Atlántico Oscuro XIII
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XIII

La cocina, o mejor dicho, los electrodomésticos y muebles de cocina (porque no había división entre las distintas estancias), estaban situados a la derecha.

El salón se entendía que empezaba a partir de una barra de bar, con grifo de cerveza y todo, que hacía de lúdica frontera.

Al fondo, a la izquierda, había una pequeña biblioteca con una mesa y un ordenador, y una mecedora ochentera con patas de madera blanca y asiento de piel granate.

A excepción de esta mecedora, el resto de la decoración era muy minimalista.

—Bonito piso. Parece que estemos en Soho o en Tribeca —apuntó Quijada.

—El crimen está bien pagado —añadió Jacinto—. Como puedes suponer, este no es el procedimiento habitual. Ahora mismo tendríamos que estar en la comisaría tomándote declaración, pero como estás tan nervioso, y queremos que estés tranquilo, preferimos hacerlo aquí para que te sientas más cómodo.

Javier también sabía que el procedimiento habitual era que le informasen de que tenía derecho a un abogado, pero estaba demasiado asustado para comentarlo. Además, por extraña que fuese la forma de actuar de los policías, era mejor que estar en un calabozo.

—Para dejar las cosas claras, vamos a decirte lo que sabemos y lo que suponemos, o podemos suponer —comenzó a explicar Jacinto—.

Sabemos que fuiste a Carballo a comprar pan y empanada.

Y sabemos que también compraste algo más, que traes en esa bolsa de plástico.

Por lo tanto, teniendo en cuenta tu gusto e interés por la industria panadera carballesa, nuestro limitado intelecto nos hace suponer que en esa bolsa hay fariña.

Ahora bien, esa fariña puede ser de la buena, de la que se utiliza para hacer pasteles para niños buenos, o de la mala, que se utiliza para hacer lonchas para los niños malos.

—Es de la buena, es de la buena. Haré lo que haga falta para que sea de la buena.

Después de tantos años como policía, a Jacinto ya no le sorprendía cómo se transformaban la actitud y la forma de comportarse de las personas cuando se veían atrapadas.

La mayor parte de las veces, los más altivos y soberbios eran los que se volvían más sumisos y miserables.

Aunque no le sorprendía, le seguía asqueando la pérdida de dignidad de la gente frente a los contratiempos causados por sus malas acciones.

—Empieza por contarnos, esta vez sin omitir nada y sin mentirnos, lo que pasó la noche que descubriste el cuerpo del chaval.

Javier estaba tan asustado que pensaba que no iba a ser capaz de hablar. Cuando comenzó a hacerlo, su voz temblaba como la de un niño a punto de llorar.

—Como… como… como les dije, esa noche había ido a tomar algo con unos amigos.

Estando con ellos, recibí una llamada de una persona que quería…

—en este momento Javier dudó cómo continuar porque no quería incriminarse, aunque inmediatamente pensó que lo mejor era no engañar a los policías, no se fuesen a enfadar— …

que quería 100 gramos de fariña para una fiesta.

—Para la fiesta del pan —bromeó Quijada para intentar rebajar la tensión.

—Sí, eso es, para la fiesta del pan —contestó Javier, que poco a poco iba tranquilizándose—. Cuando son cantidades importantes, normalmente quedo cerca de la Torre porque es una zona tranquila, poco iluminada y poco vigilada.

El chico tiene razón —pensó Jacinto. No me había dado cuenta hasta ahora, pero los alrededores de la Torre son una de las zonas menos vigiladas de Coruña. No es habitual ver policías ni patrullas por allí.

—Yo llegué sobre la una, y mi… mi… —Javier no quería decir cliente— …mi cita, unos veinte minutos más tarde. Aparte de nosotros, no había mucha más gente. Dos flipados corriendo, vamos, haciendo running, una mujer caminando, y tres o cuatro personas más paseando al perro.

—Es cierto, tú fuiste con tu perro. ¿Dónde está ahora? —quiso saber Quijada.

—A veces, si voy a tardar, lo dejo con la vecina de abajo. Tiene más de ochenta años y vive sola, así que se queda encantada con él porque le hace compañía. Después tengo que dejarlo un día sin comer porque lo ceba, pero bueno.

Jacinto se vio obligado a intervenir para que la conversación no derivase a cuestiones caninas, que no le importaban lo más mínimo.

—Vamos a dejar al perro y a la vecina cebadora, y volvamos a lo de la Torre. ¿Podrías identificar a alguna de las personas que viste?

