XXII
Esta vez el cuerpo no apareció en la Torre de Hércules, sino en el Millenium, un monumento construido a finales del siglo pasado para celebrar el comienzo del nuevo milenio y como un intento de actualización del viejo faro romano.
De alguna manera, el Millenium es a la Torre de Hércules lo que el Arco de la Défense es al Arco del Triunfo de París.
La configuración de la escena era muy similar a la del primer crimen, excepto en que esta vez, en lugar de en la entrepierna, el pene y los testículos, arrancados previamente, se los habían colocado en la boca .
—Joder —el lamento de Jacinto transmitía una mezcla de enfado, hartazgo, derrota y frustración—. ¿Se sabe quién es el niño?
A Quijada le extrañó la pregunta porque su compañero era un gran fisonomista.
—¿No lo has reconocido?
Hasta ese momento, para no añadir a su repleto zurrón más imágenes desagradables, Jacinto había evitado fijarse en la cara de la víctima. En cuanto lo hizo, a pesar de estar muy deformada por los golpes, identificó a Luciano.
—Menudo imbécil. Mira a dónde lo ha llevado su chulería y su necesidad de hacerse el machito. Si nos hubiese contado todo lo que sabía, posiblemente ahora no estaría aquí. Mierda.
El aparente reproche del policía, en realidad, escondía un inmenso sentimiento de culpa por no haberlo podido evitar.
Además, Jacinto era consciente del gran salto cualitativo que acababa de dar el caso.
El primer crimen, a pesar de toda su crueldad y barbaridad, hasta ese momento podía considerarse un crimen más o menos anecdótico.
Terrible, mediático, inhumano, pero único y, por lo tanto, anecdótico.
Sin embargo, ahora, todo iba a multiplicarse por mil. Sobre todo, su frustración.
—¿Los de la científica? —preguntó Jacinto .
—En camino. Llegarán en breve, pero no creo que puedan aportar mucho. Concretar la hora de la muerte. El resto ya nos lo suponemos.
—¿Quién lo encontró?
—Un jubilado en su paseo diario. El cuerpo tiene pinta de llevar varias horas aquí; sin embargo, por esta zona no suele pasar nadie por la noche. En coche, sí, pero, tal y como está, no se ve desde la carretera. En realidad, ya ves que hay que acercarse al estanque para verlo.
—¿Dónde está? El jubilado, quiero decir.
—En el momento en el que llamó le dio una taquicardia y se lo ha llevado una ambulancia. En cuanto se recupere, podremos hablar con él.
—¿Y los que viven ahí? —dijo Jacinto señalando a las casas situadas enfrente del monumento—. En ese de la derecha que parece una cárcel hay un montón de viviendas. Malo será que alguien no haya visto algo.
—Souto y Lamas están interrogando a los vecinos. Nos avisarán si descubren algo. De todas formas, si quieres, podemos hacerlo nosotros.
Jacinto dirigió su mirada hacia el otro extremo de la bahía, donde se alzaba la Torre de Hércules, testigo directa de todo lo que pasaba en la ciudad desde hacía más de dos mil años. Lástima que fuese una testigo tan discreta y callada.
—Con este segundo asesinato, lo que está claro es que el asesino es del entorno de estos chicos.
Tenemos que volver a interrogarlos. Y esta vez, en serio.
Pediremos los permisos que hagan falta, pero no los soltaremos hasta que nos cuenten todo lo que saben.
Mi hijo, incluido —en ese momento Jacinto se quedó pálido y sintió un gélido escalofrío recorriendo todo su cuerpo.
Hasta entonces no se había dado cuenta de que podía haber sido Alfredo el que estuviese flotando en el Millenium—. Tengo que llamar a Inma.
Después de hablar con su ex, la cara del policía recuperó su color habitual.
—Lo ha dejado esta mañana en clase. A la salida también irá a recogerlo. Joder, Quijada, esto es una puta locura. ¿Quién ha podido hacer esta salvajada?
—Y dos veces.
—Dos veces, sí. Doble hijo de puta. Y lo peor es que no tenemos ni una mínima pista de la que tirar.
—Como has dicho, tenemos que volver a hablar con los niños.
—Sí. Volvamos a la comisaría. A ver si Vázquez nos consigue los permisos. Aquí ya no podemos hacer nada .
El camino a la comisaría lo hicieron en completo silencio.
Ninguno de los dos policías se atrevió a decir nada.
Al llegar, inmediatamente se dirigieron al despacho de su jefe, que los estaba esperando con gesto cansado.
Parecía que su aparentemente inagotable energía se había esfumado como el aire de una rueda pinchada.
