XXIV
Jacinto salió disparado del apartamento de Javier sin despedirse de Quijada y sin preocuparse lo más mínimo por cómo iba a volver su compañero a la comisaría.
Su cabeza no estaba para esas insignificancias.
Tampoco perdió demasiado tiempo en aparcar, puesto que dejó el coche tirado en la plaza en la que estaba situado el portal de la casa de Inma.
Llamó insistentemente al telefonillo hasta que su exnovia le abrió, y subió las escaleras corriendo sin esperar al ascensor.
Inma, muy preocupada, estaba esperándolo con la puerta abierta.
Totalmente fuera de sí, la apartó sin ningún miramiento y se dirigió a la habitación de su hijo, que se asustó al ver la cara desencajada de su padre.
—Serás cabrón, cabrón y gilipollas. No se puede ser más tonto.
Armó el brazo para darle una bofetada con la mano abierta, pero Inma llegó a tiempo de impedir la agresión, sujetándolo con todas sus fuerzas.
—¿Qué coño haces? ¿Te has vuelto loco?
El policía se giró hacia la madre de su hijo y estuvo a punto de agredirla a ella, pero, afortunadamente, en el último momento consiguió recuperar el control sobre sí mismo y se frenó a tiempo .
—Tenemos un hijo que es un mentiroso. Y lo peor no es eso, es que además es un inconsciente.
—Sea lo que sea, no vas a arreglar nada pegándole. Tranquilízate, por favor. Ven, siéntate aquí.
Inma condujo a Jacinto a la cama y consiguió que se sentase. Al verse libre, Alfredo se dispuso a abandonar la habitación, pero su madre lo detuvo.
—Alfredo, espera, tu padre ha venido a hablar contigo. Tendrás que escuchar lo que quiere decirte, ¿no?
Hacía tiempo que Jacinto no entraba en la habitación de su hijo, aunque, la verdad, no había cambiado demasiado desde la última vez.
Perfectamente limpia y ordenada, mantenía el póster del Deportivo colgado en la pared situada enfrente de la cama.
El póster era de la temporada 93-94, cuando el equipo había perdido la liga por fallar un penalti en el minuto 89 del último partido.
Se lo había regalado Quijada en su noveno cumpleaños, en el veinticinco aniversario de la efeméride.
Para que siempre recuerdes lo fina que es la línea que separa el éxito del fracaso, y el bien del mal, le había dicho.
—Deja que salga. Bueno, casi mejor, lo voy a hacer yo. Os espero en el salón.
Durante la espera, desde la ventana, Jacinto pudo ver cómo la grúa se llevaba su coche. Estos de la local sólo sirven para poner multas de aparcamiento y organizar la cabalgata de Reyes, pensó.
—Con todo lo que está pasando, lo que faltaba es que tú perdieses el control. ¿Por qué estás tan enfadado?
Una de las cosas que más admiraba Inma de Jacinto era su racionalidad y su autodominio.
Por muy crítica y estresante que fuese la situación, nunca perdía la calma.
Las veces que aparentaba hacerlo, eran, en realidad, teatrillos para amedrentar a algún sospechoso.
Es cierto que, cuando mezclaba putas y alcohol, no era un ejemplo de mesura, pero bueno, ¿a quién no se le había ido la pinza en alguna juerga?
Ella también era muy racional, aunque no llegaba a su nivel de serenidad.
Para compensar este déficit, hacía tiempo que había dejado de ir de fiesta.
—Más que enfado, es miedo. Me he asustado muchísimo al pensar que Alfredo podía estar en peligro. Y también frustración por no haber conseguido que mi hijo me dijese la verdad.
—Yo he intentado educarlo bien, pero es hijo nuestro. ¿Qué esperabas? Tendré que hacerlo mejor.
—Sabes que no te culpo a ti. Realmente, tampoco lo culpo a él. Por cierto, ¿dónde está?
—En su habitación. Le he dicho que espere allí hasta que lo llame. Creo que es mejor que antes hablemos nosotros. ¿Qué ha pasado para que te pongas así ?
—Hoy hemos interrogado al camello de los críos. De Gabriel y Luciano, quiero decir. Y resulta que también conocía a Alfredo. Alguna vez había ido a pillar con ellos.
Inma se desplomó sobre el sofá.
—De momento, sólo les ha pasado maría.
—Se empieza con los porros y se termina con todo lo demás. Los dos lo sabemos bien.
