Atlántico Oscuro XV
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XV

La finca estaba rodeada de una muralla de piedra de más de dos kilómetros de perímetro que encerraba en su interior una superficie de unas dieciocho hectáreas.

El camino desde la muralla hasta la vivienda estaba flanqueado por una doble hilera de estilizados y disciplinados cipreses que señalaban a un cielo que había decidido vestirse de color azul galaico, que es un azul tirando a gris, y, normalmente, de efímera duración.

Nenuca estaba esperándolos en la entrada de la casa, bajo la sombra de un roble centenario, que, además de servir de símbolo de permanencia, también hacía las funciones de rotonda natural, para facilitar y ordenar la circulación de los visitantes.

—Hola, bienvenidos, son los primeros en llegar —los saludó Nenuca.

—¿Cuántos años tiene el carballo? —preguntó Jacinto, curioso.

—No lo sé exactamente, varios cientos. Parece ser que más que la casa, que es del siglo XVI.

—¿Hace mucho que la compraron? —Jacinto seguía sintiendo curiosidad por la propiedad .

—No la compramos, es de mi familia —contestó Nenuca, sin darse importancia.

—¿Desde el siglo XVI? —se sorprendió Quijada—. Entonces, tendremos que tratarla de Ilustrísima, porque seguro que tiene algún título nobiliario.

Nenuca sonrió.

—¿Duquesa, condesa…? —Quijada insistía.

—Soy marquesa —confesó finalmente, y como sabía que también se lo iba a preguntar, añadió el título completo— Marquesa de Bergantiños, y Grande de España.

Así que, como sabrá, el tratamiento tiene que ser de Excelentísima.

Sin embargo, llegados a este punto, en el que ya saben todo sobre mí —bromeó la marquesa— lo mejor es que me llamen Nenuca.

La marquesa les aclaró que, en realidad, del siglo XVI era únicamente la torre de cuatro alturas que parecía brotar del centro del edificio.

El resto de la casa, que rodeaba la torre en un perfecto rectángulo áureo, se había construido en el siglo XVII.

El palomar y el resto de edificaciones se añadieron en el siglo XVIII.

—Capilla, palomar y ciprés, pazo es —apuntó Quijada, enumerando los requisitos que establecía el saber popular para distinguir entre una común casa grande y un exclusivo pazo .

—Pazo de Calvelo, se llama este —respondió Nenuca, dando por bueno el apunte del policía.

—Sorprende la cantidad de ventanas que tiene, siendo una construcción tan antigua.

—Sí, son muchas, lo cierto es que tiene 365, una para cada día del año.

—¿Y los años bisiestos? —preguntó Jacinto con cierta sorna.

—Los 29 de febrero está prohibido mirar por las ventanas.

Ya ven, los ricos también tenemos nuestros problemas —respondió Nenuca, también con sorna—.

Como ustedes han sido los primeros, y la puntualidad tiene que premiarse, si quieren, mientras llega el resto, puedo hacerles una pequeña visita guiada.

Podemos comenzar por los jardines. Federico recibirá a los demás, mientras nosotros hacemos la turné.

Del interior de la casa salió un hombre entrado en los sesenta años, de figura estilizada, con el cabello blanco peinado hacia atrás, y vestido con un traje oscuro, camisa blanca y corbata azul cielo.

No dijo nada, simplemente inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de aceptación hacia la marquesa y se dispuso a esperar pacientemente al resto de invitados a la sombra del carballo.

El jardín, situado en la parte de atrás del edificio, era totalmente simétrico, de estilo barroco.

En el centro contenía un estanque con una fuente, al que se podía llegar a través de tres calles, una central y dos laterales, delimitadas por camelios.

Quijada, que era un gran aficionado a la jardinería, estaba emocionado.

—Esto es precioso, hay muchísimas camelias.

—Sí, es una pena que ahora no estén en flor. Tienen que volver en invierno, que es cuando está más bonito.

—Cuente conmigo, volveré encantado —se apuntó Quijada—. Es una flor un poco extraña la camelia, ¿no cree?, todo lo que tiene de belleza le falta de olor.

—No se puede tener todo —respondió Nenuca—. De todas formas, aquí tenemos una especie, la camelia sasanqua, que sí tiene olor. Tiene una flor más pequeña y estambres más prominentes. Es una belleza, digamos, más humilde, pero a mí me gusta mucho.

A Jacinto le resultó extraño que una persona como Nenuca, que estaba podrida de dinero, pudiese unir en una misma frase las palabras belleza y humilde con tanta naturalidad.

Él no sentía ningún interés por la jardinería, pero pasear al lado de una mujer como ella, entre unas plantas tan bonitas y colocadas en una geometría tan perfecta, con el ruido de fondo del agua que brotaba de la fuente situada en el centro del estanque, estaba siendo una experiencia de lo más placentera.

