Atlántico Oscuro XVIII
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XVIII

No hacía frío. Tampoco calor. El sol parecía estar jugando al escondite, camuflándose unas veces entre las nubes, y mostrándose algunas otras (las menos).

Una suave brisa refrescaba los momentos en los que salía el sol, y enfriaba los que se ocultaba.

Jacinto, en mangas de camisa, y en su brazo dobladita con cuidado una chaqueta, parecía estar conforme con la temperatura.

Inma había accedido a volver a verlo, pero esta vez prefirió no hacerlo en su casa, así que habían quedado en la cafetería situada al lado de su portal.

Jacinto, que había llegado un cuarto de hora antes de la cita, y ya llevaba esperando diez minutos, sabía que le quedaba esperar otros cinco porque Inma siempre era exageradamente puntual.

Ni un segundo antes, ni un segundo después.

Y nunca llegaba apresurada. Parecía que la velocidad del paso del tiempo se sincronizaba con la frecuencia de sus zancadas.

—Hola, gracias por venir.

Inma vestía una camisa azul cielo y unos pantalones vaqueros de un azul más oscuro.

Colgado del hombro derecho llevaba un pequeño bolso de piel, a juego con unas sandalias sin tacón.

El pelo, recogido en una coleta alta, se mantenía firme y junto, inmune a los intentos del viento de despeinarla.

Estaba espléndida. La ruptura con Jacinto cada vez le sentaba mejor.

—No tienes que dármelas. Aunque lo hayamos dejado, podremos vernos siempre que quieras. Por lo que has sido para mí, y por lo que eres para mi hijo.

Algo es algo —pensó Jacinto—. Él quería mucho más, él quería lo de antes, pero bueno, al menos, sí iba a poder verla, que no era poco. Muchos hombres matarían por esa prebenda.

—¿Qué quieres tomar?

—Si no te importa, prefiero andar.

—Claro, como quieras. ¿A dónde vamos?

—Por el paseo.

El Paseo Marítimo de Coruña, que con más de trece kilómetros es el mayor de Europa, recorre la península herculina desde el barrio de Los Castros hasta Bens, antiguo vertedero reconvertido en parque.

Inma y Jacinto accedieron al mismo a la altura de la playa de Riazor, aproximadamente en la mitad de su recorrido total.

—¿Hacia el Millenium o hacia la Torre? —preguntó Inma.

—Hacia la Torre, siempre hacia la Torre —respondió Jacinto .

La antigua pareja caminó varios minutos en silencio.

Los intermitentes rayos de sol calentando su cara, la suave brisa refrescándola, el Océano Atlántico a su izquierda e Inma a su derecha, escuchando de fondo la hipnótica melodía de las olas muriendo en la playa.

Jacinto saboreaba cada paso que daba, consciente de que esta mágica sensación podía romperse en cualquier momento.

—¿Por qué querías verme?

En realidad, no necesitaba un pretexto adicional. Verla, querer estar con ella, era una razón más que suficiente. Pero no podía decirle eso. Además, en este caso, sí había otro motivo.

—Es por Alfredo. Me extrañó veros en la reunión de los amigos de Gabriel. Cuando hablé con él sobre esto, no me dijo que fuesen tan íntimos. Y tú tampoco me lo contaste.

A Inma le sentó muy mal el último comentario de Jacinto, que le sonó a reproche.

—No sé qué quieres insinuar con eso, pero no te lo permito.

—Perdona, perdona, lo dije sin querer —Jacinto intentó sofocar el fuego antes de que se volviese incontrolable—. No era una crítica, ni mucho menos. Era un simple comentario, sin ninguna doble intención .

Inma, casi siempre generosa en el perdón, aceptó las disculpas de su exnovio, e incluso se las tomó con un poco de humor.

—Tú nunca dices nada por decir, todos tus comentarios tienen una doble, una triple y una cuádruple intención, como poco. Pero bueno, no vamos a enfadarnos ahora por esa tontería.

Después hizo una reflexión para sí, que le salió en voz alta.

—La verdad es que lo he hecho tantas veces, que creo que he llegado al límite. Estoy tan cansada de enfadarme contigo, que no sé si voy a poder hacerlo una vez más. Por mucho empeño que pongas.

Jacinto, que no sabía qué responder a eso, hizo lo mejor que podía hacer, callarse.

—Si no te lo dije, es porque no lo sabía.

Evidentemente, estaba al tanto de que jugaban en el mismo equipo de fútbol.

Pero en ese equipo hay más de veinte niños.

No sospechaba que fuesen tan amigos. De hecho, me sorprendió mucho cuando Nenuca me llamó para contarme lo de la reunión en su casa. Bueno, más que reunión, emboscada.

Jacinto puso cara de no saber a qué se refería:

—Como a algún padre se le ocurra denunciarte por interrogar a sus hijos sin su permiso, se te va a caer el pelo .

Desde luego, a Inma no se le escapaba una —pensó Jacinto—.

Qué mujer más lista. Por eso era incapaz de mentirle.

Sabía que si lo hacía, lo descubriría antes de terminar la frase.

Y por eso le extrañaba tanto que no supiese que Alfredo era uno de los mejores amigos de Gabriel.

Aunque, bien pensado, siempre es más fácil creer a un hijo que a una pareja.

