XX
A primera hora de la mañana, Jacinto llamó a Nenuca solicitándole una cita.
Quería explicarle personalmente lo de su padre para evitar que se enterase por otra persona.
La marquesa lo convocó a las siete de la tarde en su casa del Parrote.
Esta vez no le abrió la puerta la criada de la cofia blanca, sino que lo hizo la propia Nenuca, que justificó la ausencia del servicio por una indisposición estomacal de la chica.
—Espero que no sea contagioso —apuntó Jacinto.
—Lo sabremos en unos días. De todas formas, si prefiere venir en otro momento, por si acaso.
—Claro que no —rio Jacinto—. No vamos a asustarnos ahora por un pequeño virus.
Nenuca estaba especialmente guapa. Vestía una camisa blanca, falda de tubo oscura y zapatos negros con tacón alto.
El pelo lo llevaba atado en una coleta, muy similar al peinado de Inma del día anterior.
Con un maletín podría haberse hecho pasar por una alta ejecutiva de una gran empresa.
Puede que lo sea, pensó Jacinto —La verdad es que no sé a qué se dedica, aunque, si trabaja, lo hará por vicio, porque estoy seguro de que puede vivir de rentas .
—Yo también acabo de llegar. Vengo del abogado.
No hizo falta que Jacinto le preguntase el motivo de la visita al letrado.
—Voy a divorciarme de mi marido. No lo hice antes por Gabriel, pero ahora no tiene sentido que sigamos juntos.
Jacinto no supo muy bien qué contestar, así que sólo dijo:
—Lo siento.
—No lo sienta, es lo mejor.
—Seguro. No lo digo por el divorcio en sí, lo que siento es que la relación no haya funcionado.
A Nenuca le sorprendió y le hizo gracia la respuesta.
—Al final va a ser usted un romántico. No hay que lamentarse, funcionó durante el tiempo suficiente.
No me quejo. Ahora es el momento de que termine.
Bueno, de certificar su final, porque ya había terminado hacía años.
De todas formas, supongo que no habrá venido a hablar de mi situación sentimental. ¿Por qué quería verme?
Jacinto se puso un poco nervioso porque no sabía muy bien cómo empezar. Nenuca notó ese nerviosismo y trató de tranquilizarlo.
—Si le parece, podemos sentarnos ahí —señaló un par de butacas situadas en la galería con vistas al puerto .
Después de ponerse cómodo, Jacinto la informó de la detención de su padre como sospechoso, añadiendo que era imposible que él hubiese sido el asesino.
No le contó, en cambio, lo de la muerte de su madre, aunque sí le dijo que no tenía relación con su padre desde hacía muchos años porque era un hijo de puta.
Pero no era el hijo de puta que había matado a su hijo. De eso, estaba seguro.
Nenuca no podía creérselo. Si el asunto ya era morbosamente atractivo para los medios, cuando se supiese que el principal sospechoso era el padre del inspector encargado del caso, iba a ser una locura. No se veía con fuerzas para poder soportarlo.
—Dios mío. La que nos espera. ¿Y qué ha dicho el juez? —una vez comenzados los trámites del divorcio, no quería volver a llamarlo su marido.
—No sé si ya lo sabe. Yo aún no se lo he contado.
—¿Y eso?
—Prefería hablarlo antes con usted. Me cae mejor y me gusta más.
La cara de estupefacción de Nenuca hizo que Jacinto se arrepintiese inmediatamente de sus palabras.
Cómo se le había ocurrido decir que la marquesa le gustaba.
Cómo era capaz de ponerse a flirtear en una situación como esa.
Sin embargo, poco a poco la estupefacción fue dejando paso al agradecimiento, y después, a la curiosidad .
—¿Y qué es lo que le gusta de mí, exactamente?
Jacinto dudó si atravesar la puerta que había entreabierto Nenuca, dando una respuesta detallada a su pregunta, o si cerrarla completamente, dándole una larga cambiada, indicando que, simplemente, le parecía más agradable que su marido.
La duda duró sólo un par de segundos, el tiempo necesario para tragar un poco de saliva.
