Atlántico Oscuro XXI
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XXI

Huevos escalfados de gallinas de Mos, tiras crujientes de panceta de Soria y zumo recién exprimido de naranjas de Valencia, mientras observaba el relajante balanceo de los barcos moviéndose al suave vaivén de las aguas del puerto, espejo azulado de los primeros rayos solares del día.

Podría acostumbrarme muy fácilmente a esta vida, pensó Jacinto.

—Buenos días —Nenuca entró en el salón con una humeante cafetera italiana—. ¿Cómo lo quieres?

—Solo, por favor.

—¿Qué tal has dormido?

—Muy bien. La verdad es que hacía tiempo que no dormía tanto. Ni me he enterado de cuándo te has levantado.

—Es que soy muy sigilosa —después de servirle el café, Nenuca le dio un beso en la boca que pilló a Jacinto por sorpresa.

La noche anterior no esperaba quedarse a dormir, por lo que no se había planteado cómo sería la mañana siguiente.

Tampoco había pensado en su nueva relación con Nenuca, ni en las expectativas de la marquesa.

¿Sólo había sido un polvo? ¿Iba a querer repetirlo en el futuro? ¿Buscaba una relación seria?

—Tranquilo —Nenuca notó enseguida el desconcierto de su recién estrenado amante—. Ha sido un simple beso de buenos días. No voy a pedirte que te cases conmigo.

—Perdona, es que no me lo esperaba. Lo de anoche me pilló tan de improviso que no pensé en cómo sería el día después y estoy un poco confuso, pero siempre es agradable recibir un beso tuyo —dijo antes de levantarse y volver a besarla—. ¿Tú te lo habías planteado?

Nenuca se dejó caer en la silla y sus ojos se apagaron, tratando de enfocar un infinito dolorosamente cercano.

—Cuando entierras a tu único hijo, no vuelves a hacer planes, el futuro se acaba.

Todo es presente y, sobre todo, pasado. Los recuerdos se convierten en tu día a día —con mucha dificultad consiguió contener las lágrimas que se esforzaban por salir—.

No sé muy bien por qué lo hice. Como te dije ayer, creo que lo necesitaba.

La verdad es que me vino muy bien. No me arrepiento. Te estoy muy agradecida.

Jacinto se sorprendió a sí mismo cogiéndole las manos a Nenuca. Exceptuando a Inma en alguna ocasión, no había sido tan tierno con ninguna otra mujer .

—A mí también me ha venido muy bien. Ahora tengo que irme pitando a la comisaría. De hecho, ya llego tarde, pero me gustaría volver a verte.

Los ojos de Nenuca abandonaron el infinito y se dirigieron a los de Jacinto. Una pequeña sonrisa, de esperanza, de satisfacción y también de dudas, apareció en su cara.

—Es complicado.

—Sí que lo es. Muy complicado. No tienes que decir nada ahora. Ya lo pensarás, si te apetece. O ya lo olvidarás, si prefieres olvidarlo. Simplemente quiero que sepas que yo estoy dispuesto para lo que necesites.

Nenuca no respondió. Fue en busca de la chaqueta de Jacinto, que el día anterior había guardado en el armario de la entrada, y le ayudó a ponérsela a su legítimo dueño, que se dejó hacer, solícito.

—Venga, que llegar tarde es una muy mala costumbre, por muy española que sea. Ya hablaremos.

La comisaría estaba a un kilómetro de la casa de Nenuca, por lo que Jacinto decidió ir andando. Tardó menos de diez minutos en llegar. Esperándolo, sentada frente a su mesa, estaba Águeda Vicuña .

—Buenos días, no sabía que quería verme. ¿Lleva mucho tiempo esperando? Miguelito, ¿por qué no me has llamado para avisarme?

—No se preocupe. Su compañero se ofreció a hacerlo, pero preferí no molestarlo. Siendo más de las nueve, no podía tardar mucho. Aunque, según tengo entendido, usted no es mucho de horarios.

Jacinto nunca había trabajado con la fiscal, por lo que no sabía de dónde podía haber sacado esa información. Tampoco le importaba mucho. La comisaría estaba llena de hijos de puta. Es posible que hubiese sido el propio Fidalgo.

—No haga caso a todo lo que oiga por ahí de mí. La mayor parte de las veces es mentira.

Con paso lento, se dirigió hacia la mesa y se puso cómodo en su silla. Abrió un cajón e hizo como que buscaba algo en él. Después abrió otro, y otro…

—¿Es muy importante lo que está buscando? —Águeda interrumpió la búsqueda con tono impaciente.

—Sí. Depende para quién, claro. Bueno, ya lo encontraré. ¿En qué puedo ayudarla?

—Me gustaría hablar con usted un momento. En un sitio más discreto, si puede ser .