Desde luego, no era la imagen que se esperaban los dos policías.
Lo normal es que los hubiese recibido con gritos, broncas y puñetazos en la mesa por su ineptitud.
—Esto me supera. No sé si voy a poder con ello.
—¿Lo están presionando mucho? —preguntó Quijada.
—Sí, por supuesto, pero no es por eso. Estos hombros están preparados para soportar presiones —lo dijo mientras golpeaba con fuerza el izquierdo con su mano derecha, recuperando, por un momento, su antiguo vigor—.
Es la tristeza por nuestra incapacidad. Es evidente que no lo estamos haciendo bien.
Desde hoy mismo voy a doblar la vigilancia en las calles.
No vamos a parar hasta detener al asesino, así tengamos que trabajar 24 horas al día.
Jacinto y Quijada se miraron mostrando su aprobación.
—La verdad es que no hemos avanzado demasiado —aceptó el inspector—.
Pero, y esto no quiero que suene a excusa, tampoco hemos recibido mucha ayuda por parte de los amigos de Gabriel.
Y si algo nos confirma este segundo asesinato es que ellos son la clave.
Son los únicos que pueden darnos algo de información útil.
—¿Y cómo queréis que os ayuden si no habéis solicitado interrogarlos?
—Bueno, lo cierto —Quijada intervino para tratar de compartir la responsabilidad con su compañero— es que les hicimos unas preguntas de forma informal en una merienda que organizó la mujer de Fidalgo, y no colaboraron demasiado.
—Pum —el puñetazo en la mesa fue el más fuerte de los que habían presenciado hasta entonces—. Me cago en el as de bastos. ¿Qué es eso de que les habéis hecho unas preguntas informales? ¿A unos niños de catorce años?
—Lo hicimos así para ganar tiempo porque ya sabe que los trámites…
—No me jodas, Jacinto —Vázquez no le dejó terminar la frase—. Qué trámites ni qué trámites. En un caso de estas características los trámites vuelan. Joder, que han matado a un niño. Bueno, ahora, por nuestra incompetencia, a dos.
El comisario, que notaba que su corazón estaba a punto de reventar, intentó tranquilizarse. Se dejó caer en su silla y respiró profundamente un par de veces.
—Venga, fuera de mi vista, que me ponéis enfermo. Ya os avisaré cuando tenga los permisos para que podáis interrogar a los chicos como Dios manda. Y mientras tanto, investigad algo, que es vuestro trabajo. A ver qué os cuentan los de la científica.
Tal y como había supuesto Quijada, sus compañeros de la científica no le dieron mucha más información de la que ya tenían o suponían.
El modus operandi era prácticamente igual al del primer crimen.
Dormido con láudano y orfidal, muerte por estrangulamiento cerca de las doce y ensañamiento posterior a la muerte.
La única variación es que esta vez la penetración con el consolador se había realizado en la boca y en la garganta.
No había huellas, y lo más probable es que tampoco hubiese restos de ADN.
El asesino era muy minucioso y había cuidado todos los detalles.
Como un artista realizando una obra maestra.
—¿Qué hacemos ahora? ¿Quieres ir a ver a tu hijo?
—Después. Cuando hablé con Inma me dijo que no fuese hasta la tarde. Vamos a hablar con el camellito que descubrió el primer cadáver.
—¿Crees que podrá aportar algo?
—No lo sé, pero hasta que podamos volver a hablar con los críos, es lo único que tenemos. Además, no me niegues que te reconforta tocarle los cojones a ese esnob hijo de puta. Por lo menos nos contará qué droga les pasaba a los chavales.
No tardaron más de veinte minutos en llegar a la casa de Javier Blanco y consiguieron aparcar muy cerca del portal, a unos quince metros. Lamentablemente, después de llamar insistentemente al telefonillo, descubrieron que no estaba en casa.
—Podemos llamarlo al móvil, que nos lo dio la última vez —recordó Quijada.
—No, prefiero pillarlo por sorpresa. Volvamos al coche, lo esperaremos allí.
Una vez dentro del vehículo, Quijada encendió la radio para tratar de hacer la guardia más llevadera.
Sin embargo, en la emisora seleccionada no hacían más que poner canciones prácticamente iguales, caracterizadas por una percusión sincopada, bajos prominentes y un excesivo uso del sampler y del auto-tune.
—Puto reguetón. Estoy harto de tanto chingar, tanta popola y tanto chupi chupi —se quejó Jacinto.
—No hace falta que te tortures más. Por ahí viene Javier.
—A por él. Vamos a agarrarlo por la bichota.