Atlántico Oscuro XXX
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—Menudo personaje.

—Ya te digo. Da para una serie de varias temporadas. Supera al Jesse Pinkman de Breaking Bad —contestó Quijada.

Los dos policías estaban de vuelta en el coche. Conducía Jacinto, como siempre. Eran más de las dos de la tarde. En el bar de la Sagrada Familia no habían comido nada, así que empezaban a tener hambre.

—¿Dónde comemos? ¿Algo rápido?

—Sí, como quieras —Quijada no solía tomar este tipo de decisiones.

—Unas raciones de pulpo y de empanada en el Fiuza, entonces.

La elección del Fiuza, situado en Monte Alto, no le pareció casual a Quijada.

—¿Crees que la hermana de Luciano podría ser la novia…?

—Puede ser. Eso explicaría que fuese el único que la conocía.

—Hombre, con Gabriel, aún, pero no creo que tenga algo que ver con la muerte de su propio hermano .

—¿Por qué no? Pasa en las mejores familias. Y como nos dijo el de Breaking Bad, esta está muy loca. En cualquier caso, debemos investigarlo.

Quijada llevaba todo el día preguntándose qué le pasaría a su compañero, al que notaba incómodo cada vez que se sentaba. Como si tuviese hemorroides.

—¿Estás bien?

—¿Recuerdas la llamada que recibí el otro día? —Jacinto pensó que era el momento de contárselo—. Era la Vicuña.

—¿Qué?

—Sí, quedé con ella y resulta que le va el sexo duro. Me dio unos azotes que me dejó el culo como el de un mandril.

—¿Cómo? —Quijada no salía de su asombro—. ¿También te has follado a la Vicuña?

—Más bien, me folló ella a mí.

—Por el amor de Dios.

Jacinto rio; le hacía gracia que sus conquistas escandalizasen tanto a su compañero.

—¿Qué le voy a hacer? No puedo resistirme a las mujeres fuertes.

—¿Hay alguna que no lo sea ?

—Tienes razón. Lo que quiero decir es que me gustan las mujeres que lo son explícitamente, que lo demuestran en todo momento, que no esconden su fortaleza.

La relación entre los dos policías había cambiado desde el inicio de este caso.

Antes, Jacinto nunca le había hablado a Quijada de sus relaciones extramatrimoniales, y mucho menos le había dado detalles sobre sus prácticas sexuales.

Hasta ahora, a Quijada tampoco se le había ocurrido reprochar a su jefe ninguna de sus acciones, y mucho menos censurar sus relaciones.

—Si ya estaba mal lo de Nenuca Astray, esto es rizar el rizo. También con la fiscal. Sólo te falta liarte con la hermana de Luciano.

—Pues por cómo la describió el Toni ese, no me importaría.

—Chinto, por el amor de Dios. ¿Y lo de los azotes? No sabía que te iba el sado.

—La verdad es que no me va mucho, pero está tan buena, que yo, lo que me pida.

Jacinto estaba enamorado de Inma, y siempre lo estaría. De Nenuca estaba empezando a estarlo. Por Águeda únicamente sentía atracción sexual. Sin embargo, era con la que más le apetecía estar.

—No sé qué decirte .

—Pues no me digas nada. Total, no voy a hacerte caso.

Después de comer en el Fiuza, Jacinto propuso dar una vuelta por Monte Alto, a ver si casualmente se encontraban a la hermana de Luciano.

—En este barrio debe de haber más de 100 bares. No creo que nos dé tiempo a visitarlos todos —se lamentó Quijada.

—¿Se te ocurre algo mejor que hacer?

La idea de Jacinto no era únicamente visitar los establecimientos, pretendía tomarse un Lepanto en cada uno de ellos. Afortunadamente, Quijada consiguió convencerlo de que 100 brandis iban a ser demasiados, y que era mejor sustituirlos por un vino o una cerveza.

En el sexto bar, mientras se bebía el sexto Mencía, Jacinto entendió que su estrategia para encontrar a Vanesa tenía pocas posibilidades de tener éxito.

Demasiados bares, ya lo había dicho Miguelito.

Sin embargo, una vez que había empezado, no iba a parar hasta encontrarla, o hasta que su cuerpo aguantase.

Quijada se había despedido después de su quinta agua y Jacinto lo había dejado ir.

No le apetecía que le calentase la cabeza con su sermón puritano sobre el peligro de mezclar los pecados de la carne con las investigaciones policiales.

En el séptimo bar, donde la recomendación de Quijada quedaba muy lejos, sustituyó el vino por el primer Lepanto.

