Atlántico Oscuro XXXIV
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XXXIV

Había pasado más de una semana desde lo del Obelisco y Jacinto no había conseguido hablar con Inma.

No respondía a sus numerosas llamadas. Posiblemente fuese mejor dejarla tranquila unos cuantos días más.

La que sí tenía ganas de verlo era Nenuca, que le había pedido que se pasase por su casa a las cinco de la tarde.

A pesar de que faltaba más de media hora para la cita, pensó que no pasaba nada por llegar un poco antes.

Desconocía que llegar con demasiada antelación podía ser tan inconveniente como hacerlo tarde.

A veces, incluso más. Su excesiva premura hizo que se encontrase con Fidalgo en la puerta del piso.

El magistrado, en un primer momento, pensó que el policía acudía a la casa a darles alguna novedad sobre el caso, pero, en cuanto descubrió la cara de sorpresa y el rubor en el rostro de Jacinto, se dio cuenta de que el motivo de la visita era otro.

A fin de cuentas, un juez normalmente tiene experiencia en leer los semblantes de la gente.

—¿Por este? —preguntó con desprecio, sin ni siquiera saludar al policía .

—Manolo, venga. Seamos civilizados —respondió la que había sido su mujer durante más de treinta años—. La culpa de que no sigamos juntos sólo la tienes tú.

—Nenuca, por favor. Cómo me hablas de civilización, ¿no ves que es un bárbaro?

Jacinto permaneció en silencio para no empeorar la situación, aunque se hubiese quedado muy a gusto soltándole al juez un par de improperios, o, mejor aún, un par de puñetazos bárbaros.

No lo hizo por Nenuca, por no ponérselo más difícil.

Ya llegaría el momento de su desquite. Internamente se reía a carcajadas imaginándose la cara de Fidalgo cuando se enterase de que también estaba liado con la fiscal.

Va a pensar que estoy obsesionado con él.

—Ya puedes ir diciéndole adiós a tu carrera profesional. Voy a hacer que te saquen del caso y te pongan a hacer inventarios en el depósito. Te voy a hacer la vida tan imposible que se te van a quitar las ganas de follarte a las mujeres de los demás.

Jacinto pudo distinguir detrás de Fidalgo una pila formada por un baúl y dos maletas de Louis Vuitton. Prefirió no echar la cuenta de lo que podía valer eso. Probablemente más que el apartamento en el que vivía .

—¿Se va de viaje? ¿Quiere que le ayude con el equipaje? —finalmente no pudo resistirse a meterle un dedo en el ojo, aunque sólo fuese la puntita.

El juez hizo ademán de golpearlo, pero se contuvo porque sabía que en la lucha cuerpo a cuerpo tenía las de perder. Lo único que me faltaba es que este sinvergüenza me diera unas hostias, pensó, encima de cornudo, apaleado.

—Vete a tomar por culo. Te voy a joder la vida. Voy a hacer que te expulsen del cuerpo, ya verás. Con tu forma de proceder no me será difícil.

En ese momento se abrió el ascensor y apareció un hombre corpulento, de traje y corbata, con el pelo negro muy corto y una cara muy bien afeitada. Mirada obediente y complaciente. Empujaba un carrito de mudanzas.

—Esto es lo último, ¿verdad?

Fidalgo dudó un instante. Ahora que habían llegado los refuerzos, puede que fuese el momento de darle una lección a Brañas. Se moría de ganas de borrarle esa sonrisa cínica que parecía retarle. La letra con sangre entra.

—Sí, es lo último —confirmó tras recapacitar y decidir que era preferible esperar a una mejor ocasión. Al partido de vuelta, que jugaría en casa, con todo a favor—. Hala, vámonos. Espero que la próxima vez que nos veamos sea en mi juzgado. Allí te espero .

Jacinto se echó hacia atrás para dejarlo pasar, y, cuando llegó a su lado, inclinó la cabeza y susurró “señoría” en tono burlón.

A ser tocapelotas, no lo superaba nadie.

Fidalgo ni se inmutó, consciente de que tarde o temprano la risa iba a cambiar de bando.

Siguió caminando y se metió en el ascensor ocupando el espacio que dejaban las maletas.

—Menudo día has elegido para ser puntual.

—Si me hubieses avisado…

—No quería marearte con mis problemas matrimoniales. Mejor dicho, exmatrimoniales. No imaginaba que ibas a aparecer media hora antes. Lo siento.

—No te preocupes. Supongo que tarde o temprano se acabaría enterando.

—¿Es cierto eso que dice de que puede arruinarte la vida?

