Atlántico Oscuro XVII
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XVII

A Jacinto no le gustaba su vida, pero le gustaba estar vivo. Todos los días daba gracias por ello. No sabía muy bien a quién o a qué. En cuanto se despertaba, antes de abrir los ojos, pensaba: gracias, gracias por un día más.

Excepto algunos momentos muy puntuales, no recordaba haber tenido una vida feliz.

La mayoría de estos momentos se situaban en su niñez, cuando aún vivía su madre.

Aunque el paso de los años había desdibujado su memoria, tenía la impresión de que, hasta el uxoricidio, sí había sido feliz… a ratos. Todo cambió ese fatídico día.

A menudo pensaba que, si hubiese podido superar la pérdida de su madre, su existencia podía haber sido más o menos satisfactoria. Tenía un trabajo que no le desagradaba, Inma era una mujer extraordinaria, y su hijo, tanto o más.

No era creyente. Pensaba que la vida que le había tocado era incompatible con serlo.

Si existía Dios, la única opción para que él llevase la vida que llevaba era que le tuviese manía o que quisiese ponerlo a prueba, como a Job.

Y ninguna de estas opciones le parecía plausible.

Le costaba pensar que el encargado de este circo pudiese fijarse en él. Era demasiado insignificante para ello.

A pesar de su falta de fe, le encantaba ir a las iglesias por el efecto narcótico que aplicaban sobre sus preocupaciones.

Ese silencio, esa paz, ese olor siempre a cera y, cuando había suerte, también a incienso.

Ningún lugar en el mundo era más relajante.

Mucho mejor que cualquier balneario o spa de los que estaban ahora tan de moda.

Eso sí, las modernas, que parecían cualquier cosa menos una iglesia, no valían.

Los requisitos mínimos eran planta de cruz latina y muros de piedra.

Y tenía que estar vacía, o casi. Una o dos personas, como mucho.

De todas las de Coruña que cumplían estas condiciones, su preferida era la de Santo Domingo, una iglesia del siglo XIII que ha experimentado importantes transformaciones y reconstrucciones a lo largo de su historia.

Nació gótica, se decoró barroca y terminó neoclásica.

Además, la iglesia tiene una curiosa peculiaridad: no está alineada con su pórtico, que sí sigue la línea del edificio colindante, el antiguo Convento de los Dominicos —ahora más colegio que convento ante la falta de vocaciones—.

Para salvar esta irregularidad, el pequeño pasillo de entrada a la iglesia es de forma trapezoidal.

A Jacinto le encantaba esta apariencia de caos en un trasfondo de orden.

En el interior, las columnas estilizadas, las bóvedas de crucería y una iluminación razonable muestran el carácter gótico de la iglesia. La luz, sin embargo, no se cuela entre decorados rosetones, sino que lo hace atravesando medianas ventanas distribuidas a lo largo de los arcos superiores.

Otra curiosidad de la iglesia es lo lejos que están las pilas de agua bendita de la entrada.

Hay dos, una a cada lado, pero situadas a más de cinco metros de la puerta principal.

Esto obliga a los feligreses a retrasar unos cuantos pasos la reverencia a Dios.

Su hijo, Jesús, ocupa un lugar muy secundario.

Está clavado bajo el primer arco de la pared derecha, que hace las veces de un modesto santuario.

El lugar principal está reservado a Santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, representado en el altar mayor en una escultura barroca del siglo XVII.

Según la creencia cristiana, a Santo Domingo se le apareció la Virgen en 1208 y le entregó un rosario para que lo utilizase como arma espiritual.

Por este motivo, su escultura porta un crucifijo en una mano y un rosario en la otra.

Sobre la imagen de Santo Domingo, aparece la Virgen, rodeada de ángeles, recibiendo la Asunción.

El retablo, de estilo neoclásico, se finalizó a principios del siglo XIX.

La joya de la iglesia, por su valor artístico y por albergar a la patrona de Coruña, es la Capilla del Rosario.

Una inscripción en su entrada da fecha del año de su construcción “ESTA CAPILLA ES DE LA COFRADIA DEL ROSSARIO Y SE FAbrICÓ EN EL ANO DE 1676”.

El retablo de la capilla, con numerosos elementos decorativos, no puede ser más barroco.

La adoración a la Virgen del Rosario en Coruña comenzó con la llegada de los dominicos y se convirtió en tendencia a finales del siglo XVI.

