Atlántico Oscuro XXVIII
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XXVIII

El bar estaba fuera del circuito habitual de la policía, la abogacía y la judicatura.

De hecho, Jacinto nunca había entrado en él, ni lo conocía.

Y eso que no estaba lejos de su actual casa.

Se encontraba en la calle más oscura del barrio de Monte Alto, y dentro del local, la ausencia de luz era aún mayor.

Había tan poca claridad que para distinguir a una persona tenías que estar prácticamente pegado a ella.

Como si las mesas estuviesen rodeadas de una espesa y sombría niebla atlántica.

Había cuatro con sus respectivas sillas y una pequeña barra con cinco taburetes.

No tenía más mobiliario. Era uno de esos sitios en los que las chicas buenas iban a buscar chicos malos.

—Curioso establecimiento. ¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Jacinto.

—Sólo cuando quiero mantener encuentros discretos.

Águeda Vicuña vestía una camiseta negra de tirantes muy ajustada y unos pantalones vaqueros incluso más ajustados.

Melena suelta sobre los hombros desnudos y unos trazos de carmín rojo en los labios como único maquillaje.

No necesitaba más para brillar. Hay lienzos divinos que es mejor no manchar con pinceles terrenales .

—Me extrañó su llamada.

—Jacinto, por favor, en este bar está prohibido tratar de usted. No entiendo la extrañeza, la última vez que nos vimos ya te dije que nos tomaríamos unas cañas. Y yo siempre cumplo lo que digo.

—Sabes que no puedo contarte nada del caso.

—Ya hablaremos después de negocios. Ahora vamos a beber algo. ¿Una cerveza?

—A estas horas prefiero un brandy. Un Lepanto. Solo, sin hielo.

—¿Un Lepanto? Si no eres tan viejo. ¿De dónde te viene esa afición?

Jacinto sentía una irresistible atracción por Águeda, pero sabía que no podía bajar las defensas con ella. Derribada la barrera del usted, tenía que mantener una cierta distancia para no convertirse en un pelele en sus manos.

—No sé si soy poco o muy viejo, pero tengo unos cuantos más que tú.

La fiscal sonrió de manera tímida e inocente, aunque con un profundo toque sensual, como una Lolita a punto de desmelenarse.

—A mí me gustan mayores… Como la canción, ¿la conoces? —Águeda comenzó a canturrear el estribillo :

A mí me gustan mayores

De esos que llaman señores

De los que te abren la puerta

Y te mandan flores

—Me suena haberla oído alguna vez, pero no me va ese tipo de música. Y tampoco me siento identificado con la letra. Soy mayor, eso es evidente, ahora, señor, ni lo soy, ni creo que llegue a serlo nunca.

Águeda lo miró con cierta admiración.

—No tienes ni un gramo de postureo. Eres lo que se ve y no intentas ser otra cosa. Por eso me gustas, porque eres auténtico.

Jacinto, sorprendido por la declaración de la fiscal, aceptó el cumplido con una media sonrisa.

—En cambio, tú a mí me tienes muy desconcertado.

Antes de contestar, Águeda hizo una señal al camarero, que se acercó a la mesa, diligente.

—Un Lepanto solo y sin hielo para el señor —y la palabra señor la dijo muy lentamente, alargando mucho la primera sílaba y, más aún, la segunda— y un DYC para mí. Si tú vas a brandis —explicó a Jacinto— no voy a ir yo a cervezas .

El camarero no tardó nada en volver con las bebidas, y en cuanto las sirvió, desapareció con la misma discreción con la que había aparecido.

—Decías que te desconcertaba —Águeda volvió a retomar la conversación en el punto en el que la habían dejado.

—Entiendo que tengas interés en conocer los detalles de la investigación, lo que me sorprende es el método que empleas para conseguirlos.

Águeda se bebió el whisky de un trago y clavó sus ojos azul transparente en los del policía, que, a pesar de la falta de luz, pudo detectar cómo se le dilataban las pupilas a la fiscal.

—Dios —Jacinto nunca había oído pronunciar así esa palabra: con tanta sensualidad, con tanta lujuria, con tanto deseo, con tanto pecado—.

No te imaginas cómo me excita tu franqueza.

Estoy tan acostumbrada a formalidades y teatrillos, que tu sinceridad me pone como a una perra.

Tengo un piso franco aquí al lado. Vámonos.

Águeda miró al camarero, que le respondió con un gesto de asentimiento —que probablemente querría decir, sí, te lo apunto a tu cuenta— y salió del bar a toda prisa, seguida de Jacinto, que no quería perderla por nada del mundo.

El piso estaba más cerca de lo que el policía se imaginaba. Tardaron menos de cinco minutos en llegar .

—Es un tercero, pero no puedo esperar al ascensor.

Águeda le agarró una mano y lo hizo subir a toda velocidad por las escaleras. Al llegar, abrió la puerta lo más rápido que pudo y empujó al policía dentro de la vivienda. Después, le soltó una bofetada en toda la cara, que el policía no vio venir.

—A mí me va el sexo duro. A ti también, ¿verdad?

Jacinto había estado con cientos de mujeres, la mayoría profesionales, lo había practicado por delante, por detrás, por arriba y por abajo, pero nunca le había dado por el sadomasoquismo.

—Yo no le hago ascos a nada.

—Lo imaginaba. Y sé que te gusta ser dominante —y mientras le susurraba esto al oído, le iba apretando el cuello poco a poco hasta casi dejarlo sin respiración—.

Y sé que estamos en mi casa, y como buena anfitriona, tendría que dejarte elegir…

Lo malo es que yo no soy buena, soy la zorra más zorra de todas las zorras…

y voy a joderte bien. ¿Estás de acuerdo?

Jacinto notó que cuanto más le apretaba el cuello, más erecto se le ponía el miembro. Hacía tiempo, muchos años, que no lo tenía tan duro. Quiso responder que sí, pero fue incapaz de articular palabra, así que asintió con un parpadeo.

—Muy bien, puta, desnúdate y ponte a cuatro patas, que voy a darte unos azotes.