—Al otro lado del estanque, tenemos un laberinto de rosales, que ahora sí están en flor. Desprenden un aroma riquísimo .

Un laberinto de rosas con la compañía de Nenuca era un laberinto del que tenía que ser muy difícil querer salir, pensó Jacinto.

Sabía que la marquesa tenía algún año más que él.

Aunque aparentaba menor edad, posiblemente ya había entrado en los cincuenta.

En cualquier caso, seguía siendo una mujer muy guapa.

A Jacinto no sólo le atraía físicamente, Nenuca era una de esas mujeres que te hacían sentir un privilegiado por poder envejecer a su lado. Como Inma.

Reflexionó un momento sobre esto. Sobre por qué los hombres, algunos hombres, demasiados hombres, se arriesgan a perder, y normalmente acaban perdiendo, a mujeres excepcionales, por acostarse con otras mujeres que, generalmente, no lo son tanto.

Fidalgo, al menos, se había liado con una fiscal guapísima e inteligentísima, en cambio, él había engañado a Inma con unas putas…

Aunque Inma también era una puta cuando la conoció…

—¿Quieren que vayamos a verlo?

—¿A ver qué? —Jacinto, inmerso en sus reflexiones, había dejado a un lado el jardín y las flores.

—¿Qué va a ser? El laberinto de rosales.

—Por supuesto —se adelantó a aceptar Quijada, temiendo que su jefe se hubiese cansado de tantas plantitas.

—Claro, claro, vamos —confirmó Jacinto, mientras seguía dándole vueltas al lío sentimental en el que se encontraban tanto él como Fidalgo, por sus asilvestradas braguetas.

Antes de llegar al laberinto, Nenuca recibió una llamada en su móvil y tuvieron que dar por finalizado el paseo por el jardín.

—Acaban de llegar los demás. Tengo que ir a recibirlos.

La marquesa había accedido a la propuesta de los policías y había invitado a su casa a los mejores amigos de su hijo con la excusa de recordar y despedir a Gabriel de una forma más íntima.

En cuanto se lo planteó su marido, aceptó.

Estaba dispuesta a hacer lo que fuese por encontrar al asesino de su pequeño.

Sentía que se lo debía. Ya que no pude protegerte, voy a hacer lo posible por castigar al que te ha hecho daño.

Los niños estaban esperando en el salón, en el que Federico había preparado una merienda con fruta, pasteles y chocolate. Nenuca les pidió a los policías que esperasen en una sala contigua hasta que ella los avisase. El plan era que ellos se incorporasen más tarde, como por casualidad.

—Qué maravilla de lugar, los jardines, la casa. Estoy seguro de que el sillón en el que estoy sentado tiene más años que yo. Que digo años, un siglo más, por lo menos. Y encima, es comodísimo.

—A mí la que me maravilla es Nenuca. Me fascina esa mujer —confesó Jacinto.

—Vaya, vaya, al final te van a gustar las ricas .

—No es por su dinero, es por su elegancia. Sabe en todo momento qué hacer, qué decir y qué callar. El gesto adecuado, la palabra necesaria y el silencio oportuno. Además de que es superatractiva, claro.

Quijada se mantuvo en silencio un momento, dudando si decir o callarse lo que estaba pensando. Finalmente, lo dijo:

—Para gustarte tanto la elegancia, no siempre te vas con mujeres elegantes.

A Jacinto no le molestó el comentario de su amigo, en primer lugar, porque era él quien se lo hacía, y en segundo lugar, porque era cierto.

—No sólo de elegancia vive el hombre. Mi problema es que también me fascina la anatomía femenina. Me encantan los culos y las tetas de las mujeres. Sobre todo, las tetas.

Justo después de que Jacinto pronunciase la palabra tetas, se abrió la puerta de la salita y apareció Federico.

—Me ha dicho la señora que ya pueden pasar… si me acompañan.

El salón era enorme, perfectamente rectangular, y con un techo altísimo del que colgaba una lámpara de araña con más cristales que las 365 ventanas del pazo.

Las paredes laterales estaban cubiertas con cuadros de temática rústica: bodegones, escenas de caza y jarrones de camelias.

La pared situada a sus espaldas, en la que estaba la puerta por la que habían entrado, estaba decorada con un fresco que representaba una romería gallega.

Enfrente, una amplia cristalera permitía contemplar la belleza y tranquilidad del jardín.

La mayor parte de la estancia estaba ocupada por una mesa en la que podían sentarse cómodamente más de cincuenta personas, aunque en esta ocasión no se consideró conveniente utilizarla.

La merienda se había servido en otra más pequeña, situada al lado de la cristalera.

En ella estaban sentados Nenuca y los tres mejores amigos de Gabriel.

Lo que en ningún caso esperaba Jacinto era que también estuviesen acompañándolos Inma y su hijo Alfredo.