—Sí, los dos lo sabemos. Sin embargo, no es lo que me preocupa ahora mismo. Lo que me asusta es que Alfredo era íntimo de Gabriel y de Luciano, y no nos lo dijo. Podría haber sido él el del Millenium… Y nosotros, en Belén con los pastores.
—Por Dios, no digas eso.
—Es la verdad, por muy duro que suene. ¿Le has contado lo de Luciano?
—Aún no. Te estaba esperando para hacerlo.
—Pues ya estoy aquí. ¿Vas a buscarlo?
Jacinto pensó que era mejor hacerle primero las preguntas y después contarle lo de Luciano.
Si lo hacían al revés, lo más probable es que se bloquease y no les contase nada.
Alfredo llegó al salón siguiendo a Inma, como queriendo ocultarse detrás de su madre.
Al verlo aparecer por la puerta, Jacinto se acercó a él y le dio un abrazo, que su hijo correspondió.
—Perdona por lo de antes, pero estoy muy preocupado por ti.
Tú quizá no eres consciente del peligro que corres.
Y que no me cuentes toda la verdad, me dificulta mucho protegerte.
Acabo de estar con Javier Blanco y me ha dicho que te conoce.
Que alguna vez fuiste a pillar con Gabriel y Rocco. ¿Por qué no me lo contaste?
Instintivamente, Alfredo comenzó a bajar la cabeza, pero, al ver la mirada desaprobadora de su padre, recordó que debía mantenerla erguida.
—Para un hijo no es fácil decirle a su padre que fuma maría —reconoció—. Además, pensé que ese detalle no iba a influir en la investigación. Si no, te lo habría dicho.
Para evitar que su respuesta sonase a enfado o bronca, Jacinto esperó un momento antes de contestar.
—Entiendo que no es fácil confesar eso a un padre, pero estamos en unas circunstancias excepcionales.
Han matado a uno de tus mejores amigos, por lo que las travesuras, chiquilladas o incluso los delitos que hayáis podido cometer, no tienen ninguna importancia.
Ahora lo principal es vuestra seguridad.
Y, como te he dicho, que me mientas, me dificulta mucho poder protegerte.
Sin toda la información, no puedo evaluar el riesgo real.
En realidad, Gabriel, Luciano y tú erais muy buenos amigos, inseparables. ¿Verdad?
—Sí —Alfredo casi se echa a llorar al recordar a su amigo desaparecido—. Al principio el núcleo duro lo conformaron Gabriel y Luciano, pero Gabriel insistió en que yo me uniese a ellos.
—¿Y el resto? ¿Miguel y Rafael?
—También formaban parte del grupo, pero estaban, ¿cómo decirlo?… a otro nivel. Venían con nosotros, salían con nosotros, fumaban con nosotros… sin embargo, no sé, no era lo mismo que con Gabriel y Luciano. Son buenos chicos y los quiero un montón, pero no sé, es lo que te he dicho… otro nivel.
—Además de fumar, ¿qué más hacíais?
Alfredo entendió que era el momento de confesarlo todo.
—Emborracharnos, salir por la noche…
Jacinto miró a Inma buscando una respuesta. ¿Cómo es posible que su madre le hubiese dejado salir por la noche con tan sólo catorce años, y que no se diese cuenta de que volvía borracho? Alfredo se dio cuenta del detalle y proporcionó él la explicación.
—Salíamos cuando me quedaba a dormir en casa de Gabriel. Aprovechábamos que sus padres se iban a la casa de la aldea. Gabriel les decía que venía a dormir aquí y así podíamos quedarnos solos.
A Inma le hubiese gustado echarle la mayor bronca de la historia a su hijo, una que no olvidase nunca, gritarle hasta quedarse afónica, incluso, pegarle, como castigo y como desahogo. Sin embargo, estaba tan decepcionada por el abuso de confianza, que no fue capaz de decir nada.
—Cuando salíais, ¿quedabais con otras pandillas? ¿Tuvisteis discusiones o peleas con otros chicos?
—No, no quedábamos con nadie más. Y discusiones, alguna tuvimos, pero muy light. Del tipo, ten cuidado, no me empujes, y así. No llegamos a pelearnos nunca.
—¿Luciano?
—Sí, él es el más bravucón, pero se le va toda la fuerza por la boca. No lo veo capaz de pegarle a nadie.
—¿Chicas?
—Cuando podíamos, nos enrollábamos con alguna en la discoteca.
—¿Quién?
