Atlántico Oscuro XXVI
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La comisaría parecía un tanatorio. A Jacinto le recordó a sus tiempos en el País Vasco después de un atentado de ETA.

Cabezas bajas evitando el contacto visual, silencio extremo y un ambiente general de frustración difícilmente descriptible.

De algún modo u otro, todos los policías se sentían responsables de este segundo asesinato porque les parecía que podían haber hecho algo más para haberlo evitado.

Al acercarse al despacho de Vázquez, descubrieron que no estaba solo, por lo que esperaron fuera.

Sin embargo, en cuanto los vio, su jefe les indicó que pasasen con un enérgico gesto de su brazo.

Lo que no se esperaba Quijada, y mucho menos Jacinto, es que los acompañantes del comisario fuesen Fidalgo y Nenuca.

—Pasad, pasad, ya veis que estoy con el juez y su señora.

Jacinto hizo todo lo posible por disimular lo incómodo que le resultaba el encuentro, pero le fue imposible actuar con naturalidad. Al entrar, se tropezó con una silla y estuvo a punto de caerse. Quijada no daba crédito, era la primera vez que veía nervioso a su compañero.

—Hemos venido porque no nos parece normal que nos hayamos tenido que enterar por la prensa del asesinato de Luciano.

Ya que no avanzan en la investigación, al menos podrían informarnos de estas cosas.

Cuando fue lo de Gabriel insistieron muchísimo en ofrecernos ayuda psicológica, que si la salud mental esto, que si la salud mental lo otro…

Y ahora, ni siquiera tienen la delicadeza de llamarnos para prevenirnos de que va a salir en los medios.

Imagínense mi impresión al verlo en el telediario.

Es como una tortura —Nenuca, en cambio, mostraba el aplomo y la elegancia de siempre y no parecía verse afectada por la presencia de Jacinto.

—Tiene razón. Yo debería haberlos llamado. Primero, porque soy el responsable de esta comisaría, y segundo, por la relación que tengo con su marido. Les pido disculpas. Fidalgo, de verdad que lo siento. La vorágine me atrapó y me olvidé de informaros. Un lapsus imperdonable.

—Evidentemente, es una falta de consideración y de sensibilidad hacia nosotros, sin embargo, a mí, lo que más me preocupa es que me parece que con este segundo asesinato estáis tan perdidos como con el de mi hijo.

—Bueno, Fidalgo, ya sabes que la investigación está bajo secreto de sumario, por lo que, a pesar de nuestra amistad, no podemos informaros de nada sobre la misma.

—Vázquez, no me jodas .

Jacinto, que poco a poco se había ido recuperando del sofoco del inesperado encuentro, decidió intervenir para echar un cable a su jefe.

—Este segundo crimen nos confirma que la elección de las víctimas no es casual. El asesino las conoce, así que estamos centrándonos en el entorno de los niños. Y aunque, como ha dicho el comisario, no podemos hablar sobre el tema, sí podemos deciros que vamos por buen camino —mintió Jacinto.

—¿Tienen algún sospechoso? —insistió el juez.

—Fidalgo —Vázquez volvió a tomar la palabra—. Sabes que no podemos hablar de ello. Lo que sí os aseguro es que la próxima vez, hablaremos con vosotros antes de hacer cualquier anuncio.

—Muy bien, esperamos sus noticias —Nenuca entendió que los policías no iban a contarles nada, de modo que dio por terminada la reunión—. Confío en que cuando nos llamen, sea para celebrar que han detenido al asesino, y no para lamentar que ha aparecido una nueva víctima. Adiós.

Después, se levantó, esperó a que Fidalgo hiciese lo mismo, a que abriese la puerta y a que le cediese el paso, y salió del despacho como si estuviese desfilando en una pasarela de modelos de alta costura de los años 50.

—Me cago en todo lo que se menea, esto parece una oficina de reclamaciones. Estoy hasta los cojones de que todo el mundo venga a quejarse y a pedir algo. Sobre todo, cuando no tengo nada que dar. ¿A qué veníais vosotros? También a pedir, supongo.

—En este caso, venimos a dar. Creemos saber el lugar en el que aparecería el cuerpo, en caso de un tercer asesinato —anunció Jacinto.

—Me cago en el Ángel Custodio, patrón de la policía. ¿Cómo que un tercer asesinato? ¿Dos no os parecen suficientes? ¿Es que tenemos que esperar a que haya otro para detener al culpable?

—Por supuesto que no, comisario. Estamos haciendo todo lo posible para encontrarlo, y vamos a seguir haciéndolo. Es en lo que estamos centrados —intentó tranquilizarlo Quijada—. Lo que pasa es que Brañas tiene una teoría sobre el proceder del asesino que queríamos compartir contigo.

—Si no tenéis otra cosa… venga, adelante, contadme.

—Para empezar, sabemos que los lugares en los que aparecieron las víctimas no son donde fueron asesinadas. Por lo tanto, estos lugares no son casuales. El asesino se molestó en llevar allí los cuerpos. Y, además, se arriesgó mucho al hacerlo —comenzó a explicar Jacinto.

—Eso es cierto —admitió el comisario.

—Muy bien, admitiendo esto, entonces debemos preguntarnos qué tienen en común la Torre y el Millenium .

Vázquez reflexionó durante unos segundos.

—No sé, ¿que son monumentos?, ¿torres?

—Sí, eso es lo que pensaría una persona normal. Sin embargo, el asesino no es normal, es un degenerado sexual. Por eso, yo creo que lo que tienen en común la Torre y el Millenium es que son símbolos fálicos.