Sabía que con esta estrategia iba a poder visitar menos bares, por lo que las posibilidades de encontrar a la chica se reducían, pero el alcohol ingerido le había hecho cambiar sus prioridades.

De repente, se había convertido en un aficionado del Cádiz Club de Fútbol: hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual.

La alta velocidad con la que Jacinto se tomó los licores, sin darles demasiado tiempo a actuar en su organismo, le permitió llegar más o menos entero al undécimo bar.

En el duodécimo, en cambio, le subió todo de repente.

Parecía como si el alcohol hubiese estado esperando, conteniéndose, hasta llegar a ese local determinado.

Como si fuese un ejército de soldaditos aguardando la orden del general para embestir.

Como si justo al abrir la puerta se hubiese gritado al ataque: La aviación, a la cabeza, a nublar la vista y dificultar el habla, la armada, al estómago, a provocar náuseas, y la infantería, a las extremidades, a intentar hacerlo caer.

Hasta entonces, el comportamiento de Jacinto en todos los bares había sido muy similar.

Se acercaba a la barra, pedía un Mencía o un Lepanto, dependiendo de si Quijada ya se había ido, y sutilmente preguntaba al camarero si conocía a una chica llamada Vanesa, que tenía unos veinte años y el pelo azul.

En cuanto le decían que no, se bebía rápidamente su consumición y se iba a la siguiente parada.

Esta vez, sin embargo, se vio incapaz de llegar a la barra, que estaba al fondo, y se sentó, como pudo, en la primera mesa. Estaban todas libres. Los únicos clientes eran dos muchachos de menos de treinta años que conversaban con un camarero de su quinta.

—No se atiende en mesa. Hay que pedir en la barra —gritó desde lo más profundo del establecimiento.

Dos hileras de mesas a cada uno de los lados dejaban un estrecho pasillo entre ellas.

No había luz natural, de un techo muy bajo colgaban unas escasas bombillas modernas que exhibían sus filamentos para compensar su poca iluminación.

Más que de bar, el local tenía aspecto de cueva, de pasadizo.

El trayecto parecía intransitable para Jacinto, que aun así, lo intentó recorrer.

El policía avanzó tambaleándose, apoyando sus manos en las mesas, que hacían las veces de bastones.

Con gran dificultad consiguió alcanzar la barra, en la que descansó unos segundos.

Recuperado del esfuerzo, levantó la cabeza, miró al camarero y le soltó:

—Un Lepanto, hijo de la gran puta.

La petición sorprendió a los veinteañeros, un poco por el tipo de bebida y un mucho por la forma de solicitarla. Les sorprendió tanto, que no supieron muy bien cómo reaccionar. Hasta que el camarero, finalmente, contestó:

—Me parece que has bebido demasiado, es mejor que te vayas a casa .

—A casa me iré cuando me salga de los cojones. Tú ponme el Lepanto, que es para lo que te pagan. Hijo de la gran puta.

—No voy a permitir que me insultes, por muy borracho que estés. Y te salvas por el estado en el que estás. Si no, ya te habría enseñado a tratar a la gente.

—¿Quién? ¿Tú? Si entre los tres no tenéis ni media hostia. Ponme el Lepanto de una vez, antes de que me enfade. Hijo de la gran puta.

—Ya está bien. Si no te vas ahora mismo, voy a llamar a la policía.

—¿Así? ¿Y qué le vas a decir? Que hay un borracho en tu bar que se ha dado cuenta de que eres un hijo de la gran puta. Diles que envíen dos patrullas por lo menos.

Harto del trato recibido, el camarero se acercó a Jacinto, lo agarró del brazo y le gritó:

—Te he dicho que no me insultes.

—Y tú, no me toques, hijo de la gran puta.

Jacinto tiró de su brazo para zafarse del camarero y, una vez liberado, le propinó un derechazo en toda la cara que transformó su nariz en sifón de Bitter Kas. Después se dirigió a los otros dos clientes.

—¿Vosotros también queréis, mariconazos ?

En ese momento salió una chica de una pequeña cocina situada detrás de la barra que el policía no había detectado hasta entonces.

—¿Qué está pasando aquí?

Jacinto se giró y se dio cuenta de que tenía un gran parecido con la hermana de Luciano, aunque su pelo era de otro color. En lugar de azul cielo tormentoso, lucía un rojo fuego infernal. Pero podía ser ella.

—¿Eres…?

Desafortunadamente no pudo averiguarlo, porque en cuanto les dio la espalda a los dos chicos, uno de ellos le golpeó con un vaso en la cabeza, haciéndole caer al suelo inconsciente.