XXVII
No sólo era la suavidad de la seda lo que más le gustaba a Jacinto de la cama de Nenuca, además de la dueña, sino el olor de las sábanas. Olían a mañana clara, a cielo sin nubes y a océano en calma. A pecados por perdonar, a buenos recuerdos y a tiempos de esperanza.
También le gustaba despertarse más tarde que ella, indicio de que había dormido bien, privilegio de los limpios de conciencia al que no estaba acostumbrado.
Tampoco era difícil cuando se dormía al lado de una mujer que había perdido a su único hijo.
No hay en el mundo ningún ser que duerma menos y peor.
—Hoy no te voy a preparar el desayuno. Lo hice como muestra de cortesía en tu primera vez porque eras mi invitado. Pero venir una segunda es como ser de la casa. A poco que sigas repitiendo, pronto vas a pasar aquí más noches que mi exmarido.
Nenuca se había cubierto con una bata, debajo de la que, Jacinto intuía, no había nada más que su suave y pálida piel de aristócrata ilustrada.
Ese sensual pensamiento le provocó una erección que trató de disimular ocultándola bajo las sábanas.
No es que no le apeteciese repetir, pero no estaba seguro de poder estar al nivel sin ayuda química.
A su edad, cuando se sale por la puerta grande, hay que esperar un determinado tiempo para repetir una buena faena.
Y ese tiempo era mayor que unas escasas horas.
—Entonces, supongo que tendré que prepararlo yo. Porque no creo que podamos permitirnos ir a una terraza de la Marina.
—A estas alturas, yo puedo permitirme casi todo. Pero sí, va a ser mejor quedarnos aquí.
Jacinto no era un mal cocinero. La mayoría de los recuerdos que tenía de su madre transcurrían en la cocina de su casa de Carballo, así que hacer de comer no era una actividad que le disgustase.
Cada vez que cortaba cebolla, su memoria traía a su mamá de vuelta.
Daba igual la comida, ella siempre empleaba la lacrimosa hortaliza en la receta.
Con el tiempo, Jacinto comprendió que lo hacía para poder disimular el inevitable llanto diario que le servía de desahogo.
Todos los días tenía necesidad de llorar, por lo que todos los días cortaba cebolla.
Aún después de darse cuenta de este silencioso sufrimiento, seguía disfrutando del recuerdo de su madre en la cocina.
Los dos lagrimones recorriendo su cara, la pequeña sonrisa en su boca para maquillar el continuo martirio, la mirada protectora y llena de amor que le regalaba para que se sintiese feliz y a salvo, convertían esa imagen en la más bella y humana representación de la Dolorosa.
Y eso, la indiscutible santidad de su madre, le reconfortaba .
—¿Qué quieres que te prepare?
—Me vale con un café con leche. No soy de desayunar mucho.
—Pues el otro día…
—Ya te dije que el otro día eras mi invitado.
En cuanto salió de la casa de Nenuca, Jacinto llamó a su compañero Quijada y se citó con él en el dique de abrigo, junto a la torre de control del puerto.
Esta torre era otro de los símbolos fálicos de la ciudad que podía haber sido considerado como posible lugar de aparición del hipotético próximo cadáver, aunque fue descartada por no cumplir los requisitos geométricos de su teoría.
—¿Dónde estabas? ¿Cómo has llegado tan pronto?
La torre de control estaba a menos de un kilómetro de la casa de Nenuca. A Jacinto le parecía imposible que Quijada hubiese llegado antes que él.
—Casualmente estaba paseando por aquí.
—Pensaba que estarías en la comisaría.
—Hoy es sábado.
—Joder, no sé ni el día en el que vivo. Disculpa, de haberlo sabido no te habría molestado .
—No pasa nada, ya te he dicho que estaba por aquí. Lo que no sé es por qué me has citado en este lugar.
—También me apetecía dar un paseo. ¿Vamos hasta el final?
Jacinto señaló hacia el espigón de casi 1.500 metros que se internaba en la ría coruñesa como un puente a medio construir.
—Mejor por el muro, ¿no?
El espigón tenía dos partes diferenciadas.
Una de ellas estaba asfaltada, con carril bici y todo, para que pudiesen circular personas, bicicletas y algún otro vehículo autorizado del ayuntamiento y la autoridad portuaria.
La otra era una acumulación de bloques de piedras enormes que, en una lucha diaria, intentaban contener los deseos expansionistas del mar.
En medio, separándolas, había un muro lo suficientemente ancho para pasear por él, aunque no estaba permitido por el peligro que conllevaba hacerlo.
El viento y el mar no suelen respetar a los paseantes incautos.
—Está prohibido.
—No creo que nadie nos detenga.
Jacinto sorteó la reja que impedía el paso y esperó a que Quijada hiciese lo mismo.
—¿Por qué me has llamado ?
El inspector ignoró la pregunta de su compañero.
—Me encanta pasear por aquí. Un camino que atraviesa el mar. Me siento como Moisés caminando entre el Mar Rojo.
—Cuando Moisés cruzó el Mar Rojo lo hizo para llegar a la tierra prometida. El espigón no lleva a ninguna parte.
—Cierto. Bueno, si hubiesen construido un poco más, podría haber llegado a la costa de enfrente, a Santa Cruz… Pero está mejor así, terminando en medio de la ría —a Jacinto le dio por reflexionar un momento—. Es extraño lo del mar, ¿no crees?
El Mar Rojo, Moisés,… Esta mañana su jefe estaba un poco raro.
—¿A qué te refieres?
—A que el mar siempre se asocia con la libertad, cuando en realidad es una barrera. Es un límite, una frontera, el final del camino. Al llegar al mar, hay que parar.