—De usted me gusta todo. Su belleza, su inteligencia, su humor… Pero lo que más me fascina es lo cercana que se muestra con los demás para que se sientan cómodos, cuando, en realidad, usted es inalcanzable.
A cualquier señora, esta declaración la habría, como poco, desconcertado. En el caso de Nenuca no fue así.
—Las mujeres como yo somos más alcanzables de lo que parece.
Después de decir eso, se retiró de la galería y comenzó a desabrocharse muy despacio los botones de su camisa. Cuando llegó al segundo, Jacinto estaba tan excitado que pensaba que le iban a fallar las piernas y no podría levantarse de la silla.
Había estado con muchas mujeres, pero nunca con una marquesa, por lo que en un primer momento se sintió un poco intimidado por no estar seguro de cómo tratarla.
Sin embargo, una vez que Nenuca se desnudó completamente, con la ropa también se fueron los títulos nobiliarios.
Ya no había marquesa, ni grande de España.
Frente a él tan sólo se encontraba una mujer, en el sentido más biológico de la palabra.
Es curioso cómo nos iguala a todos la desnudez, reflexionó, aunque, al fin y al cabo, no somos más que animales con un raciocinio un poco más desarrollado que el resto de las especies.
Inicialmente, Jacinto pensó que lo que buscaba Nenuca era que la empotrasen, por lo que la agarró con fuerza para besarla.
Pero al mirar sus ojos entendió que esos ojos no pedían sexo, tan sólo estaban rogando un poco de cariño.
Inmediatamente, sustituyó la brusquedad por la suavidad, y la dureza por la ternura.
En realidad, en este momento de su vida, él también necesitaba lo mismo.
Era la primera vez que Jacinto se acostaba en una cama con sábanas de seda, y la experiencia le resultó de lo más agradable.
A pesar de esto, finalizado el acto, pensó que lo más conveniente era marcharse enseguida, no fuese a volver Fidalgo.
Qué iba a hacer él, desnudo en el armario de un tipo que va armado con… un mazo.
—No te vayas —le pidió Nenuca.
—¿Y si vuelve tu marido?
—Ya no lo es. Al salir del abogado, lo llamé y le dije que no volviese a pasar por esta casa hasta que lo avisase.
De todas formas, si nos viese, ¿qué iba a decirme?
No hagas lo que yo. Si lleva más de un año liado con esa fiscal tan guapa.
Eso, en cierto modo, me consuela, que no me haya engañado con una más fea… Supongo que la conoces.
Jacinto asintió sin darle importancia.
—¿Y no te parece que es guapísima?
—Sí, no está mal —contestó, evitando destacar la belleza de la amante de Fidalgo.
—No está mal, dices, si hasta a mí me entran ganas de liarme con ella. Qué preciosidad. Pero eso no lo excusa, teníamos un contrato, y lo ha incumplido. Así que, donde las dan, las toman.
—¿Por eso lo has hecho? ¿Por venganza?
—No, no creo que haya sido por venganza —dudó un instante—. Bueno, un poco, quizá sí. No lo sé —Nenuca se quedó unos segundos pensando—. Lo he hecho porque lo necesitaba. ¿Y tú? ¿Cuál es tu motivo?
—Ya te dije que me gustabas. Y me hiciste una proposición muy difícil de rechazar.
—Es muy halagador que con la edad que tengo te refieras así a mi cuerpo desnudo. Muchas gracias. ¿Sabes que, precisamente hoy, es mi cumpleaños?
—¿En serio? Felicidades. No, no lo sabía .
—Claro, cómo ibas a saberlo. Aunque tienes curiosidad, sé que no me lo vas a preguntar, así que ya te lo digo yo. Cumplo cincuenta. Justo medio siglo.
—Enhorabuena, ya has vivido más que la mayoría de la humanidad. Pues estás espectacular. La edad es sólo un número.
—Puede, pero es el número más importante.
—En cualquier caso, el tuyo es un número muy redondo, tendrías que celebrarlo.
—Ya lo estoy haciendo.
—Ahora el halagado soy yo. ¿Soy tu regalo de cumpleaños?
—Sí. Por eso vas a tener que quedarte hasta mañana.