Atlántico Oscuro XXXIII
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XXXIII

En el momento en que su hijo salió de casa, Inma se vio invadida por un profundo arrepentimiento.

En realidad, había empezado bastante antes, en el mismo instante en que aceptó dejarlo ir.

Ahora se sentía como la madre de un torero que espera noticias de la plaza.

Con la diferencia de que las madres de los toreros no pueden impedir que sus hijos toreen.

Eso era lo que más la atormentaba, saber que si se hubiese mantenido firme, su niño estaría a su lado, a salvo del maldito loco que aterrorizaba Coruña.

El principal error de su vida había sido precisamente ese, no mantenerse firme frente a determinados hombres.

Si al menos la hubiesen dejado acompañarlo.

El desamparo y la impotencia hicieron que se pusiese a rezar, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de creer en Dios.

Afortunadamente, para su intranquilidad, desconocía los detalles de lo que estaba pasando en el Obelisco.

—Te repito que, si no se van ya, te disparo —la voz distorsionada sonó más amenazante que la primera vez.

El niño miró a su padre buscando respuestas.

Y el padre le indicó, mostrándole las palmas de las manos, que no se moviese.

Era admirable el comportamiento de su hijo, el aplomo y la sangre fría con la que estaba manejando la situación.

Cualquiera en su lugar habría echado a correr al oír que lo estaban apuntando.

Él, en cambio, se mantenía inmóvil, esperando instrucciones.

Tenía miedo, en su cara se veía que estaba aterrorizado, pero, a pesar de todo, no perdía los nervios ni la fe en su padre.

Tras el orgullo por el comportamiento de su hijo, el segundo pensamiento que pasó por la mente de Jacinto fue maldecir el operativo.

¿Cómo se les podía haber colado alguien con un arma?

A continuación, echó un vistazo alrededor del Obelisco, analizando dónde podía estar el asesino.

En los Jardines de Méndez Núñez, no. Lo habrían visto sus compañeros.

El Hotel Atlántico estaba demasiado lejos.

Podría estar en el edificio de Mango o el del BBVA, que estaban enfrente de su hijo, o en los que estaban detrás de él, el de Abanca, el de la ONCE o el de la Fundación Amancio Ortega.

Sin embargo, en ninguno de ellos había una ventana abierta desde la que pudiese dispararse un arma. ¿Y si fuese un farol?

El asesinato por arma de fuego no encajaba en el perfil que él se había creado del infanticida.

En su opinión, el asesino era una persona que disfrutaba con los crímenes.

Con los preparativos, con el acto, y, sobre todo, con el truco final, con los detalles de la puesta en escena.

No era un simple ejecutor, era un artista.

No era un francotirador de aquí te pillo y aquí te mato, era un asesino hedonista que sabía apreciar y disfrutar los matices de su obra .

Jacinto era un excelente jugador de póker.

Y lo era, precisamente, por saber detectar los faroles de los demás.

No le asustaba arriesgarse cuando apostaba unos cuantos miles de euros.

Sin embargo, no era tan fácil hacerlo cuando lo que estaba en juego era la vida de su hijo.

Cuando, además, había sido él mismo el que lo había puesto en peligro, en contra de la voluntad de su madre.

Volvió a echar una mirada rápida a los edificios más cercanos.

Seguía sin detectar ninguna ventana abierta.

Su hijo estaba a unos cinco metros. Dependiendo de la velocidad de reacción del asesino, podía darle tiempo a llegar a él.

Sin embargo, no podía arriesgarse. Cuando estás apuntando a alguien, cualquier movimiento dentro de tu campo de visión te hace apretar el gatillo.

Se hace de forma automática, instintiva. Jacinto lo sabía.

—Es la última vez que lo digo.

El comisario, que era el que lideraba el operativo y que había oído todo a través del micrófono de Jacinto, ordenó a sus agentes que se retirasen. En pocos segundos, la zona se quedó vacía. Seguía lloviendo con fuerza. Alfredo comenzó a temblar. Por el frío, por la lluvia, por el miedo.

Jacinto seguía pensando. No acababa de decidirse.

Quizá lo más sensato fuese irse. Si se alejaba unos metros, seguiría teniendo la situación bajo control.

Mientras no perdiese el contacto visual con su hijo, tendría capacidad de reacción.

A menos que el asesino se acercase en un coche y le obligase a subirse a él.

Pero para hacer eso tendría que salir de su escondrijo y mostrarse.

Y, en ese caso, podrían detenerlo. Lo detendrían, seguro.

El problema es que en ese proceso era muy posible que su hijo resultase dañado o muerto.

—Tienen que irse todos. Tu padre, también.

A Jacinto no le sorprendió que el asesino lo identificase. Si conocía a Alfredo, lo lógico es que también supiese quién era él. Coruña era una ciudad pequeña. Aun así, confirmar este hecho le dolió enormemente. Por primera vez era realmente consciente de lo desprotegida que estaba su familia.

Se levantó del banco lentamente y volvió a pedirle calma a su hijo.

El pobre niño lo miraba con cara de desesperación.

Le parecía que llevaba en el Obelisco toda una vida, cuando realmente sólo habían pasado un par de minutos desde la llamada.

Jacinto dio un paso hacia atrás muy despacio.

Por nada del mundo quería que su hijo pensase que lo estaba abandonando.

—Papá —alcanzó a decir sollozando. Su voz temblaba al mismo ritmo que lo hacían sus huesos.

—No tengas miedo. Todo va a salir bien. Sólo voy a alejarme un poco.

—Papá, por favor, no te vayas —el ruego estaba acompañado de una terrible angustia .

La lluvia no se cansaba de caer, ni de martillear el chubasquero amarillo de Alfredo, que parecía una estatua de cera brillante en medio de una tarde espantosamente gris. A sus pies, se había formado un charco tan profundo que el agua le cubría hasta los tobillos.

—Tranquilo, no me voy —Jacinto seguía sin tener claro qué hacer. Simplemente trataba de ganar algo de tiempo. Sabía que sus compañeros estaban intentando localizar al asesino. Necesitaba entretenerlo un poco más.

—Mi paciencia no es infinita. Si no desaparece en diez segundos, disparo. Diez, nueve, ocho…

Antes de que Jacinto reaccionase, un cuerpo se abalanzó sobre Alfredo, lo tiró al suelo y se puso sobre él, tratando de protegerlo.

Era Quijada, que, en lugar de marcharse, se había camuflado detrás del Obelisco.

Al verlo aparecer, Jacinto también se lanzó sobre ellos.

Apretó los dientes con fuerza y esperó el sonido de los disparos.

Justo en ese momento, a más de un kilómetro de distancia, Inma sintió un escalofrío. Un pinchazo intenso y profundo en el alma. Segundos después, sonó el teléfono.