiguar su irresponsabilidad con el silencio. Hizo como que miraba hacia la plaza para que el paso de los segundos fuese enfriando la situación. Era su forma de reconocer su derrota. Inma aceptó la rendición y no quiso hacer sangre.
—¿Cómo está?
—Mejor de lo que yo esperaba, después de lo que pasó.
Es muy valiente. Quizá demasiado. Yo preferiría que fuese más prudente.
Ahora está con sus amigos. Con los dos que le quedan —Inma emitió un suspiro que sonó a queja y resignación—.
En casa de Miguel. Iré a buscarlo dentro de un rato, cuando me llame.
—¿Y qué va a hacer en San Juan? ¿Quiere ir a la playa? Va a haber muchísima gente.
A Jacinto le molestaba que las hogueras de San Juan hubiesen adquirido tanta fama en Coruña, y que las hubiesen declarado Fiesta de Interés Turístico Internacional.
Para él, las verdaderas fiestas de San Juan eran las de Carballo, que, desde siempre —o al menos desde que él recordaba— habían sido las fiestas locales.
Las fiestas de Coruña eran las de María Pita, Rosario y, si querían, incluso los carnavales.
Pero apropiarse también de las de San Juan le parecía un abuso excesivo.
Recordaba cómo sus amigos y él se pasaban los días previos a la fiesta recogiendo la madera en los montes, en las obras de los edificios y hasta en la basura.
Y cómo las distintas calles competían entre sí por ver quién la hacía más grande.
En Coruña, en cambio, era el ayuntamiento el que facilitaba la madera al que se apuntaba en un registro.
Qué putos pijos. Si los celtas levantasen la cabeza.
¿Y qué mierda era eso de hogueras? Cachelas, se llamaban cachelas.
—Sí, claro que quiere ir a la playa. No creo que se conforme con tomar unas sardinas en el bar de la esquina.
En la noche de San Juan, la mayoría de los bares sacan una pequeña barbacoa y asan sardinas en la calle, que reparten entre sus clientes habituales.
—Es muy peligroso. Iré con él.
—Ya, yo también. Pero hay que hacerlo sin que se dé cuenta.
Jacinto se acercó al sofá y se sentó al lado de Inma. Le parecía imposible que fuesen a marcharse en tan pocos días.
—¿De verdad aún no sabes dónde vais a ir?
—Me apetece ir al Sur, o a Levante. Ahora mismo tengo necesidad de luz. De sol calentando mi cara. De brisa que refresque y no enfríe.
Inma hizo una pausa para coger fuerzas y poder vencer la resistencia que su cabeza planteaba a lo que iba a decir .
—He estado dándole muchas vueltas, y cuanto más lo pienso, la verdad, menos convencida estoy, pero no me gustaría que Alfredo creciese sin padre.
Jacinto no se creía lo que estaba escuchando.
—Si quieres, puedes venir con nosotros. Si voy a empezar de cero, puedo hacer tabla rasa en todo. Te sigo queriendo. Y lo haré siempre… mientras no juegues con mi dignidad, ni pongas en peligro la educación de nuestro hijo.
El policía estaba tan sorprendido que hasta le costó trabajo mover el cuello para asentir. Tabula rasa, siempre le había gustado esa expresión. Por su sonoridad y por su significado. Una nueva oportunidad para él, que tantas había desaprovechado.
—Espero no volver a equivocarme —más que a deseo, la frase sonaba a resignación—. Aunque, al fin y al cabo, eso es la vida, ¿no? Una sucesión de pruebas y errores.
—Hasta que no podemos equivocarnos más, o hasta que nos cansamos de hacerlo. Sin embargo, esta vez no va a ser así, te garantizo que no te vas a equivocar.
Jacinto se acercó a Inma para intentar besarla, o, al menos, abrazarla, pero la madre de su hijo se apartó, rechazándolo.
—Ahora, no. Aquí, no. Cuando volvamos a empezar.