De todas formas, acertadamente pensó que era mejor no seguir con ese tema.

Al llegar a la altura del acuario, Inma pensó que era el momento de volver. Sin decirle nada a Jacinto, se giró y comenzó a desandar lo andado. Él, después de lanzar una mirada a la Torre, que volvía a verse tras haber estado oculta por varios edificios, la imitó.

—¿Cómo vais con la investigación?

Jacinto no se esperaba la pregunta y tardó en reaccionar.

—No me irás a decir que es confidencial.

Porque hasta que detengáis al culpable, todos los niños de esta ciudad están en peligro, incluido nuestro hijo.

No he vuelto a dormir bien desde lo de Gabriel.

Todos los inconvenientes de haber estado estos años con un policía tienen que tener alguna contrapartida.

Merezco saberlo. Mi tranquilidad lo merece.

Además, no hace falta que te diga que no voy a contar nada.

—Claro que es confidencial, pero ese no es el problema. El problema es que no hemos avanzado demasiado.

—¿No tenéis ningún sospechoso? ¿Algún pederasta reincidente ?

—Ya los investigamos a todos el primer día, y estamos seguros de que no fue ninguno de ellos.

El que haya sido, no lo tenemos fichado.

No sabemos si es alguien de aquí o de fuera, si sigue en la ciudad o ya se ha ido, si eligió a Gabriel por algún motivo o fue por casualidad, si va a repetirlo o no.

—Pues es cierto que no habéis avanzado mucho. ¿Qué te dice tu instinto?

—Yo pienso que es de aquí, que sigue en la ciudad, que eligió a Gabriel por algún motivo, y que va a repetirlo.

A Inma le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Tal y como se imaginaba, su hijo podía estar en peligro.

—Pues qué bien. Me quedo más tranquila.

—Es lo que pienso. Siento no poder decirte otra cosa. Yo también estoy muy preocupado por Alfredo. Hasta que no encontremos al asesino, es mejor que no ande solo por ahí. Me gustaría hablar con él. ¿Puedo?

—¿Para qué? ¿Quieres advertirlo?

—Sí, y no sólo eso.

Inma se imaginaba que “no sólo eso” se refería a que también quería preguntarle por su amistad con Gabriel, que le contase por qué no le había dicho que eran tan buenos amigos.

Y no estaba segura de que más interrogatorios, y, posiblemente, alguna reprimenda, fuesen beneficiosos para el equilibrio mental de su hijo.

—No sé. Quizá sea mejor dejarlo unos días tranquilo.

—Es que hay algo más.

—¿Qué más? —Inma se estaba poniendo muy nerviosa—. ¿Por qué no me cuentas todo de una vez? Es que esto parece una entrega por fascículos. ¿No ves que estoy taquicárdica?

Jacinto tragó saliva, respiró hondo, y con voz temblorosa, dijo:

—He visto a mi padre. Está en Coruña.

Inma no se lo podía creer. Lo que faltaba. Después de tantos años y de la mala vida que llevaba, pensaba que a estas alturas estaría muerto.

—¿Dónde lo has visto?

Jacinto volvió a tragar saliva antes de responder:

—En la comisaría. Lo detuvieron siguiendo a un grupo de niños. En estos momentos es el principal sospechoso de la muerte de Gabriel.

Inma se quedó blanca, incapaz de decir nada .

—No sé mucho más porque Vázquez, el comisario, ya sabes, me pidió que me fuese para evitar problemas. Después quedaré con Miguelito para que me cuente.

Inma seguía en silencio, intentando asimilar la noticia. Estaba sorprendida, furiosa e indecisa a la vez. Sorprendida por el regreso, furiosa con Jacinto por no habérselo contado antes, e indecisa sobre cómo tratar esto con su hijo.

—Yo no creo que haya sido él. Mi padre es un hijo de puta, pero no lo veo haciendo esto. Y no porque no sea capaz desde el punto de vista moral, me refiero a los aspectos, digamos, técnicos. En este asesinato hay demasiada elaboración, detalles muy cuidados que quedan fuera de su alcance.

—¿Cómo está? —por fin fue capaz de preguntar Inma, más por curiosidad que por preocupación.

—Está hecho polvo. No creo que le quede mucho tiempo. La vida no lo ha tratado bien. Justicia divina, supongo.

—¿Y qué vamos a hacer con él?

—Yo, matarlo, por supuesto.

—No digas tonterías. ¿Para qué vas a matarlo, si, como acabas de decir, ya se está muriendo?

—Se lo juré a mi madre .

A Inma le dieron ganas de darle una bofetada a su exnovio por su falta de luces. Qué simple y qué cabezota era algunas veces.

—Chinto, sabes que tengo mucho respeto a los juramentos y creo que hay que tratar de cumplirlos…

siempre que sea razonable hacerlo. Las cosas han cambiado mucho desde que juraste.

Tú ahora tienes un hijo y te debes a él.

Y lo que menos necesita es que metan a la cárcel a su padre por el asesinato de su abuelo.

No puedes anteponer un juramento de más de cuarenta años a tu hijo de catorce.

Inma se tomó una pausa para tratar de tranquilizarse antes de continuar.

—Cuando te pregunté qué íbamos a hacer con Pascual, estaba pensando en Alfredo. ¿Se lo vamos a contar?