Atlántico Oscuro XXIII
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XXIII

Javier Blanco los recibió mucho más tranquilo que la última vez que se encontró a los policías.

Las circunstancias también eran distintas, claro.

Ahora no llevaba consigo ni un nanogramo de droga.

Estaba tan relajado que incluso los invitó a tomar un café en su apartamento.

Era consciente de que ya había pasado lo peor.

Evidentemente, si querían, podían ponérselo muy difícil, pero si no lo habían hecho antes, no tenía sentido que lo hiciesen ahora.

Eran de homicidios, no de estupefacientes.

No creía que fuesen a hacer más trabajo del que les correspondía. Al fin y al cabo, eran funcionarios.

Quijada detectó unos ligeros cambios en la decoración del loft. En la pared de la ventana que daba al mar había colgado un cuadro del ayuntamiento de Coruña, pintado en blanco y negro. Y en la zona del salón, había sustituido el sofá, que recordaba de color blanco, por uno nuevo de rojo coral.

—¿Has estado redecorando?

—Sí, qué observador. Bueno, sois policías.

Es normal que os deis cuenta de estas cosas.

El cuadro me lo regalaron y el sofá lo cambié porque estaba cansado del otro.

Era muy anodino, este le da un toque de color al piso.

Además, es mucho más cómodo. Sentaos y probadlo, ahora os traigo los cafés. ¿Cómo los queréis?

—No hace falta. No hemos venido a tomar café —Jacinto imprimió un tono seco y serio a sus palabras porque le parecía que Javier se estaba tomando demasiadas confianzas.

No le gustaba verlo tan tranquilo. Necesitaba que estuviese asustado; si no, no se tomaría en serio la tarea que le habían asignado—. En todo este tiempo no nos has llamado.

Javier abrió la nevera y se sirvió un vaso de agua fría. El encuentro no iba a ser tan fácil y cordial como se había imaginado.

—Es que no tengo nada que contaros, de verdad.

Me había pasado por la Torre casi todos los días, pero no he visto nada sospechoso.

En realidad, a partir de una determinada hora, cuando se hace de noche, los que pasean por allí son prácticamente siempre los mismos.

Gente sacando al perro, corriendo o en bici.

Ya casi los conozco de tanto cruzarme con ellos. Y parecen de lo más normal.

—Sabes que estás a prueba, y que, si no cumples, podemos hacértelo pasar muy mal —Jacinto seguía apretando para asegurarse de que el camello los tomaba en serio.

A Javier casi se le atraganta el agua. Pensó que cuando se ponía severo, este policía daba mucho miedo.

—Tenéis razón en que podía haberos llamado, pero no quise molestaros para no deciros nada nuevo. Lo que sí puedo aseguraros es que el asesino no ha vuelto por allí. Y si lo ha hecho, tiene un aspecto que no llama la atención. Es todo cuanto sé.

—Muy bien, dejemos lo de la Torre por un momento. ¿Por qué no nos contaste que le vendías droga a Gabriel?

Javier se puso del color de su apellido y estuvo a punto de caérsele el vaso.

Finalmente pudo sostenerlo, e incluso fue capaz de echarse más agua.

La iba a necesitar porque nunca había sentido su garganta tan seca.

¿Cómo era posible que los policías supiesen eso?

Tuvieron que ser los críos. Qué niñatos.

Quien con niños se acuesta… En cualquier caso, llegados a este punto pensó que lo mejor era contar la verdad.

—El día que descubrí el cadáver no reconocí al chico.

Y aunque lo hubiese hecho, sinceramente, tampoco os lo habría dicho.

No iba a decirle a unos policías que yo le vendía droga al asesinado.

Después, cuando volví a veros por el asunto de la fariña, sí lo sabía, pero tampoco pensé que fuese beneficioso para mí contarlo.

Si lo hubiese dicho, es probable que me hubieseis detenido.

Y en realidad, creo que esta información no aporta nada al caso.