—No, lo siento. Estaba muy oscuro y no me fijé en sus caras para que ellos tampoco se fijasen en la mía .

Al ver que ninguno de los policías intervenía, Javier siguió con su relato.

—Cuando llegó mi cita, le di la mercancía, me dio el dinero, y se fue. No estuvimos juntos ni cinco minutos. Como hacía buena noche, en vez de volver a casa, me quedé dando un paseo con Beke.

—100 gramos serán unos 5.000 o 6.000 euros, ¿no? —preguntó Quijada—. ¿No te asusta andar con tanto dinero por la noche?

—Sí, como era bastante, se lo dejé en 5.000 euros. Y no me asusta llevarlo porque estoy acostumbrado a esas cantidades.

—Lo que decía, el crimen está bien pagado —repitió Jacinto.

Quijada recordaba que la autopsia había indicado que la muerte se produjo en torno a las doce, así que lo más probable es que cuando llegó Javier, el asesino ya no estuviese por allí. A pesar de esto, quiso confirmarlo con él.

—Y en esa hora, desde la una, hasta que encontraste al niño a las dos, ¿no viste a nadie sospechoso?

—Qué va. De hecho, a partir de la una y media nos quedamos solos Beke y yo.

—No nos estás ayudando mucho —le reprochó Jacinto .

Javier, que se había ido tranquilizando a medida que contaba lo sucedido, empezó a ponerse nervioso otra vez, y su voz volvió a sonar como la de un niño prelacrimoso.

—Les he contado toda la verdad, lo juro.

Ya lo hice la primera vez. Sólo omití lo de la fariña porque no era relevante para el caso.

Jamás se me habría ocurrido ocultar información en un delito de este tipo.

De verdad que les he contado todo lo que sé, incluso cosas que me perjudican, ¿qué más puedo hacer?

A Jacinto no le gustaba Javier Blanco. No soportaba a las personas que se creían los reyes del mundo cuando las cosas iban bien, y se volvían miserables cuando se torcían.

Y Javier era de esos. El día que lo conocieron, a pesar de lo horrible de la situación, los trató con cierto desdén y los tuteó.

Hoy, en cambio, que se veía en peligro, se arrastraba como un gusano, y casi se dirigía a ellos como ilustrísimos.

A pesar de esto, como Jacinto era un hombre de palabra, o intentaba serlo, pensó que debía mostrar cierta misericordia con él.

—Insisto en que no nos has ayudado demasiado, pero, por esta vez, vamos a dejarlo pasar.

Javier recibió las palabras de Jacinto como un aflojamiento en la cuerda de la horca que sentía alrededor de su cuello desde el momento en el que se encontró con los policías en el portal de su casa.

—A cambio vas a tener que hacer algo por nosotros.

—Lo que sea, lo que sea.

—A partir de ahora, vas a ser nuestro informador.

Vas a seguir con tus trapicheos, y vas a seguir haciéndolos en la zona de la Torre.

Cuanto más tiempo pases allí, mejor. Y en cuanto veas a alguien sospechoso, o algo que te resulte extraño, o te llame la atención, nos llamas inmediatamente. ¿Entendido?

—Sí, sí, claro, lo que sea.

—Muy bien, aquí te dejo mi tarjeta. Inmediatamente, en cualquier momento, a cualquier hora. ¿Entendido?

—Sí, sí. Inmediatamente, en cualquier momento, a cualquier hora. Gracias, muchas gracias.

—No nos las des tan pronto —Jacinto parecía leer la mente de Javier—. Te hemos aflojado la cuerda de la horca, pero aún la tienes alrededor del cuello. Así que cumple con tu parte.

—Lo haré, les aseguro que lo haré.

—Muy bien. Una cosa más: ¿te importaría darnos tu número de teléfono por si tenemos que llamarte por algún motivo?

—Por supuesto que no, ahora te lo paso en un mensaje .

Quijada también era un hombre de palabra, pero, además, era extremadamente respetuoso con las normas y procedimientos, que seguía a rajatabla. Por este motivo, al salir del apartamento, se sintió en la obligación de comentar su opinión.

—Chinto, ¿no crees que deberíamos llevarlo a comisaría y cursar la denuncia? Este no es un pequeño camello, en la bolsa había un kilo, por lo menos.

—Pero vamos a ver, Miguelito, ¿A qué estamos? ¿a setas o a Rolex?