XVIII #2
—No pasará mucho tiempo antes de que algún hijo de puta filtre a los medios que se ha detenido como sospechoso al padre de un policía. Sobre todo, teniendo en cuenta lo poco que me quieren mis compañeros en general. Mejor que se entere por nosotros.
—Si ni siquiera sabe que existe.
Al llegar de regreso al portal de su casa, Inma llamó al timbre y le pidió a Alfredo que bajase.
—¿No será mejor que subamos nosotros y se lo contemos en casa ?
Inma no era partidaria de volver a meter a Jacinto en su casa, aunque sólo fuese por unos minutos.
Pero su exnovio tenía razón. No sabían cómo iba a reaccionar el niño, por lo que era mejor que estuviese en un lugar en el que se sintiese seguro y protegido de las miradas de la gente. Volvió a llamar al timbre.
—Espera, cariño, ya subimos nosotros.
Cuando entraron en el piso, Alfredo les estaba esperando con la cabeza agachada, avergonzado por no haberles contado toda la verdad. Jacinto fue hacia él, y le puso la mano en la barbilla para elevarle la cabeza. Cuando los ojos de padre e hijo se encontraron, le dijo:
—Nunca bajes la cabeza por algo que hayas hecho. Si en su momento lo hiciste es porque creías que era lo mejor, por el motivo que fuese. Asúmelo, asume tus actos. Si ahora piensas que te has equivocado, no pasa nada, todos lo hacemos. Pero no te avergüences. Mantén siempre la cabeza alta.
Qué buen padre hubiese sido si hubiese querido —pensó Inma.
—Lo siento. No os lo conté porque no quería preocuparos.
—Preocuparse por los hijos es intrínseco a la condición de padres. No podemos evitarlo. Hagáis lo que hagáis, siempre nos vamos a preocupar. Y preferimos la preocupación al engaño.
—Ya imagino. Perdonad. De verdad que lo siento .
—No pasa nada. ¿Desde cuándo sois amigos?
—En realidad, nuestra amistad es bastante reciente.
De cuatro meses, más o menos. Pero, como te conté el otro día, después empezaron a beber y a fumar —como Inma estaba presente, en esta ocasión omitió lo del sexo— así que ya no quedaba tanto con ellos.
Sin embargo, Gabriel seguía apreciándome y me llamaba un montón de veces.
Parecía que tenía interés en que siguiésemos siendo amigos. No sé por qué.
—Pues por qué va a ser. Porque sabía que eres muy buen niño y muy buen amigo. Y los buenos amigos son un tesoro que hay que cuidar y proteger —Inma se acercó a su hijo y lo abrazó con todas sus fuerzas.
A Jacinto le entraron ganas de unirse al abrazo, pero se contuvo porque sabía que Inma lo habría apartado con un codazo.
—Y lo que me contaste de la novia, ¿es cierto? —puesto que no podía abrazarlos, Jacinto pensó que lo mejor era seguir con las preguntas.
—¿A qué te refieres?
—A que no la conocías.
—Sí, es cierto. Ni siquiera me enseñó una foto.
Luciano creo que sí llegó a verla porque lo siguió una vez sin que se diese cuenta.
Pero Gabriel se enfadó tanto que estuvo sin hablarle varias semanas.
Al final lo perdonó porque Luciano le juró que no lo iba a volver a hacer y que no iba a hablarle a nadie de ella.
—¿Y lo cumplió?
—Supongo que sí. A mí, por lo menos, no me contó nada. Luciano tiene sus cosas, pero para él la amistad es lo primero. Si te considera su amigo, te puedes fiar de él. No te va a fallar.
Vaya con Luciano, pensó Jacinto. No va a ser tan malo como quiere aparentar.
—¿Por qué Gabriel nunca os la presentó? ¿Tan fea era?
—Chinto —le recriminó Inma.
Jacinto hizo la broma para quitarle seriedad a la conversación y para que su hijo se sintiese más cómodo. Y en parte funcionó, porque Alfredo sonrió discretamente antes de contestar.
—No lo creo. Gabriel podía estar con la chica que quisiese. En el cole estaban todas locas por él. Ya te dije que era perfecto.
—Entonces debía de estar metida en alguna cosa rara… —pensó Jacinto en voz alta— pero ¿en qué cosa rara puede meterse una niña de catorce años?
—Creo que era algo mayor que nosotros.
—Aun así, seguiría siendo una niña. ¿Sabes si su novia salía con otro chico ?
—Ni idea. Sólo sé lo que te he contado.
Inma se dio cuenta de que su hijo estaba empezando a cansarse de las preguntas, y aún tenían que contarle lo de Pascual, así que lanzó una mirada a Jacinto pidiéndole que terminase. Su exnovio le respondió, también con la mirada, solicitándole una más.
—¿Conoces a Javier Blanco?
Al oír la pregunta, Alfredo estuvo a punto de volver a bajar la cabeza, pero recordó las palabras de su padre y consiguió mantenerla erguida.
—Sólo de oídas. Nunca lo he visto. Es al que le compraban la maría.
—María, ¿y algo más?
—No lo sé.
—No lo sabes. ¿Y de verdad que nunca quedaste con él?
—Chinto, ya te ha dicho que no —Inma decidió intervenir porque le parecía que el policía estaba empezando a presionar demasiado.
Y tenía razón. De hecho, Jacinto lo agradeció.
En el fragor del interrogatorio se había calentado y había perdido la noción de que el que estaba enfrente no era un delincuente, sino su hijo.
—Es cierto. Cuando me pongo a preguntar, a veces se me va un poco. Pero ya está. No hay más preguntas, señoría .
Desde el principio, la conversación a Alfredo no le resultó agradable porque en algunos momentos se sentía como un mal hijo y en otros como un chivato. Así que cuando vio que terminaba se sintió aliviado. El pobre no sabía que aún le quedaba otra charla incómoda.
—Alfredo, queríamos contarte una cosa —Inma decidió que de este asunto iba a ser ella la portavoz—. Tenemos que hablar de tu abuelo.