—Si se empeña mucho y le doy oportunidad, supongo que sí. Pero trataré de no dársela.

Nenuca lo invitó a pasar y a sentarse en las butacas que había en la galería del salón, desde las que se podía ver el puerto. Los pocos veleros que habían salido volvían a la dársena. Hacía un día espléndido, tan bueno que no soplaba ni una pizca de viento.

—Y tu mujer, ¿lo sabe ?

—Me extrañaría, aunque no creo que le importe.

La verdad, pensó Jacinto, hacía tiempo que casi nada de lo que él hacía le importaba a su mujer.

—Hace días que no hablo con ella. Por lo del Obelisco.

—Sí, me enteré. Lo siento mucho. ¿Cómo estás?

—Bien, lo llevo bien.

Jacinto se fijó en que Nenuca estaba más arreglada de lo habitual.

Siempre iba impecable y perfecta, pero esta vez, un poco más.

Se veía que había pasado por la peluquería, se había maquillado para una fiesta y hasta se había puesto unos pendientes de brillantes que resplandecían casi tanto como la que los portaba.

—Estás muy guapa.

—La ocasión lo merece, un marido no se despide todos los días.

Jacinto se rio. Cuanto más tiempo pasaba con ella, más le gustaba esta mujer. ¿Podría llegar a quererla tanto como a Inma? Difícil, los amores de madurez no tienen la fuerza, ni imprimen el corazón como los de juventud.

—Qué decepción, pensaba que era por mí.

—No, hoy, no. Pero puedo ponerme así todos los días por ti, si quieres .

Vaya, era la primera vez que le hacía una proposición de este tipo. Jacinto pensaba que Nenuca lo utilizaba un poco como revancha y otro poco como consuelo. Nunca había imaginado que la marquesa se planteaba una relación seria con él.

—¿No te pasa a veces, que te apetece mandar todo a paseo? ¿A tocar la lira mientras todo arde?

Jacinto no entendió muy bien la referencia, pero sí el sentido de la misma.

—Claro que sí, muchas veces.

—Pues yo, ahora, me siento así todos los días. Por eso te he llamado. Porque estoy planteándome irme. Y me gustaría que vinieses conmigo.

Esta segunda proposición sorprendió a Jacinto más que la primera. Escaparse juntos como si fuesen dos adolescentes que luchan por un amor prohibido.

—¿Cómo vas a irte? Aquí eres una institución, eres parte de la ciudad. Coruña sin ti dejaría de ser Coruña.

—Llevo toda mi vida definiéndome por mi relación con un hombre.

La hija de Astray, la mujer de Fidalgo, la madre de Gabriel.

Esto último no me molestaba cuando mi hijo estaba vivo.

Ahora no lo soporto. Quiero empezar de nuevo en un lugar en el que no conozcan mi pasado.

Tengo la impresión de que es mi oportunidad de tener un futuro soportable.

—¿Dónde irías?

—Lo único que busco es que no me conozcan, y ese requisito lo cumplen la mayor parte de los lugares del mundo.

En España, en el extranjero. Me da igual.

Si vienes conmigo, podrías decidirlo tú.

Como sabes, económicamente no tengo problemas.

Tengo dinero de sobra para llevar una vida de opulencia hasta que me muera. Para que la llevemos los dos.

—¿Quieres que sea un mantenido?

—No, quiero que seas mi compañero. Y sabes que no soy una mujer controladora. Cada uno tendría su espacio. No es obligatorio que dejes de trabajar. Tampoco lo es que estés allí todo el tiempo. Estoy segura de que sabríamos organizarnos de una forma satisfactoria para los dos.

La oferta era tentadora. Vivir con Nenuca en un lugar a elegir, disfrutando de su belleza, de su elegancia y de su inteligencia, y compartiendo con ella su riqueza. Muy pocos hombres en el mundo serían capaces de decir que no.

—¿Cuándo te irías?

—No tiene que ser inmediato, aunque no me gustaría retrasarlo demasiado. Más pronto que tarde. Tómate tu tiempo para pensarlo. No te pido que lo decidas ahora. Entiendo que es una decisión que necesitas valorar.

Jacinto miró un momento hacia la cristalera.

La luz del atardecer parecía juguetear con el agua, lanzando destellos por aquí y por allá.

Las galerías de los edificios inmóviles contemplaban el balanceo de los barcos.

Paseantes despreocupados poblaban la Marina disfrutando de la postal y respirando el mar.

Dos filas de niños aguardaban su turno para subirse a los columpios del parque.

No iba a ser fácil encontrar una ciudad mejor que Coruña.