Atlántico Oscuro XXIX
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Las nubes ni estaban ni se las esperaba, el habitual viento frío se había convertido en una suave brisa agradable y el sol disfrutaba de su espacio estirándose todo lo que podía en un cielo completamente despejado.

Un tiempo raro en Coruña, en todo el año en esta ciudad no se pueden contar más de diez días como este.

Jacinto y Quijada esperaban de pie a las puertas del juzgado a que saliese Antonio Pereiro, el chico del que les había hablado Javier Blanco. Según él, era quien lo había puesto en contacto con los amigos de Alfredo.

Lo habían visto entrar hacía unos veinte minutos, aunque pensaron que era mejor abordarlo a la salida, cuando ya hubiese cumplido con sus obligaciones.

El chico debía de medir en torno a un metro ochenta, si bien, parecía más bajo porque iba encorvado.

Pelo negro, largo y grasiento, ojos pequeños y cansados, y nariz estrecha, que parecía más larga de lo que era debido a la delgadez de su cara.

Vestía un chándal Kelme que superaba las dos décadas y que tenía un desgaste similar al de su dueño.

Andaba como si tuviese suspensiones en las rodillas y con los brazos colgados hacia delante, imitando el flow de los negros de Harlem.

—Ahí está —Quijada lo identificó en cuanto salió del juzgado.

—Hola, Toni —Jacinto fue el primero en saludarlo.