—Me cago en la polla, Brañas.

—Sé que puede sonar rebuscado y fantasioso, pero, teniendo en cuenta el montaje, por llamarlo de alguna manera, de la escena de los asesinatos, no es descabellado. Admítelo.

—Vale, entonces, suponiendo que tu teoría es cierta, el siguiente cadáver aparecerá en un lugar en el que haya una construcción que pueda considerarse un símbolo fálico, como tú dices.

—Eso es.

—Bueno, pues, sin pensar demasiado, construcciones de ese tipo en Coruña se me ocurren unas cuantas: el depósito de agua, la torre de control, la torre Hercón…

—Sí, hay varios candidatos. Aquí es donde entra otra de las características de nuestro asesino, que además de un depravado, es muy detallista y ordenado. ¿Me dejas tu ordenador ?

Vázquez se apartó para que Jacinto pudiese acceder al teclado y al ratón de su portátil. Abrió la aplicación de Google Maps y buscó la Torre y el Millenium en el mapa. Después midió la distancia entre los dos monumentos: 1,65 km.

—Al asesino, que considera sus crímenes como una obra de arte, le gusta la simetría, el orden y la regularidad. Por eso, el tercer punto va a formar un triángulo equilátero con los otros dos.

El comisario contemplaba la pantalla del ordenador sin pestañear y preguntándose a dónde quería llegar Brañas.

—Pues bien, la única construcción con forma fálica que cumple esta condición es esta.

Jacinto midió la distancia desde el punto señalado a la Torre: 1,95 km. Después hizo lo mismo al Millenium: 1,9 km. Las líneas dibujadas en el mapa formaban un triángulo prácticamente equilátero.

—Me cago en la leche, Brañas. ¿Así que crees que el hipotético tercer punto es el Obelisco de los Cantones?

El barco que viajó de Egipto a Francia transportando el obelisco que ahora preside la plaza de la Concordia, hizo escala en Coruña en 1833, causando una gran impresión en la ciudad.

Tanto fue así que, unos cuantos años después, en 1895, se decidió hacer un monumento similar.

El Obelisco coruñés es una columna de 18 metros que, para que también tuviese una función práctica, se coronó con un reloj de cuatro esferas.

Inicialmente, dos de estas esferas indicaban la hora solar de Madrid y las otras dos la de Coruña, puesto que entre las dos ciudades hay 19 minutos de diferencia.

—Sí, si hay un tercer asesinato, será ahí donde aparecerá el cuerpo. Estoy seguro.

—Yo no lo estoy tanto, la verdad; me parece muy rocambolesco.

Eso es más de peli americana que de realidad coruñesa.

Sin embargo, ahora que me lo has contado no puedo ignorarlo.

Voy a tener que establecer un dispositivo de vigilancia 24/7 en la zona.

Me cago en todo lo que se menea, con el poco personal que tengo.

El comisario soltó un soplido y empezó a cavilar en cómo podía cuadrar los turnos para organizar este nuevo dispositivo.

—Además de vigilar el Obelisco, creo que también se deberían establecer dispositivos para proteger a los amigos de Gabriel y Luciano —añadió Jacinto—. No lo digo porque mi hijo forme parte de ese grupo, que también, sino porque es evidente que el asesino elige a las víctimas entre esos niños.

El comisario volvió a resoplar.

—Tienes razón. Bueno, antes de nada, aunque imagino que ya se habrán dado cuenta, habrá que informar al resto de padres del peligro que corren sus hijos. Quijada, encárgate tú. Me cago en la mar salada, voy a tener que hacer el milagro de los panes y los peces con policías.

El tercer soplido fue el más largo y profundo.

—Venga, marchaos, salid de aquí, que tengo que utilizar el ordenador. Y a ver si, además de jugar a Sherlock Holmes, me traéis alguna novedad de lo otro. Me refiero a la parte prosaica, a la de detener al asesino.

—En eso estamos, en eso estamos —respondió Jacinto antes de salir del despacho.

Cuando los policías regresaron a sus puestos de trabajo, se encontraron con la segunda sorpresa del día, protagonizada por la misma persona que la primera: Nenuca Astray esperaba sentada en la silla situada enfrente de la mesa del inspector.

En el anterior encuentro, Jacinto, para no ponerse más nervioso, había evitado mirarla, por lo que no había podido fijarse en ella.

Esta vez sí pudo observarla con detenimiento.

Llevaba un vestido azul oscuro de una pieza, con mangas largas, cuello en V y entubado hasta la rodilla. El pelo, recogido en una coleta baja, y la cara limpia, sin maquillar. Nenuca lo miró fijamente, esperando a que fuese él el que pronunciase las primeras palabras.

—Iba a llamarte .

—¿Para qué?

Buena pregunta, pensó Jacinto. Desde luego, no para contarle su suposición del triángulo equilátero. Tampoco para decirle que sus hijos fumaban marihuana. Mucho menos para anunciarle que se había acostado con Inma y que tenía un cacao sentimental que lo estaba volviendo loco.

—Para nada en particular. Para vernos, supongo.

—¿Y ahora que ya nos hemos visto?

Jacinto miró alrededor. No se sentía cómodo con una conversación de ese tipo rodeado de sus compañeros.

—¿Nos vamos a otro lado?

—Donde tú quieras.

Al ver que se iba, Quijada se acercó a Jacinto y en voz baja le transmitió una exclusiva:

—Acaban de informarme de que hemos soltado a tu padre.

—Joder, mi padre. Mi puto padre. Ya me había vuelto a olvidar de él.