XIV
Jacinto y Quijada llevaban más de veinte minutos esperando en la antesala del despacho de Fidalgo.
Los había citado a las cinco y casi eran las cinco y media.
La secretaria, que estaba sentada enfrente de ellos, no paraba de golpear las teclas de un ordenador como si quisiese castigarlas por algún motivo.
Llevaba puesta una camisa rosa apretada que contenía sus enormes pechos con dificultad.
El primer botón de la camisa estaba desabrochado, y parecía que el segundo estaba a punto de salir disparado.
Jacinto le hizo un gesto a su compañero señalando a la chica, pero Quijada negó con la cabeza.
—Qué va —dijo en tono muy bajo para asegurarse de que no lo oía.
—¿Por qué no? —preguntó Jacinto en el mismo tono.
—No creo que sea su tipo. Está demasiado gorda. Desborda grasa.
—Lo que desborda es juventud —replicó Jacinto—. Ya lo entenderás cuando tengas mi edad.
En realidad, Jacinto solamente tenía tres años más que Quijada, pero le gustaba actuar y expresarse como si fuese mucho mayor, comportándose como una especie de mentor o maestro de vida de su compañero.
—Supongo que sí, que lo entenderé cuando tenga tu edad.
En ese momento, la secretaria recibió una llamada, y después de contestarla, se dirigió a ellos para comunicarles que podían pasar.
Lo hizo sin levantarse de la mesa y sin dirigirles la mirada.
Y antes de darle tiempo a Quijada a que le diese las gracias, volvió a martillear el teclado con la misma fuerza que antes de su interrupción.
—Buenas tardes, siéntense, por favor —Fidalgo mantenía la misma expresión en la cara que la primera vez que lo habían visto después del asesinato, una mezcla entre un boxeador sonado, un condenado incrédulo y un culpable arrepentido—.
Disculpen la espera, me ha surgido un imprevisto y no he podido atenderlos hasta ahora.
—No se preocupe, entendemos que está muy ocupado —contestó Quijada.
—¿Por qué querían verme? ¿Tienen alguna novedad en el caso de mi hijo?
—Lo cierto es que no. De momento, no —reconoció Jacinto—. Pero queríamos hablar con usted porque para poder seguir avanzando con el caso necesitamos hacer algunas preguntas a los amigos de su hijo. Y claro, son menores .
Inmediatamente a Fidalgo le vino a la cabeza el procedimiento de la testificación de menores: un investigador especialmente capacitado (era evidente que Jacinto no lo era), una persona de apoyo, el permiso de los progenitores…
—Como usted bien sabe, las declaraciones a menores conllevan mucha —Jacinto se detuvo un momento hasta encontrar la palabra adecuada— mucha burocracia.
—Lo sé, lo sé. Es por su protección.
—Efectivamente, y en caso de menores, toda protección es poca. Lo que pasa es que si nos ponemos a solicitarlo por la vía ordinaria, los chavales se hacen mayores de edad antes de declarar.
La broma no le hizo gracia a Fidalgo, no porque no la tuviese, sino porque el juez no estaba para chanzas. Quijada se dio cuenta, e intervino para intentar dejarlo correr.
—La verdad es que las investigaciones con menores se dilatan mucho…
—Por eso, habíamos pensado —lo interrumpió Jacinto, recuperando el tono serio— que quizá usted podría hacer algo para reducir estos tiempos.
Fidalgo comenzó a atusarse la barba, porque tenía la costumbre de hacerlo cuando reflexionaba. Los policías lo sabían, así que lo dejaron en silencio con sus pensamientos, esperando pacientemente. Finalmente, sentenció:
—No estoy muy seguro de lo que me están pidiendo, pero si lo que quieren es que yo infrinja la ley, mi respuesta es no.
Jacinto sonrió al recordar cómo el primer día que fueron a verlo, el juez les pidió que hiciesen todo lo necesario para encontrar al culpable.
Sin embargo, ahora, cuando aparecía la posibilidad de que él tuviese que mancharse las manos, no aceptaba ensuciarse ni un poquito las puntitas de sus dedos inmaculados.
Afortunadamente, lo que habían ido a pedirle no era nada ilegal, o, por lo menos, no lo parecía.
—Por supuesto que no, somos conocedores de su rectitud, jamás se nos pasaría por la cabeza pedirle algo así —respondió Jacinto con cierto retintín—. Lo que habíamos pensado es organizar una especie de funeral infantil con los amigos de Gabriel, al que también acudiríamos nosotros.