El 4 de mayo de 1589, 120 barcos ingleses, capitaneados por el pirata Francis Drake —luego blanqueado a Sir por Isabel I— trataron de invadir Coruña, por lo que los coruñeses acudieron a la Virgen del Rosario para pedir su protección.

Después de quince días de asedio, los ingleses fueron derrotados, y, desde entonces, Coruña reconoció a la Virgen como su protectora y patrona.

Jacinto y su ateísmo, en cambio, no sentían la más mínima devoción por el Rosario, pero eso no le impedía ser respetuoso con los ritos y costumbres católicas, así que siempre silenciaba el móvil antes de entrar en cualquier templo.

Por este motivo no escuchó las numerosas llamadas que le hizo Quijada durante la hora y pico que estuvo ausente del decadente mundo terrenal.

—¿Qué ha pasado? Tengo mil llamadas tuyas.

—Es importante. Hemos detenido a un sospechoso.

Un hombre de unos sesenta años, con mal aspecto, que llevaba varios días rondando por el campo donde entrenaba el hijo de Fidalgo.

Lo interceptó el equipo de vigilancia cuando se acercó a un grupo de chicos que salía de entrenar.

Al cachearlo, le descubrieron una pistola y una navaja .

—¿Tiene alguna relación con el hijo de Fidalgo?

—No lo sabemos, no ha querido darnos su nombre, y se ha negado a colaborar. Estamos intentando que Bellido nos autorice a identificarlo por las huellas dactilares.

Bellido era el juez al que le había caído el caso del asesinato de su compañero Fidalgo.

Era el más joven inter pares de Coruña, su primer destino, al que había llegado hacía apenas cuatro meses, después de aprobar las oposiciones con sólo veinticuatro años.

Era un juez muy estricto con el procedimiento, del que no se desviaba ni una coma, y exageradamente respetuoso con los derechos de los sospechosos y acusados.

Fidalgo, que siempre destacó por lo mismo, a su lado parecía un juez de un certamen de Miss Universo.

—¿Quién lo sabe?

—Los del equipo de vigilancia, Vázquez, por supuesto, y yo. Bueno, y puede que algún otro. Ya sabes cómo va esto.

—Pues que no se entere nadie más, y los que lo saben, que estén calladitos. Así tengas que coserles la boca a todos. Como la información llegue a la prensa, esto va a ser un sindiós. Voy para ahí.

En el trayecto hasta la comisaría, Jacinto se maldijo por lo poco oportuno que había sido durante toda su vida.

El día que decidió bajar a jugar y, al volver, encontró a su madre asesinada.

El día que conoció a Inma, en el que no coincidió con su padre por unas horas.

La noche con Celeste, hacía unos meses, que fue la gota que colmó el vaso de Inma, que ya estaba a rebosar.

La otra noche con Celeste, la semana pasada, que hizo que llegase tarde y de resaca a la comisaría la mañana en la que se conoció la autopsia.

Y ahora, esta tarde, de ejercicios espirituales mientras detenían al sospechoso del asesinato.

Aunque no era supersticioso, lo cierto es que, en los momentos importantes, por ausencia o por torpeza, siempre acababa cagándola. Sin embargo, la suerte, el destino o la providencia no le servían de excusa. Para bien y, sobre todo, para mal, él era el único responsable de su vida.

—¿Dónde está? —gritó Jacinto, fuera de sí, nada más entrar en la comisaría.

En cuanto lo vio, Quijada fue a su encuentro, haciéndole gestos para que se calmase. Tenía que entender que, si quería discreción, no podía comportarse como un potro desbocado.

—Lo hemos puesto en la sala 1. Lleva ahí unos veinte minutos. —susurró—. Como te he dicho, no quiere colaborar. Bellido, de momento, no nos ha dado permiso para identificarlo a través de sus huellas, pero seguimos insistiendo. Vázquez se ha ido a los juzgados para hablar directamente con él .

Cuando Jacinto abrió la puerta de la sala, se encontró a un hombre de unos sesenta y pocos años, pero que parecía que hubiese vivido varias vidas, y todas malas.

Vestía ropa vieja y sucia, y olía muchísimo a vino.

Bajo unos rizos de un pelo negro grasiento, que hacía años que no se peinaba, se podían entrever dos ojos oscuros, cansados de mirar.

En la boca, medio abierta porque le costaba respirar, se echaban de menos unas cuantas piezas, y las que quedaban, estaban tan amarillas que costaba imaginar que pudiesen haber sido blancas en algún momento.

Era un hombre totalmente derrotado por la vida.

—No hace falta que insistamos con Bellido. Este hijo de puta es mi padre.