Atlántico Oscuro XIX
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XIX

La revisión de la rama paterna del árbol genealógico de los Brañas-Belmonte no le sentó demasiado bien a Alfredo, al que le iba a costar asimilar tener un abuelo asesino.

Inma, pensando en el bienestar de su hijo, y en un alarde de generosidad hacia su exnovio, lo invitó a quedarse a cenar.

Por este motivo, Jacinto no pudo ver a Quijada hasta pasadas las doce de la noche.

Esta vez se citaron en La Cloaca porque Jacinto prefirió no arriesgarse a padecer de nuevo la tentación de Celeste y compañía.

Cenar primero con Inma, y acostarse después con Celeste, habría sido demasiado.

Si no quería que la cena con su ex se convirtiese en La Última Cena, no podía permitirse algo así.

Por muy Judas que él fuese y por muy cristiana que fuese Inmaculada.

Era lunes, así que en el bar no había demasiada gente. Únicamente estaban ocupadas un par de mesas de la entrada y tres taburetes de la barra. Jacinto se dirigió a una de las discretas mesas, poco iluminadas del fondo, en la que lo aguardaba Quijada.

—Siento el retraso.

—No te preocupes. Los que somos puntuales en un país en el que la puntualidad no es, precisamente, una virtud, estamos acostumbrados a esperar .

Jacinto sabía que no era una queja específica para él, sino un amargo lamento sobre toda España.

—Bueno, cuéntame, ¿qué ha pasado con el viejo?

Era la primera vez que Jacinto se refería a su padre como un viejo porque no había vuelto a verlo desde que era un cabronazo de veintitantos.

La metamorfosis degenerativa de su progenitor, que había tenido lugar lentamente, día a día, a lo largo de casi cuarenta años, en su mente había durado tan sólo un instante.

—Pues nada… —Quijada tuvo que detenerse porque se acercó el camarero.

—¡Cuánta gente buena! Hacía tiempo que no os veía por aquí. ¿Qué tal vais?

—Tirando, Julián, tirando, que no es poco.

Julián Moure era el camarero más antiguo de La Cloaca, donde llevaba trabajando más de treinta años. Era amable, servicial y bastante profesional, pero a Jacinto no le caía bien porque le parecía que hablaba demasiado.

—Qué desgracia lo del niño de Fidalgo. ¿Hay alguna novedad? He oído que sois vosotros los que estáis con el caso.

—Sabes que no podemos hablar de eso —le recordó Quijada .

—Sí, sí, claro, perdonad —respondió el camarero, recogiendo velas—. Es que ha sido tan horrible. Aquí no se habla de otra cosa. La gente está muy nerviosa, incluso asustada.

Ninguno de los dos policías respondió al comentario, por lo que el camarero entendió que lo mejor era centrarse en la comanda.

—Bueno, ¿qué os pongo? ¿Lo de siempre? ¿Un agua con gas y un Lepanto?

—Para mí, sí. Gracias —aceptó Quijada.

—Para mí, también.

—¿Vas a volver a beber? —le preguntó su compañero una vez que el camarero se había alejado.

—No voy a parar hasta que esto acabe.

Después de beber un primer sorbo de agua, Quijada comenzó a contarle cómo había ido lo de su padre.

El comisario, excusándose en lo delicado del caso y en lo perjudiciales que podrían ser determinadas filtraciones a la prensa, ordenó al resto de policías que se retirasen, por lo que con el sospechoso únicamente se quedaron él y el propio Quijada.

Jacinto agradeció el detalle porque sabía que lo había hecho para protegerlo.

En realidad, no les había contado gran cosa.

El interrogatorio no fue sencillo porque a la poca disposición del detenido, se unió que, al llevar varias horas sin consumir alcohol, empezaba a manifestar los primeros síntomas del síndrome de abstinencia: nerviosismo, ansiedad, temblores.

El comisario casi manda a Quijada al súper a comprarle un cartón de vino para que cooperase.

Finalmente, después de muchas vueltas y muchas idas y venidas, consiguieron sacarle que tenía un cáncer terminal y que había venido a Coruña porque había descubierto que tenía un nieto y quería conocerlo antes de morir.

—Manda cojones. Ahora quiere limpiar su conciencia con una última visita de despedida a su prole. Lo que no hizo como marido ni como padre, quiere hacerlo ahora como abuelo. ¿Y cómo se ha enterado?