Definitivamente, Jacinto estaba distinto. ¿A qué venía eso? Sin embargo, como no se atrevía a preguntar, le siguió la corriente.
—El mar se asocia a la libertad porque no tiene caminos marcados. Tú decides la dirección y la ruta. No estás obligado a restringirte al trazado de una carretera o de unas vías de tren. Eres libre para elegir el rumbo, y, además, puedes modificarlo en cualquier momento .
—La verdad es que visto así… Pero para disfrutar de esa libertad de decisión necesitas un barco.
—Sí, claro, hace falta un barco. O nadar muy bien.
Al llegar al final del espigón, Quijada no aguantó más, y aun a riesgo de llevarse una bronca por indiscreto y por meterse donde no lo llamaban, le preguntó a Jacinto si le había pasado algo porque le extrañaba esa disertación sobre el mar y la libertad.
—Nada, bueno, aparte de que me estoy tirando a Nenuca Astray.
¡A la mujer de Fidalgo, a la madre de Gabriel, a la Marquesa de Bergantiños!
En cierta manera, Quijada había llegado a admirar la falta de prejuicios, de convencionalismos, de remordimientos y de conciencia de Jacinto, porque era lo más parecido al superhombre nietzschiano que había conocido.
Una rara avis en este mundo de palomas y de buitres.
Sin embargo, esto le parecía demasiado. No era capaz de cuantificar lo mucho que iba a complicarse todo si esta relación salía a la luz.
—Por el amor de Dios, es que no puedes tener controlada la bragueta ni un momento —era la primera vez que Quijada le recriminaba algo a su jefe—.
¿Tú te das cuenta del lío en el que te puedes meter si se sabe esto?
Vázquez te pondría a hacer DNIs, Fidalgo te metería en la cárcel e Inma…
bueno, no sé lo que haría Inma. Posiblemente se fuese de la ciudad para no verte más .
Jacinto callaba porque no sabía qué decir.
Se estaba arrepintiendo de habérselo contado a su compañero, aunque, en realidad, la confesión fue más una necesidad que una elección.
Un poco por vanidad y un mucho por liberarse.
Por un lado, él no creía que estuviesen haciendo nada reprochable, pero, por otro, en el fondo de su conciencia había algo que lo empujaba a buscar una segunda opinión.
—¿Por qué te parece tan mal? Los dos somos personas adultas, y sin compromisos. A mí me ha dejado Inma, y ella ha dejado a Fidalgo.
—Precisamente por eso que dices, porque sois personas adultas.
No sois dos adolescentes que no tienen más motivaciones que sus deseos, ni más límites que su aburrimiento.
Por el amor de Dios, Chinto, que hay dos niños asesinados, y uno es su hijo.
A ella se le excusa, porque una pérdida así tiene que poner tu mundo patas arriba y volverte loco, pero tú…
Habían llegado al final del espigón. Enfrente podían verse montes de pinos y eucaliptos salpicados por urbanizaciones de chalés y edificios ochenteros con demasiadas alturas.
A la derecha, el puerto de Coruña, en el que convivían en armónico contraste petroleros y transatlánticos.
A la izquierda, el Faro de Mera, más allá, el puerto exterior de Ferrol, y aún más allá, por fin, la salida al océano, que estos días parecía más oscuro de lo normal.
—No es sólo sexo. Me gusta estar con ella .
—A mí también me gustaba fumar, y tuve que dejarlo porque era malo para mi salud. Joder, Chinto, que tienes más de cincuenta años. Deja los enamoramientos juveniles para los jóvenes. Al menos, esperad un poco hasta que todo esto se resuelva.
—¿Y si no se resuelve?
—¿Qué?
—Vázquez tiene razón. Estamos estancados, no hemos avanzado nada.
—¿Cómo dices eso? Acabas de elaborar una teoría…
—Tú lo has dicho, tan sólo es una teoría. Además, no podremos comprobarla a menos que haya un tercer asesinato, con lo que, de momento, no es de mucha utilidad. Y aparte de esto, ¿qué tenemos? Un camello de poca monta y una novia misteriosa que no aparece.
Justo en ese momento, Jacinto recibió una llamada.
—¿No vas a contestar? —A Quijada le ponía muy nervioso el sonido de las llamadas, sobre todo cuando no se respondían.
—No, no conozco el número. Es sábado, seguramente sea para venderme algo.
—Podría ser un compañero, una emergencia …
—Los compañeros que me interesan ya los tengo identificados, y los que tengan alguna emergencia, que llamen al 112.
Quijada no respondió, únicamente le devolvió un gesto de desaprobación.
—Joder, Miguelito, qué pesadito te pones cuando quieres.
Jacinto sacó el teléfono del bolsillo muy despacio, y aún más despacio pulsó el botón verde que le interpelaba en la pantalla. Disfrutaba como un niño cruel poniendo nervioso a su amigo.
—¿Quién?… Ah, sí, claro… No, no lo conozco, pero lo busco… Muy bien, nos vemos allí… Adiós, hasta mañana.
El inspector volvió a guardar el teléfono en su bolsillo de origen y permaneció callado con expresión de sorpresa.
—Por tu respuesta, supongo que no sería publicidad —aunque no lo manifestó literalmente, las palabras y el tono de Quijada equivalían al humillante y doloroso “te lo dije”.
—No, no era publicidad —se limitó a contestar Jacinto, que seguía sin asimilar del todo la llamada.
—¿De verdad que no vas a decirme quién era?
—Es que si te lo digo ahora, me vas a calentar la cabeza demasiado. Mejor te lo cuento después. Pasado mañana, en el juzgado.