XVI
—Los señores Brañas y Quijada. ¿Qué hacen por aquí? No sabía que iban a venir hoy —mintió Nenuca con total naturalidad.
Jacinto seguía sin reponerse de la sorpresa, así que fue Quijada el que respondió:
—Nos gustaría hablar un momento con usted, si es posible.
—Si no les importa esperar… Como ven, tengo invitados. Si quieren, pueden sentarse con nosotros.
Jacinto se sentó en una silla libre que había al lado de Inma, y Quijada hizo lo propio, al lado de su jefe. En la mesa había dispuestos varios platos con frutas y pasteles, y una jarra con chocolate.
—El chocolate es de una chocolatería de Carballo que casi tiene 100 años. No se quejará, está usted como en casa.
Jacinto no recordaba haberle dicho a Nenuca que él era de Carballo, por lo que le extrañó que estuviese al tanto de sus orígenes.
—Hoy hemos preparado una pequeña merienda con los mejores amigos de mi hijo, a modo de despedida, y para que yo pueda agradecerles lo bien que se han portado siempre con él.
Jacinto no podía creer que su hijo lo hubiese engañado de esa forma. ¿Por qué no le había dicho que era uno de los mejores amigos de Gabriel?
—Qué bien, lo que no sabía es que Alfredo también formaba parte de este grupo.
El hijo del policía bajó la cabeza para evitar la mirada sancionadora de su padre, y se mantuvo en silencio.
—Pues claro que sí. Gabriel lo apreciaba muchísimo porque es muy bueno y muy noble. Qué le voy a decir a usted. Entonces, ¿también le habrá sorprendido la presencia de su mujer?
Jacinto asintió.
—Me ofrecí a traerlos. Alguien tenía que hacerlo —respondió Inma—. Para mí también es una sorpresa encontrarte aquí.
—Pues lo mejor para reponerse de una sorpresa es una taza de chocolate. Señor Brañas, ¿le pongo una?
Durante la merienda se recordaron anécdotas graciosas de Gabriel, triviales desde el punto de vista de la investigación, pero que a Jacinto le sirvieron para hacerse una idea de cómo eran los amigos del niño asesinado .
Miguel, de estatura media y delgado, con el pelo moreno en forma de rizos y mirada intermitente, le pareció muy tímido e influenciable, con escasa personalidad. Dependiendo del entorno, podría comportarse como un delincuente o como un santo.
Rafael, más alto que Miguel, y también más corpulento, le trasmitió nobleza. Su pelo corto rubio, sus músculos trabajados en el gimnasio y su mirada simple y directa le daban aspecto de soldado americano. Soldado que ahora se había quedado huérfano de oficial.
Y, por último, estaba Luciano. Físicamente, parecía el justo medio entre Miguel y Rafael.
Hasta la longitud de su pelo, de color castaño, se situaba entre las de sus amigos.
Sin embargo, su mirada era mucho más compleja que las de ellos.
En sus ojos podía verse la inocencia propia de un niño de su edad, pero también se apreciaba el cansancio de un desencantado precoz y la oscuridad de un resentido insatisfecho.
Jacinto tenía un instinto especial para reconocer a los hijos de puta. Lo hacía nada más verlos. Con sólo mirarlos podía identificar a los delincuentes. Luciano aún no lo era, aunque tenía muchas ganas de serlo.
—Señor Brañas, ¿le ha gustado el chocolate?
—Sí, estaba muy bueno. Gracias .
—Me alegra. Inma, quería comentar contigo una cosa. ¿Puedes acompañarme un momento? Si no os importa, el resto podéis esperar aquí un momento y aprovechar para hablar de cosas de hombres.
Nenuca cogió a Inma de ganchete y las dos mujeres salieron por la puerta que daba acceso al jardín. Jacinto no pudo evitar un pensamiento un tanto cursi: Ahí van dos flores, y no de las que crecen en la tierra.
—Aprovechando que nos hemos quedado solos. ¿Os importa que os haga unas preguntas? —preguntó Jacinto en el tono más agradable que pudo.
Tanto Rafael como Miguel miraron a Luciano, esperando a ver qué respondía su amigo. Alfredo seguía manteniendo la cabeza baja para no cruzar su mirada avergonzada con la de su padre.
—Claro, si eso sirve para encontrar al asesino de Gabriel —respondió Luciano.
Jacinto miró a Quijada para que fuese él, que tenía más tacto, el que empezase con las preguntas.
—Además de vosotros, ¿sabéis si Gabriel tenía otro grupo de amigos con el que quedase de vez en cuando?
—No —respondió Luciano rápidamente—. La verdad es que siempre estábamos juntos. Íbamos en la misma clase, jugábamos en el mismo equipo de fútbol, salíamos de marcha juntos.
—¿Salíais por la noche?
La pregunta de Jacinto activó un resorte en la cabeza de Luciano, que lo hizo entrar en modo alerta.
—No, no salimos por la noche. Sólo por la tarde.
Jacinto se dio cuenta del detalle, y se maldijo por no haber sido capaz de controlarse. Era demasiado pronto para que él interviniese. Antes, tenía que dejar que Quijada crease un clima de confianza entre ellos y los chicos.
Sin embargo, como de todo error se saca algo positivo, había podido observar que la respuesta de Luciano provocó que la cara de Miguel pasase de su natural de blanco lechoso a un avergonzado rojo colorado. Qué maravilla. El grupo de amigos venía con un detector de mentiras incorporado.
Quijada siguió realizando preguntas facilonas, intercalando algún chiste para rebajar la tensión de la situación. Las preguntas eran tan fáciles, que Luciano, que era el único que respondía, no tuvo que mentir en ningún momento, por lo que la cara de Miguel tampoco cambió de color.
—¿Gabriel tenía novia? —la paciencia no era una de las virtudes de Jacinto, que no pudo contenerse más tiempo sin preguntar.
—No, somos muy jóvenes para eso .
—Quizá la pregunta no está bien planteada porque es posible que no entendáis por novia lo mismo que nosotros. Lo que quiero decir es si se veía habitualmente con alguna chica.
Luciano volvió a responder que no, pero la cara colorada de Miguel decía lo contrario.
—Me da la impresión de que no nos estáis diciendo la verdad —a Jacinto le daban ganas de darle un cachete al niñato para que dejase de hacerse el tipo duro y les contase lo que sabía—.
No pasa nada por tener una novia, o un rollo, o una mami, o como sea que lo llaméis ahora…
pero si queréis que encontremos al asesino de Gabriel, no podéis ocultarnos ningún detalle, aunque a vosotros os parezca que no tiene importancia para la investigación.
—No sé por qué insistes. Ya te hemos dicho que no —contestó Luciano incómodo—. Estamos empezando a cansarnos de tantas preguntitas chorras. Una cosa es colaborar, y otra que nos llaméis mentirosos y nos toméis por gilipollas.
—Disculpad, es que tenemos tantas ganas de atrapar al asesino que a veces… —Quijada intervino para intentar reconducir la situación. No sirvió de nada.
—Las disculpas llegan tarde. Haberlo pensado mejor. Bastante hemos aguantado. No os hemos mandado a la mierda porque él es el padre de Alfredo .
Ese “él” lo pronunció en un tono despectivo y condescendiente, dejando patente su rechazo y desprecio por el policía.
—Inma —gritó Luciano—. ¿Dónde estás? Nos vamos.
Antes de que regresasen las dos mujeres, Jacinto se apresuró a hacer una última pregunta.
—¿Conocéis a Javier Blanco?
Luciano no respondió. No hizo falta. La cara de Miguel, más roja que una señal de alerta, confirmó la sospecha que Jacinto temía.