—No nos lo dijo. Y eso que se lo pregunté directamente.

—En algún programilla de estos de sucesos habrá visto que yo soy el inspector del caso y que también tengo un hijo de la edad del asesinado. Qué asco de televisión.

—A saber. Nos dijo que por eso estaba rondando a los niños que iban a entrenar. Quería encontrar a su nieto.

—La madre que lo parió. Tengo que matarlo antes de que lo vea. Lo que le faltaba a Alfredo.

—No hace falta que lo mates. Se está muriendo él solito. Además, va a quedarse unos días detenido.

—¿Y eso? No pensaréis que ha sido él .

—Qué va. Imposible. Si casi no se tiene de pie.

—¿Entonces?

—El comisario piensa que es mejor tenerlo controlado. No vaya a hacer alguna tontería.

—¿No lo vaya a hacer él, o no la vaya a hacer yo? ¿Le has contado algo?

—No ha hecho falta. Te conoce muy bien y sabe de lo que eres capaz. De lo bueno, y de lo malo.

Jacinto le hizo un gesto a Julián para que le trajese otro Lepanto.

Desde la barra, el camarero señaló a Quijada para saber si él también quería algo más, pero este negó con la cabeza.

Con un agua con gas era suficiente. En menos de un minuto, el trabajador con más solera de La Cloaca se plantó frente a ellos con la botella de brandy sobre una bandeja.

Escaldado de su encuentro anterior, esta vez sirvió el licor sin hacer ningún comentario.

Así tendría que ser siempre, pensó Jacinto.

Si no fuese tan lareta, sería el camarero perfecto.

—¿Sabes que me hice policía por su culpa?

—¿Por tu padre?

—Sí, era la forma más fácil de poder encontrarlo y matarlo .

Quijada prefirió obviar lo del asesinato, y centró su respuesta en las vocaciones adquiridas por influencias paternas.

—Yo también me hice militar por mi padre, que fue capitán del Ejército de Tierra.

—Es cierto, tú antes eras soldado. Nunca me has contado por qué lo dejaste.

—No me gusta hablar de eso.

Jacinto estaba a punto de terminarse el segundo Lepanto, y no quería irse a casa, así que insistió en conocer la batallita de su compañero.

—Acababan de nombrarme capitán y a mi compañía la enviaron a una misión de paz de la ONU como cascos azules.

—¿En qué guerra?

—Qué más da. Son todas iguales.

Antes de continuar, Quijada inspiró la máxima cantidad de aire que pudo. Le costaba hablar, parecía como si le doliese, como si las palabras, en su recorrido desde el pecho hasta los labios, lo rascasen por dentro.

—Sabíamos que iba a haber un ataque, y una hora antes, el coronel al mando del batallón del que formaba parte mi compañía, ordenó la retirada de nuestra posición en la carretera principal de acceso a la ciudad.

Hubo miles de muertos, niños incluidos. Fue una auténtica masacre.

Y nosotros no hicimos nada para impedirlo.

Jacinto intentó consolar a su compañero.

—Lo que hizo el coronel es comprensible. Prefirió manteneros con vida. No era vuestra guerra.

—Nosotros sabíamos que estábamos allí para proteger a la población civil.

Era nuestra obligación y no lo hicimos. Si nos hubiésemos mantenido en nuestros puestos, habríamos tenido bajas, es cierto, pero se habría evitado la carnicería.

A una guerra no se va a salvar vidas de soldados.

Si quieres que no mueran soldados, no entres en la guerra, pero si vas, las vidas que tienes que salvar son las de los civiles. Sobre todo si vas como casco azul.

—Pues ¿qué quieres que te diga? Yo le agradezco al coronel su decisión, porque de no ser por él, es posible que ahora no estuvieses vivo.

—Hay gente que mejora el mundo y gente que lo empeora.

Yo intento ser de los que lo mejoran. Lo importante no es el tiempo que se vive, sino cómo se vive ese tiempo —Quijada sintió la necesidad de ponerse profundo—.

La vida es un instante de conciencia en medio de la oscura eternidad.

Y yo quiero que mi instante sea un instante de honor. No quiero una vida sin honor .

—Miguelito, no te pases.

—Lo digo completamente en serio. No me importa que te lo tomes a broma. Sé que he sido educado para un mundo que ya no existe.

—¿Te refieres al franquismo? —preguntó Jacinto un tanto desconcertado.

—Por supuesto que no. Me refiero a la Ilíada.