El juez se quedó mirando a Jacinto preguntándose si era tonto, insensible o malvado. ¿Cómo se le ocurría proponerle a un padre que acababa de enterrar a un hijo, celebrar un funeral infantil, como si fuese una fiesta de cumpleaños?
—Había oído hablar de las discotecas infantiles, pero lo del funeral infantil es una novedad. Es usted un innovador… ¿Lo dice en serio? ¿No se da cuenta de que he perdido a mi hijo y no estoy pa ra estas tonterías? Por favor, salgan de mi despacho inmediatamente.
Jacinto se mordió la lengua para no soltar un improperio. ¿Qué le pasaba a este hombre? Decía que quería encontrar al asesino de su hijo; sin embargo, no estaba dispuesto a hacer el mínimo esfuerzo para conseguirlo. Pues muy bien, si su padre no tenía interés, mucho menos lo tenía él.
—Señoría, le ruego que nos dé un par de minutos más para explicarnos mejor.
Quizá no hemos utilizado las expresiones correctas —Quijada se detuvo unos segundos, y al ver que el juez no decía nada, entendió que le daba permiso para continuar—.
Lo que nos gustaría es reunir a los mejores amigos de su hijo para poder hablar con ellos de una manera informal, y, de esta forma, evitar los largos procedimientos de las declaraciones de menores.
No sé muy bien cómo denominarlo o cómo describirlo, pero la idea sería hacer algo parecido a los funerales americanos en los que se recibe a los asistentes en la casa.
Fidalgo seguía sin verlo claro, pero como las formas de Quijada eran más prudentes y consideradas, y como también le caía mucho mejor, le costaba más decirle que no.
—No estoy seguro de que sea una buena idea. Además, no creo que mi mujer esté por la labor .
—De acuerdo —Quijada entendió que no debía insistir más. Habían plantado la semilla, que germinase ya no dependía de ellos—. De todas formas, si finalmente decide comentarlo con su mujer, y ella está de acuerdo, le agradeceríamos que nos lo comunicase.
Antes de que Fidalgo pudiese contestar, se abrió la puerta de su despacho, y sin que nadie la anunciase, entró Águeda Vicuña, la fiscal de violencia sobre la mujer de Coruña, y, también, la fiscal más guapa de España.
Al contrario que la secretaria de Fidalgo, en su esbelta figura de algo más de 170 centímetros no podía encontrarse ni un gramo de grasa.
Su herencia genética, su alimentación saludable y sus seis horas semanales de gimnasio hacían que su cuerpo fuese una fortaleza inexpugnable para los lípidos.
Los pocos que conseguían entrar eran quemados vivos a las pocas horas en el sacrificio diario que Águeda realizaba a Afrodita.
—Oye, Manolo… —al ver a los policías, la fiscal se detuvo. No esperaba que Fidalgo estuviese acompañado—. Siento la interrupción, no sabía que estaban aquí.
Además de su extraordinaria belleza, la otra cualidad de Águeda que más fascinaba a Jacinto era la seguridad que transmitía.
Desde el primer momento en que llegó a Coruña, hacía algo más de tres años, con la oposición recién aprobada y a punto de cumplir los veinticinco, se comportó con una desenvoltura impropia de su bisoñez y de su inexperiencia.
Esta era la primera vez que la veía un poco desconcertada.
—No se preocupe, ya nos íbamos —dijo Jacinto, que no podía dejar de mirar el ligero rubor que había brotado en el rostro angelical de la fiscal.
Al salir del despacho, el inspector dejó la puerta abierta solamente para poder contemplar la elegancia con la que Águeda la cerraba. Después, se contuvo durante unos cuantos pasos, hasta que estuvieron lo suficientemente lejos de la secretaria de Fidalgo, y, por fin, le soltó a Quijada:
—Jamás lo hubiera imaginado.
—¿A qué te refieres?
—No me digas que no te has dado cuenta —Jacinto parecía regocijarse de la ignorancia de su compañero.
—Pues no. No tengo ni idea de lo que quieres decirme, si es que al final me lo vas a decir —contestó Quijada, ligeramente impaciente.
—Joder, Miguelito, ¿qué va a ser? Que la Vicuña se está tirando a Fidalgo.