XXXI
Jacinto se había emborrachado y se había peleado muchas veces anteriormente, pero nunca había tenido una resaca tan fuerte.
El dolor de cabeza generado por el alcohol se mezclaba con el producido por el golpe, y era imposible determinar qué parte aportaba cada causa al sufrimiento resultante.
De todas maneras, no importaba, el tratamiento era el mismo para los dos casos: ibuprofeno.
—¿Qué haces aquí?
No esperaba encontrarse a Quijada al salir de su habitación, cuando se dirigía a su pequeña farmacia de guardia particular que tenía instalada en una de las alacenas de su cocina.
—¿Quién crees que te trajo de vuelta?
—¿Fuiste tú? No recuerdo la mayor parte de las cosas.
Quijada le contó que, después de despedirse, casi llegando a su casa, pensó que no era prudente dejarlo solo, y volvió a buscarlo.
Cuando lo encontró en el Garganta Profunda, que era como se llamaba el último tugurio al que había ido, los que estaban allí le dijeron que se había caído y que se había dado un golpe en la cabeza .
—Qué hijos de puta.
—¿Por?
—No me caí, me golpearon ellos.
—¿Qué? ¿Cómo fue?
—Da igual, después te lo cuento. ¿Viste a la chica?
—¿Qué chica?
—Vanesa, la hermana de Luciano.
—¿Estaba allí?
—Creo que sí. ¿La viste?
—Había una chica, pero tenía el pelo rojo, no azul. Era la que estaba auxiliándote y parece ser que fue la que llamó al 061. No me fijé mucho en ella porque yo estaba pendiente de ti y de que llegase la ambulancia. La chica, en cuanto recuperaste la conciencia, desapareció.
—¿Perdí la conciencia? No me acuerdo de nada.
Quijada continuó con el relato y le explicó que el médico de la ambulancia lo examinó y determinó que el traumatismo craneoencefálico no revestía gravedad.
Que lo mejor era llevarlo a casa y que descansase.
Aunque no podía quedarse solo porque, más o menos cada hora, había que comprobar que el estado del paciente no empeoraba.
—Por eso estoy aquí.
—Policía, enfermero, ángel de la guarda… y amigo.
Amigo. Era la primera vez que Chinto lo llamaba así.
Y la verdad es que lo eran. Únicos amigos, en realidad.
Jacinto no tenía más, por su mal carácter y su falta de interés en socializar con sus pares.
Él, en cambio, era mucho más amable y considerado, por lo que todo el mundo lo apreciaba.
Sin embargo, lo cierto es que no había llegado a intimar con nadie más.
—Tenemos que volver a ese bar.
—Ahora, no. Debes descansar. El bar seguirá allí mañana.
—¿Y si la chica se va?
—No creo que se vaya muy lejos. La encontraremos. Nuestra misión para hoy es evitar que se te produzca una hemorragia cerebral. Fácil, si no lo pones difícil.
Normalmente, Jacinto habría ignorado las indicaciones de Quijada y habría hecho lo que le hubiese venido en gana, pero esta vez, la seriedad en la voz y en el rostro de su compañero le hicieron entender que no iba a ser sencillo doblegarlo.
Además, le apetecía que lo cuidasen un poco.
Hacía mucho tiempo que nadie lo cuidaba .
—Tú mandas.
Quijada aceptó la autoridad con gusto y se puso a ordenar.
Envió a Jacinto a la cama con un vaso de agua y un paracetamol —más adecuado que el ibuprofeno para golpes en la cabeza— y le dijo que esperase descansando hasta que estuviese la comida, porque ya era demasiado tarde para el desayuno.
Después, preparó un caldo de pollo y huevos cocidos, que son de los mejores platos para recuperarse de una resaca.
La comida a Jacinto le sentó estupendamente. Tanto, que estuvo a punto de pedirle a su amigo que se quedase a vivir con él. En parte, no lo hizo porque sabía que Quijada le iba a decir que no.
—Tú eres de Burgos, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por qué te viniste a Coruña?
—Después del incidente del que te hablé el otro día…
—¿La masacre en la que no te dejaron morir?
—No creo que sea un tema del que se puedan hacer bromas —Quijada miró a su compañero con rigor, esperando sus disculpas.
Jacinto se las pidió con una leve inclinación de su cabeza, que fue suficiente para que el exmilitar continuara—.
Después del incidente, como te decía, quise dejar el ejército.
Y lo hice, renuncié. Pero, al ser un militar de carrera, la renuncia no es tan fácil.
Estuvieron a punto de montarme un consejo de guerra.
Tenían miedo de que contase algo de lo que pasó en Yugoslavia.
—¿Tenías pensado hacerlo?
