XXXV
Quijada había ido a buscarlo después de comer para hacer una segunda visita al Garganta Profunda.
Habían pasado dos días desde la proposición de Nenuca y Jacinto era incapaz de tomar una decisión definitiva.
No era fácil hacerlo. La mudanza tenía muchas ventajas, pero también algún inconveniente de peso.
Quizá podía comentarlo con Quijada, a ver qué opinaba él.
Al llegar al bar decidieron que, por discreción y para evitar líos, era mejor que Jacinto se quedase fuera.
No es que no tuviese ganas de ajustar cuentas con el camarero y sus compinches —si es que estaban por allí—, sin embargo, prefirió priorizar la investigación y dejar la venganza para una mejor ocasión.
No tuvo que esperar mucho, su compañero volvió enseguida.
—El de la barra me ha dicho que ya no trabaja aquí.
—Mierda. ¿Y te ha parecido convincente?
—Sí, porque me ha indicado dónde está ahora: en Las Nasas. No está lejos.
Las Nasas era totalmente distinto al Garganta Profunda.
Quedaba cerca de la Torre y desde sus ventanas se podía ver el mar.
Mesas de madera sin mantel, bancos en lugar de sillas y barra de la misma madera que las mesas, envejecida por los años y desgastada por el uso.
Paredes decoradas con fotos de marineros de otros tiempos y con un mapa de la costa coruñesa.
Olor a pescado fresco y a aguardiente casera.
Podría ser una taberna de pescadores, si en Coruña todavía hubiese pescadores.
La vieron nada más entrar, detrás de la barra, con la mirada fija en algún punto del horizonte que se colaba a través de las ventanas.
En el bar únicamente había cuatro jubilados sentados en una mesa en la que se jugaba al dominó.
No era un día de mucho trabajo, o quizá ese fuese el trabajo habitual.
Ella también los reconoció en cuanto su mirada abandonó el horizonte y se posó sobre los policías.
—Dudo que sea una casualidad, así que me imagino que tenéis interés en verme. Por cierto, ¿cómo estás? Parece que te has recuperado.
—Sí, gracias, no fue grave. Mi compañero me contó que me ayudaste. Te lo agradezco.
—¿Compañero? Así que sois maderos. Ya me extrañaba que sólo vinieseis a darme las gracias. No termino hasta dentro de una hora. Tendréis que esperar.
Los policías se sentaron en una de las mesas y pidieron dos godellos.
Vanesa se los sirvió acompañados de una tapa de mejillones de Lorbé, el único lugar de las Rías Altas gallegas en el que se crían estos moluscos.
No era el marisco preferido de Jacinto, aunque en esta ocasión, simplemente cocinados al vapor, estaban muy sabrosos.
Además, eran gratis, así que poco que objetar.
Tras los primeros godellos, tomaron otros dos con su correspondiente tapa: en este caso, sardinas asadas. Es una pena que cada vez queden menos sitios como este, pensó Jacinto. Y lo que todavía es peor, que cada vez haya menos gente que vaya a estos sitios.
—Ya he terminado. ¿Dónde va a ser el interrogatorio? ¿Me vais a llevar a comisaría?
—No es eso, tan sólo nos gustaría charlar un momento contigo —quiso tranquilizarla Quijada—. Podemos hacerlo aquí mismo.
El bar se había quedado vacío, a excepción del relevo de Vanesa, que se había metido en la cocina sin ni siquiera saludar. Estaban libres de miradas y oídos indiscretos.
—No voy a irme por las ramas —Jacinto intentó utilizar un tono afectuoso para compensar la brusquedad de sus palabras—. ¿Tenías una relación con Gabriel, el amigo de tu hermano?
Vanesa volvió a dirigir sus ojos hacia el horizonte como si la pregunta no fuese con ella.
Había poesía en esa mirada, aunque no era la poesía de la pupila azul, sino, más bien, una poesía desgarradora.
Como una Antígona atlántica, que tragedias hay en todos los mares.
Su rostro mostraba una fatalidad que atraía. Un abismo que invitaba a asomarse.
—Sí, éramos novios. El único que me ha comprendido. Yo siempre había estado con chicos bastante mayores, hasta que lo encontré. Era alguien muy especial, que hacía sentir especial al que estaba a su lado. Todos los días me acuerdo de él… y de mi hermano.
Ninguno de los dos policías consideró conveniente para el desarrollo de la charla señalar lo inapropiado de que una chica de veinte años estuviese con un niño de catorce. No querían que Vanesa se pusiese a la defensiva.
—Ya sé que estáis pensando que era mucho más joven que yo. ¿Y qué? Mi mente tampoco es como la de una chica de mi edad. Mi mente no es como la de ninguna chica. Mi mente no es como la de nadie. Soy rara.
Por primera vez en su carrera profesional, tanto Quijada como Jacinto estaban descolocados. Sentían que estaban perdiendo el control de la conversación y no se atrevían a intervenir para no perderla del todo.
—Al morir mi madre intenté irme. Estuve una temporada en Madrid.