—Por supuesto. Acompáñeme, por favor. A ver si encontramos alguna sala libre. Es que desde que nos han quitado los despachos… Parece ser que así se mejora la productividad. Se ve que no han cuantificado el tiempo que se pierde en ir y venir desde las mesas hasta aquí.

Al llegar a la sala, Jacinto le cedió el paso a la fiscal, pero esta lo rechazó, por lo que el policía fue el primero en entrar. Sin embargo, a continuación pudo tomarse una silenciosa revancha y refrendar su herida galantería, sentándose después de ella.

—Vengo de forma informal porque no es de mi jurisdicción, pero, como puede suponer, es un asunto que me preocupa mucho.

Águeda Vicuña tenía una cara celestial. Líneas suaves y armoniosas, tez blanca, ojos azules, claros, casi transparentes, pómulos ligeramente colorados, nariz y boca pequeñas, y melena lisa y dorada.

Una modelo perfecta de las vírgenes de Murillo.

Sin embargo, Jacinto sabía que, a pesar de esa apariencia etérea, el reino de la fiscal sí era de este mundo.

De carácter fuerte y férrea voluntad, era intransigente con los criminales.

Pobres de aquellos a los que les tocaba en suerte.

Hecha de algodón, de seda, de hierro puro, como decía la canción.

—Me gustaría saber cómo llevan la investigación y si puedo ayudarlos en algo. Hay que hacer todo lo posible para detener a ese monstruo .

—Le agradezco su interés y su ofrecimiento, pero sabe que el caso está bajo secreto de sumario, por lo que no puedo contarle nada. De todas formas, por el momento no ha habido muchos avances.

Al sentirse rechazada en su petición, algo a lo que no estaba acostumbrada, la dulzura que emanaba de la cara de la fiscal se esfumó completamente, dando lugar a una expresión de agresividad que llegó a intimidar a Jacinto.

Menuda aceleración, esta mujer pasa de la seda al hierro en décimas de segundo —pensó el policía.

—Tengo entendido que en estos momentos su padre es el principal sospechoso.

Por lo visto, la agresividad, además de gestual, también iba a ser verbal.

—Yo no diría tanto. Puesto que ya lo sabe, puedo confirmarle que está detenido. No obstante, no creemos que haya sido él. Probablemente lo soltaremos en breve.

—¿Lo creen, o lo quieren creer porque es su padre?

Jacinto casi se echa a reír.

—Prefiero no entrar en detalles, pero le aseguro que, si por mí fuese, metía a mi padre en una celda y no lo sacaba de allí hasta el día del juicio final. Juicio en el que, sin duda, sería declarado culpable de infinidad de crímenes, pero no del asesinato de Gabriel.

Un poco avergonzada por la metedura de pata, la cara de Águeda recobró su dulzura natural.

—Ah, entiendo. No lo sabía, lo siento.

—No se preocupe, pasa en las mejores familias.

—Claro que sí —sonrió la fiscal, e iluminó la sala con su brillante sonrisa—. Brañas, es usted una persona muy interesante. De verdad que lo es. Aunque ya sé que no puede decirme nada del caso, la próxima vez que quedemos para comentarlo, lo haremos tomando unas cañas. Si le parece bien.

Esta vez fue Jacinto el que sonrió.

—Para no hablar del caso podemos quedar cuando usted quiera, y donde usted quiera. Si no necesita nada más de mí, la acompaño a la salida.

—No hace falta, gracias. Sé el camino.

Al salir la fiscal, Jacinto se quedó unos minutos en la sala, reflexionando sobre lo que acababa de suceder.

¿Águeda Vicuña lo había invitado a tomar unas cañas?

Si, como parecía, era así, no se podía negar que estaba en racha.

Primero Nenuca, y ahora Águeda. Es cierto que la Vicuña únicamente le había ofrecido tomar una cerveza, pero por algo se empieza.

Bueno, y antes de estas, había estado Inma.

Menudo trío. Estas tres mujeres, cada una de ellas en su estilo y en su franja de edad, posiblemente fuesen las mujeres más guapas de Coruña.

Desde luego, para Jacinto eran las más atractivas.

Y de las tres, había estado con dos, y con la tercera tenía una oportunidad.

Porque nadie sabe cómo puede acabar una noche cuando un hombre y una mujer la empiezan con una inocente cerveza.

Sobre todo cuando el hombre es Jacinto Brañas y la mujer es una preciosidad.

—Chinto.

El grito de Quijada sacó a Jacinto de su fantasioso letargo.

—Joder, Miguelito. ¿Qué pasa? No ves que estaba pensando en cosas importantes.

La estupefacción y la tristeza en la cara de su compañero le hicieron ver que no lo molestaba por una tontería.

—Lo ha vuelto a hacer. Ha matado a otro niño.