—Por supuesto que no. El ejército era mi familia, y a la familia no se la delata. Por muy criminal que sea.
Al oír las palabras familia y criminal en la misma frase, Jacinto no pudo evitar acordarse de su padre. ¿Se habría ido ya de la ciudad? Esperaba que no; tenía una conversación pendiente con él. A decir verdad, algo más desagradable que una conversación.
—Finalmente aceptaron dejarme marchar con la condición de que permaneciese en un cuerpo jerarquizado en el que, de alguna manera, pudieran tenerme controlado, así que me hice policía.
En las oposiciones hay unas cuantas plazas reservadas para militares, por lo que lo tuve más fácil que la mayoría.
Aprobé, o me aprobaron, y me tocó Coruña.
—De Burgos a Coruña, pasando por Yugoslavia.
—Tuve que dar un pequeño rodeo, pero lo cierto es que no se está mal aquí.
—Sí, es un buen sitio para vivir. Supongo que el mérito es de Hércules por enterrar aquí al gigante Gerión.
—Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Algún mérito tendrán también los coruñeses .
—Puede, no lo sé. ¿Qué puedo decir yo, que soy de Carballo?
—Llevas más tiempo viviendo en Coruña que el que viviste en tu pueblo.
—Cierto, no me había dado cuenta. Y, sin embargo, me siento más de allí que de aquí. Imagino que los años de la niñez valen por tres o cuatro de los otros.
Quijada se quedó un momento pensativo. Desde el piso de su amigo se podía contemplar el mar que rodeaba la Torre, que no llegaba a verse, pero se intuía.
A pesar de las nubes, que impedían mostrarse al sol en toda su plenitud, el día era bastante luminoso.
Al fondo, un crucero se despedía de la ciudad, atravesando con suavidad unas aguas calmas que, además de bravas, a veces también sabían ser cariñosas.
Era una postal de tranquilidad y sosiego.
—Es extraño que un crimen como este suceda en Coruña.
—La ciudad en la que nadie es forastero —apuntó Jacinto con cierta sorna.
—Es que es así. No le pega. Es difícil ser oscuro en una ciudad como Coruña, que parece un parque temático del buen rollo. Vivir na Coruña que bonito é, andar de baranda e durmir de pé .
—Tú, como yo, sabes que es todo fachada, todo apariencia. Esta ciudad esconde agujeros negros muy potentes que pueden hacerla colapsar.
—Y nuestro trabajo es que no colapse.
—Sí, al final somos como basureros. Lo único que nos diferencia es que ellos limpian la mierda que se ve, y nosotros, la que no se ve. Y que su mierda se puede reciclar y la nuestra no sirve para nada.
—En eso, y en que hacemos menos huelgas —sonrió Quijada.
—¿Sabes en quién pensé yo en la última que hicieron?
Quijada se encogió de hombros esperando la respuesta.
—En las gaviotas.
—¿En las gaviotas?
—Sí, se tuvieron que volver locas. De repente, en la calle había un montón de comida todos los días. Y después de un mes, otra vez de repente, la comida desaparece. ¿Qué pasaría por sus cabezas?
—Hombre, no creo yo que las gaviotas…
—Lo sé, lo sé, pero a mí me dio por pensar en ellas. Curioso, ¿verdad ?
Jacinto se levantó y se puso al lado de su amigo. El barco estaba a punto de desaparecer detrás de los edificios que tapaban la Torre. Mañana llegaría otro parecido al que se iba, cargado de pasajeros iguales a los que se iban.
—No es normal que una ciudad con puerto de mar sea tan señoritinga. ¿Cuándo dejó Coruña de trabajar y se puso a aparentar? ¿En qué momento se pasó de la pesca de peixe a la pesca de personas?
—A mí no me preguntes de puertos, que soy de secano. Pero, bueno, supongo que a un puerto, además de peces, también llega comercio, y con el comercio, burguesía.
—Una cosa es la burguesía y otra la tramoya que hay aquí montada.
Antes de que su compañero pudiese contestar, Jacinto recibió una llamada. A medida que escuchaba, le iba cambiando el gesto de la cara: primero, sorpresa —cómo— después, enfado —será hijo de puta— y, por último, una mezcla de recelo y satisfacción —se va a cagar.
Quijada miraba a Jacinto intentando desentrañar el significado de sus gestos y sus palabras. ¿Quién lo había llamado? ¿Qué demonios le estaban contando?
—Era Inma. Ha establecido contacto .
Quijada se sorprendió tanto o más que el propio Jacinto al recibir la llamada.
—¿Qué?
—Mi hijo ha recibido un mensaje en su móvil de alguien que dice que quiere verlo. Se va a cagar el muy hijo de puta.