Atlántico Oscuro XXXII
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XXXII

Llovía con fuerza. Esa clase de lluvia que parece que va a durar poco porque es imposible que en el cielo haya tanta agua.

A no ser que se esté en Galicia, claro, donde las abundantes nubes almacenan abundantes reservas hídricas.

Tan abundantes que pueden abastecer un diluvio universal durante semanas.

En Galicia hay más agua en el cielo que en el mar.

Faltaban escasos minutos para la hora de la cita, aunque Jacinto y sus compañeros ya llevaban mucho tiempo allí. Prácticamente, desde el momento en que su hijo recibió el mensaje:

Cuando leyó el lugar de la cita, Jacinto sintió satisfacción.

Parecía que se confirmaba su teoría sobre la tercera escena del crimen, sobre el tercer símbolo fálico de Coruña.

Sin embargo, este sentimiento duró poco porque enseguida fue sustituido por la rabia y el miedo.

De todas formas, lo peor de todo fue la discusión con Inma sobre si Alfredo debía acudir:

—No me puedo creer que me estés pidiendo esto. Por Dios, Chinto, es nuestro hijo. ¿De verdad quieres utilizarlo como cebo ?

—Sabes que no lo haría si no estuviese completamente seguro de que no va a sufrir ningún daño.

—Yo lo único que sé es que vuelves a anteponer tu trabajo a tu familia. Como siempre.

—Eso no es cierto. Mi trabajo me da igual, lo que quiero es coger a ese hijo de puta y que Coruña vuelva a ser una ciudad segura para los niños como nuestro hijo.

—Anda ya. Qué te va a importar a ti Coruña, siendo de Carballo. Y menos me importa a mí, que soy de ninguna parte. Me da igual que el riesgo sea mínimo, no pienso correrlo. Utilizad a un doble.

La idea de Inma, desafortunadamente, no podía funcionar porque Alfredo recibió un segundo mensaje en el que se le explicaba que únicamente hablarían con él, que no se le ocurriese enviar a otra persona.

Y, para asegurarse de esto, cuando llegase al Obelisco debía hacer una videollamada desde allí a un número de teléfono que recibiría en un nuevo mensaje.

—Tiene que ser él —insistió Jacinto.

—Pues no va a ser. Hazte a la idea.

El niño, que había escuchado la discusión de sus padres en silencio, se sintió obligado a intervenir:

—Mamá, por favor, déjame ir. Se lo debo a mis amigos .

—Alfredo…

Inma no fue capaz de continuar porque las lágrimas se lo impidieron. Eran lágrimas de nervios, de tristeza y, sobre todo, de orgullo.

—Es que, es que…

El hijo se acercó a la madre y la abrazó con fuerza.

—Es que eres muy pequeño. Tan sólo eres un niño —se quejó entre sollozos.

—Tú siempre me dices que en tus tiempos los niños podían empezar a trabajar a la edad que tengo yo.

—Sí, pero eran otros tiempos y otros niños. Los de ahora no sois como los de antes. Quizá la culpa es nuestra, que no os dejamos serlo.

—Han matado a mis dos mejores amigos. Tengo que ir. Además, sé que con Papá voy a estar seguro.

Jacinto sintió un gran orgullo al oír que su hijo confiaba en él. Y a Inma, estas palabras también la tranquilizaron de algún modo. Chinto no era un buen padre, pero sí era un buen policía.

—Te aseguro que no va a correr ningún peligro.

Ahora mismo voy a llamar a Vázquez para que tenga la zona controlada desde ya.

Yo mismo salgo inmediatamente para allí.

Mañana vendrá a buscarlo Miguelito y estará con él en todo momento.

A unos cuantos pasos de distancia para no levantar sospechas, pero pegado a él.

Desde esa conversación había pasado poco más de un día, aunque había sido el más largo en la vida de Jacinto.

Después de organizar todo el dispositivo, el comisario lo había enviado a casa contra su voluntad para que durmiese un poco.

“Necesito que mañana estés fresco y despierto ” , le había dicho para justificar su orden.

En su casa estuvo un par de horas en las que no consiguió dormir, pero le sirvieron para darse una ducha y cambiarse de ropa.

Aún le dolía la cabeza del golpe que le habían propinado en el bar en el que trabajaba la hermana de Luciano.

¿Tendría ella algo que ver con esto? Pronto lo sabrían.

Seguía lloviendo con intensidad, por lo que en la calle no había demasiada gente.

La mayoría eran compañeros suyos intentando disimular su condición policial.

Él estaba sentado en el banco más cercano al Obelisco, armado con un paraguas que no servía de nada.

Estaba completamente empapado. Demasiada agua para tan poca tela.

Todavía era de día porque en Coruña, la provincia más occidental de España, en junio no anochece hasta las diez de la noche.

Sin embargo, la lluvia, que era como un telón frío y traslúcido, dificultaba mucho la visión.

Por eso no reconoció a su hijo hasta que no lo tuvo a escasos metros, casi a la altura del Obelisco.

Tal y como habían quedado, iba con un chubasquero amarillo.

No llevaba paraguas. A un metro detrás de él también reconoció a Quijada.

Todo parecía marchar según el plan previsto, excepto por la inoportuna lluvia.

Cuando llegó al lugar señalado, Alfredo sacó su móvil y esperó a que lo contactasen. Su cita no le hizo esperar. Puntualmente, a las 21:00 recibió un mensaje:

Haz una videollamada al 161 803 398 en la que salga tu cara y de fondo se vea el Obelisco.

Alfredo obedeció y una voz distorsionada le agradeció que hubiese acudido al encuentro en persona.

—Gracias por venir. Ahora tenemos que quedarnos solos. Dile a tu padre y a sus amigos que se vayan. Con este tiempo es mejor quedarse en casa.

Alfredo miró a su padre, y este negó con la cabeza. Desde donde estaba, a pesar del ruido de la lluvia, podía oír la conversación telefónica.

—Te estoy apuntando con un arma. Si no se van ahora mismo, te disparo.