XXV
El Sol se reflejaba en el agua del estanque del Millenium, que la suave brisa agitaba formando pequeñas olas que avanzaban de norte a sur, en la dirección del viento.
Habían pasado pocas horas desde que el astro rey se había levantado, por lo que sus rayos llegaban débiles y oblicuos, aunque con la suficiente energía para generar pequeños destellos tintineantes que el agua acogía en su seno como si fuesen un menguado banco de sardinillas.
—Señor García, le agradecemos que haya aceptado nuestra petición de vernos aquí, teniendo en cuenta lo que le ocurrió —apuntó Quijada—. Tengo que confesarle que pensaba que sería usted mayor, como nos dijeron que estaba jubilado.
—Pues aparenta incluso menos —le concedió Quijada—. ¿Ya está recuperado?
—Sí, sí, gracias. Sólo fue un susto. Es que la impresión, imagínense.
—Nos hacemos cargo, por eso insisto en nuestro agradecimiento por prestarse a volver aquí tan pronto.
—No hay de qué. Lo que haga falta por atrapar a ese degenerado.
—Gracias otra vez, ¿puede contarnos cómo lo encontró?
—Sí, claro. Aunque, como les dije, me prejubilé hace unos años, me despierto temprano porque mi mujer sigue trabajando y me levanto con ella.
Es profesora de matemáticas en el Instituto Eusebio da Guarda.
Bueno, pues después de desayunar, doy un paseo de varios kilómetros. Para no abandonarme, ya saben.
Quijada asintió.
—Vivo en Riazor, cerca del instituto de mi mujer. A veces voy en dirección a la Torre y otras en dirección al Millenium, siempre por el Paseo Marítimo.
—¿Y pasea en traje y corbata? —preguntó Jacinto, que había permanecido callado hasta ese momento.
—No, claro que no —sonrió Juan García—. Hoy me he vestido así porque iba a hablar con ustedes y porque no he venido andando. Normalmente, en mi paseo voy con ropa más cómoda. No voy en chándal, pero sí con ropa más cómoda.
Quijada volvió a asentir.
—Bien, ese día salí de mi casa sobre las ocho, y llegué aquí sobre las ocho y media.
Lo primero que llamó mi atención fue el color del agua, turbia.
Por eso, me acerqué. Al hacerlo, vi un bulto flotando, pero no me imaginé que fuese una persona.
Pensé que sería un abrigo, una manta… Cuando vi que era un niño…
—el prejubilado tuvo que detenerse porque estaba a punto de llorar. Continuó unos segundos después.
—Yo tengo un hijo y una hija. El chaval tiene veinticinco y la niña, veintitrés.
Son mayores, bueno, se creen mayores, pero siguen siendo unos críos.
Por eso, cuando creí que podía ser un niño, entré en el estanque para intentar sacarlo.
Sin embargo, enseguida me di cuenta de que estaba muerto, así que lo dejé donde estaba y llamé al 112.
—Tranquilo, tómese su tiempo —Quijada había detectado que el testigo se estaba poniendo muy nervioso, por lo que intervino para intentar calmarlo.
—Gracias, gracias, estoy bien, no se preocupe. Aunque tiene razón, tengo que relajarme, no vaya a pasarme lo del otro día —respiró profundamente varias veces y prosiguió—. Y nada, cuando me atendió la telefonista le expliqué lo del niño .
—¿Fue entonces cuando le dio el infarto? —preguntó Jacinto.
—Sí, bueno, no llegó a ser un infarto, una pequeña taquicardia.
Supongo que, al verbalizarlo, fui consciente de lo que había pasado y mi corazón se aceleró más de la cuenta.
Afortunadamente, del 112 mandaron una ambulancia que llegó a los pocos minutos, y ya me atendieron ellos.
Después vino la policía, pero los sanitarios les dijeron que, por precaución, era mejor llevarme al hospital a hacerme un chequeo antes de que me hiciesen alguna pregunta. Y poco más puedo contarles.
—Cuando llegó al Millenium, ¿vio a alguien sospechoso cerca?
—Nada, qué va, ni sospechoso, ni sin sospechar, no había nadie.
Y pasada la rotonda que hay ahí, a unos 500 metros —dijo señalando en dirección hacia Riazor— tampoco me crucé con nadie.
Aunque, a esas horas, esta zona no es muy transitada, suele haber más gente. Sin embargo, esa mañana, nada de nada.
—De acuerdo, gracias. Le llamaremos si necesitamos algo más —sentenció Jacinto.
—Por supuesto, lo que necesiten. Y espero que encuentren al asesino cuanto antes.
A pesar de que Quijada se ofreció a llevarlo a su casa, el prejubilado rechazó la oferta porque había ido en su propio coche. Además, iba a aprovechar para hacer unos recados mañaneros. Básicamente, ir al mercado a comprar la comida que le iba a cocinar a su mujer.
—¿Qué hacemos? ¿Nos vamos? —preguntó Quijada.
—Espera un momento.
Jacinto miró hacia la Torre y después lo hizo hacia la parte más alta del Millenium. Volvió a mirar a la Torre, y de nuevo a la punta del Millenium. Al comparar los dos monumentos, se dio cuenta de un detalle.
—No puede ser una casualidad que los dos sitios en los que han aparecido los cuerpos sean símbolos fálicos.
El comentario sorprendió a Quijada, al que ni se le había pasado por la cabeza una idea así.
—Hombre, símbolos fálicos. No sé. Es una visión un poco sucia de la Torre y del Millenium. Aunque, bueno, tal y como han sido los crímenes, es posible que el asesino los vea así.
Jacinto ignoró la respuesta de su compañero y volvió a dirigir su mirada hacia la Torre.
—Joder, no puede ser.
Abrió la aplicación de Google Maps y buscó una ubicación en ella. A continuación, amplió el mapa hasta que aparecieron en el mismo la Torre y el Millenium .
—Joder.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —preguntó Quijada impaciente, sin entender nada de lo que estaba haciendo su amigo.
—Miguelito, si hay un tercer asesinato, que estoy seguro de que lo habrá si no lo impedimos, sé dónde va a aparecer el cuerpo.