—El que más, Gabriel. A Luciano, como tiene tanta cara, tampoco se le daba mal .
—¿Y tú?
—Alguna vez aprovechaba los restos que dejaba Gabriel.
—¿Los demás? ¿Miguel y Rafael?
—Rafael decía que sí, que ya había perdido el boque, aunque ninguno llegó a verlo. Miguel, nada.
—¿El boque? —preguntó, extrañado, Jacinto. Cuando empiezas a no entender alguna de las palabras que utilizan los jóvenes es cuando te das cuenta de que te están haciendo viejo.
—Sí, el boque se pierde cuando te enrollas con alguien.
—¿Y sólo eran rollos? ¿Ninguna relación un poco más seria?
—A veces repetíamos con alguna, pero no pasaba de ahí. Bueno, hasta que Gabriel empezó con la chica de la que ya te he hablado.
—Pues háblame un poco más.
—Te he dicho todo lo que sé. En esto ni mentí, ni omití nada. El único que la vio fue Luciano.
—Alfredo, esa chica es la única pista que tenemos. Es importante que me cuentes todos los detalles, por insignificantes que te parezcan. ¿A qué colegio iba? ¿Qué amigos tenía? ¿Salía con algún otro chico ?
—Papá, te juro que no sé nada más. Gabriel llegó un día diciendo que se había echado novia. Nos dijo que era un poco mayor que él para presumir de que ya lo había hecho, pero no nos dijo nada más.
—¿No sería una fanfarronada?
—Gabriel nunca fanfarroneaba. Además, como te dije, Luciano sí llegó a verla. Si quieres, yo puedo hablar con él para intentar convencerlo de que te cuente lo que sabe. Ahora que ya no está Gabriel, no tiene por qué guardarle el secreto.
El padre buscó la aprobación de la madre porque entendió que era el momento de contarle a su hijo lo de Luciano.
—Alfredo, tenemos que… —comenzó Jacinto, pero enseguida lo interrumpió Inma.
—Cariño —le dijo mientras le cogía las manos y lo miraba a los ojos para intentar transmitirle toda la fuerza y la seguridad que se pueden transmitir con una mirada—. A Luciano también lo han matado.
El niño oyó perfectamente las palabras; sin embargo, su cerebro no fue capaz de procesarlas inmediatamente.
De repente, la realidad pareció desplomarse como si estuviese en un sueño, y se pasó varios segundos, más largos que un día, preguntándose si había escuchado bien, buscando la respuesta en los ojos de su madre.
Inma lo abrazó como sólo las madres saben hacerlo, con fuerza y ternura a la vez.
—Lo siento mucho, corazón.
Entonces, Alfredo entendió que había oído bien, y, abrazado a su madre, se echó a llorar.
Fue un llanto avergonzado, callado, silencioso.
Un llanto de desesperación, de rabia, de desconcierto y de miedo.
Un llanto que marcaba el final de una etapa, un llanto en el que se ahogaban las últimas ilusiones de una niñez que se hundía de forma inevitable en un profundo océano oscuro.
—Te juro por lo que más quiero, que eres tú, que voy a encontrar al asesino.
Para que Alfredo pudiese descansar, Inma le dio media pastilla de Lexatin con Cola Cao, y el niño se quedó dormido a los pocos minutos.
—Por cierto, ¿qué va a pasar ahora con tu padre?
—Joder, ni me había acordado de él. Supongo que lo soltarán.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Nada —mintió por primera vez Jacinto a Inma.
—Bien, me alegro de que hayas recapacitado. Ya te jodió la vida una vez, mejor que no te la joda una segunda .
Había sido un día muy duro, muchos días lo habían sido últimamente. Aunque Inma era una persona muy fuerte, su infinita resistencia estaba llegando al límite. Nunca se había sentido tan frágil e indefensa. Decidió que esta noche no quería dormir sola.
—Puedes quedarte a dormir.
El permiso otorgado por Inma sorprendió a Jacinto, pero aún lo sorprendió más el beso que le dio a continuación.
Por un momento, sintió que, de alguna manera, estaba engañando a Nenuca.
Sin embargo, esta sensación duró tan sólo un pequeño instante, que fue lo que tardó Inma en darle un segundo beso.
Pasado ese breve rato de mala conciencia, Jacinto se repuso y comenzó a comerle la boca a Inma como lo haría un adolescente enamorado, como un condenado a muerte en su último vis a vis, o como un hombre que siente que puede recuperar a la mujer de su vida.