Jacinto se levantó como un resorte, lo agarró del cuello y lo empujó contra la nevera. Esta vez el vaso sí cayó al suelo, formando diminutos fragmentos de cristal que, mezclados con el agua, parecían pequeños trocitos de hielo a punto de derretirse.

—Si aporta algo o nada al caso, somos nosotros los que tenemos que decidirlo, ¿te queda claro ?

A pesar de la fuerza con la que Jacinto le agarraba el cuello, que casi no le permitía respirar, Javier fue capaz de mover levemente su cabeza en señal de asentimiento. Este gesto, unido a la mirada de desaprobación de Quijada, hizo que el inspector lo soltase.

—Cuéntanoslo todo. Cuándo empezaste a venderles, cuánto, a quién, dónde. Y no se te ocurra omitir el más mínimo detalle.

Javier tardó unos segundos en respirar con normalidad. Cuando lo consiguió, se dirigió a la mecedora vintage de color granate y se dejó caer sobre ella. Notaba el cuello muy dolorido.

—Los conocí hace unos meses.

—¿Cómo? —preguntó Jacinto. Normalmente, en los interrogatorios, Quijada le dejaba hacer a su jefe.

—Se me acercaron ellos cuando estaba en la Torre. Yo no voy ofreciendo droga.

—¿Quién?

—El niño asesinado y otro que se llama Rocco, o algo así. Era el que llevaba la voz cantante. De hecho, venían de parte de un cliente mío, que era conocido de este tal Rocco.

—¿Quién?

—Se llama Toni Pereiro. Es mayor que ellos, tendrá unos veintitantos. No sé cuál era su relación con los chicos. Y tampoco sé mucho más de él. En este negocio no se hacen muchas preguntas. Cuanta menos información personal se tenga, mejor para todos.

—Pero podrás contactar con él.

—Sí, tengo su teléfono.

—Bien, después nos lo pasas. Continúa. ¿Qué les vendías?

—Poca cosa, unos gramos de maría para unos porrillos.

—¿Nada más? ¿Cocaína, pastillas…?

—No, sólo la hierba.

—¿Dónde se la dabas?

—En la Torre, me contaron que estaban en un equipo de fútbol y quedábamos después de los entrenamientos.

—¿Con qué frecuencia?

—No sé. Cada dos o tres semanas. Y me pillaban unos diez gramos cada vez.

—¿Quedaste con ellos la semana del asesinato?

—No, debió de ser la anterior, o puede que incluso la de antes. No estoy seguro.

- ¿Y has vuelto a quedar con Rocco desde entonces ?

Aquí Javier dudó un momento si decir la verdad, porque no sabía cómo se iban a tomar los policías que se lo hubiese ocultado. Y eso que aún no sabía que también lo habían matado. Finalmente, decidió que no podía arriesgarse a que lo pillasen en otra mentira.

—Precisamente ayer me envió un mensaje. Sin embargo, esta vez quería un gramo de fariña.

—¿Y qué hiciste? —Jacinto esperó la respuesta, temiendo que, en función de la misma, no pudiese controlarse y acabase rompiéndole la cara al camello.

—No le contesté y lo bloqueé. Bastantes líos tengo ya.

—¿Seguro? —Jacinto insistió.

—Segurísimo. Os puedo enseñar mi móvil, si queréis.

—De acuerdo. Ahora lo vemos. ¿A qué hora te lo mandó?

—Serían las ocho de la tarde.

—¿Y dónde estabas tú en ese momento?

—Aquí, en casa. Ayer estaba de resaca y no salí en todo el día. Bueno, excepto para sacar a Beke. Un rato por la mañana, cuando llegué de marcha, y otro por la noche.

—¿Estuviste solo todo el tiempo?

—Sí. Bueno, con Beke .

—Una cosa más —esta vez fue Quijada el que preguntó—. ¿En alguna ocasión fue con ellos una chica?

—No, qué va. Aunque las últimas veces sí que vino otro amigo de ellos. Me parece que se llamaba Alfredo.