La ciudad no me disgustó, pero tuve que volver.
Volver como vuelve el que espera volver a nacer.
Quizá fue por el mar… o quizá por la refinería.
Me encanta cuando hay viento del su roeste y llega el olor de la refinería.
En Madrid también hay contaminación, pero la mezcla de salitre y petróleo es insuperable.
Hace tiempo que no lo huelo. Es más frecuente en otoño o invierno.
Ahora tenemos que conformarnos con el limpio y frío viento del noroeste, que refresca, pero no mancha.
El horizonte empezaba a oscurecerse. No había barcos a la vista. Oculto el sol, la única iluminación presente en el mar era la luz intermitente de la Torre, que acababa de comenzar su quehacer diario.
—Desde que se construyó el puerto exterior, ya no hay petroleros en la ciudad. ¿Verdad que es una pena? Esos barcos prodigiosos cargados con hidrocarburos formados a lo largo de millones de años a partir de restos de organismos marinos. ¿No os parece mágico?
Finalmente, Jacinto comprendió que, si no intervenía, la chica podía acabar hablando del sexo de los ángeles.
—Supongo que os conocisteis por tu hermano. ¿En ese momento tenías alguna relación, o la habías tenido recientemente?
Vanesa abandonó el horizonte y lo miró directamente a los ojos. Tenían una profundidad que mareaba.
—Yo siempre estoy con alguien, no sé estar sola.
Excepto desde lo de Gabriel. En estos momentos no me apetece.
Mañana, Dios dirá. De todas formas, si lo preguntas por si podía haberlo hecho algún ex mío, no lo creo.
He estado con varios hijos de puta, pero no tanto.
Esto lo supera todo. Además, ¿qué culpa tenía mi hermano?
Demasiado castigo para una simple presentación.
¿No crees? Aunque el diablo no necesita una excusa para hacer el mal.
—¿Quién fue tu último novio antes que Gabriel? —Jacinto quería insistir en la teoría del ex despechado.
—Toni, un tío de mi barrio. Un gilipollas, pero me pasaba maría gratis…
y follaba bien. Después de dejarlo, estuvo dándome la lata algún tiempo.
Un medio acoso con amenazas y tal. Por eso me fui a Madrid.
Desde entonces no lo he vuelto a ver. Aunque parece medio tonto, es más peligroso de lo que aparenta.
Aun así, no lo veo capaz de hacer esa salvajada. Y creo que apreciaba a mi hermano.
—¿Y algún otro que no fuese tan reciente?
—Sinceramente, todos con los que he estado eran bastante problemáticos y pendencieros: ladrones, camellos y puede que incluso algún asesino. No es que los busque, pero es a los que atraigo. Excepto Gabriel, claro.
—¿Podrías darnos una lista?
—¿Una lista de mis amores? —Vanesa sonrió por primera vez. Una sonrisa ambigua en la que no llegaba a mostrar los dientes.
—¿Qué pasa? ¿Son muchos ?
Ella volvió a sonreír de un modo enigmático. Imposible saber si la pregunta le molestaba, le hacía gracia, o le daba exactamente igual.
—Depende. ¿Tendría que incluir también a los de un desahogo rápido?
Los policías se miraron. Pues también depende del total de cada uno de los grupos, pensaron los dos.
—¿Cuántos has tenido de cada tipo? —Jacinto intentó que cuantificase las dos categorías.
—Novios, cinco, contando a Gabriel. De los otros, no llevo la cuenta. Muchos. Demasiados.
—Siendo así, podemos empezar por los novios. ¿A quién crees que debemos ir a ver primero?
Vanesa sacó del bolso una cajita en la que había varios cigarrillos liados, se los ofreció a los policías y, después de que estos los rechazasen, se llevó uno a la boca y lo encendió. El olor desveló que no eran de tabaco.
—Aunque parece que vosotros no os hayáis dado cuenta, yo estoy muy jodida. Estoy hecha polvo. He perdido al amor de mi vida y a mi hermano. El otro día estuve a punto de tirarme al mar para mandar todo a la mierda .
Volvió a darle otra calada al porro y mantuvo el humo en sus pulmones durante casi un minuto, hasta que la necesidad de respirar le obligó a expulsarlo. Lo hizo con desgana, forzada, vencida por su metabolismo.
—Al final no me atreví. Muy valiente para unas cosas, pero para otras… no tanto. Soy especialista en joderme la vida, pero soy incapaz de joderla del todo. Me cago en el instinto de supervivencia.
Quijada intentó consolar lo inconsolable.
—Cuando vienen mal dadas, lo único que se puede hacer es resistir.
—¿Resistir? ¿Para qué?
—Para poder cagarte en todo a la mañana siguiente.
La sonrisa, esta vez, fue mayor que las anteriores y mostró una hilera de dientes perfectamente colocados, aunque amarilleados por la nicotina y por los disgustos.
—Yo empezaría por Toni. Y después, el Pai, el Chuli y el Cabra. En ese orden.