Atlántico Oscuro XII
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XII

Llevaban más de cuatro horas sentados en el coche, Jacinto en el asiento de conductor y Quijada en el de copiloto. Era la una de la tarde de un domingo gris y lluvioso. Uno de esos días en los que en pocos sitios se está mejor que en casa.

—¿Quieres que vaya a por algo de comida? —se ofreció Quijada.

—Sí, a por unos donuts, como si fuésemos americanos. Qué va. Además, seguro que en cuanto salieses, aparecería. Manda cojones que tengamos que ser nosotros los que estemos aquí, con todos los que están en la comisaría tocándose los huevos.

Jacinto le había pedido al comisario que estableciese un operativo para vigilar a Javier, la persona que había encontrado al niño muerto. Sin embargo, Vázquez no creía que el chico estuviese relacionado con el crimen, así que prefirió emplear sus recursos humanos en otras tareas.

—Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

—Sí, lo malo es que siempre somos los mismos —se quejó Jacinto.

—¿De verdad crees… ?

—No lo sé, pero hay algo en él que no me cuadra.

En ese momento, el sospechoso salió del portal de su casa y se dirigió a un utilitario aparcado a unos diez metros, en la misma acera. Jacinto arrancó el coche y esperó unos segundos antes de seguirlo.

—Lo ves, si llegas a ir a por comida, nos quedamos sin pescao.

La pareja de policías siguió a Javier a una distancia prudencial para que no detectase su presencia.

Después de circular por unas cuantas callejuelas estrechas unidireccionales, desembocaron en el Paseo Marítimo, que recorrieron hasta llegar al Estadio de Riazor, donde giraron a la izquierda para dirigirse a la Tercera Ronda, que les llevó a la autopista AG-55, la autovía libre de peaje más cara de España.

En la autopista tomaron la salida 33, Carballo (norte).

—Fíjate, venimos a tus orígenes —apuntó Quijada—. Bonito pueblo.

Jacinto se echó a reír.

—De Carballo se pueden decir muchas cosas, menos que es bonito. Gracias por tu cortesía, pero todos los carballeses sabemos y aceptamos lo que hay. Nos consolamos diciendo que Carballo no es bonito, pero los alrededores, sí .

—Es la primera vez que oigo a alguien decir que su pueblo no es bonito.

—Parece ser que el antiguo ayuntamiento y la antigua iglesia sí lo eran, pero los derribaron cuando yo tenía un año.

El annus horribilis de Carballo. Creo que los de mi generación tenemos un trauma con eso, las miles de veces que hemos escuchado “ay, el ayuntamiento y la iglesia viejos sí que eran bonitos, desde luego, mira que tirarlos”.

Es nuestro pecado original, cumplimos una penitencia por la mala cabeza de nuestros padres.

Lo malo es que, a diferencia del cristianismo, nosotros no tenemos un bautismo que lo borre. Nuestro bautismo es emigrar.

Javier aparcó su coche enfrente de una panadería situada en la calle Vázquez de Parga, Panadería Carmela, y después de unos minutos salió de la tienda con un mollete de pan y una empanada.

—Como te digo una cosa, te digo la otra. El pueblo bonito, no es. Eso sí, tenemos uno de los mejores panes de Galicia —presumió Jacinto—. Ya me está cayendo mejor este chaval.

—Seguro que el pan está muy bien, pero venir un domingo por la mañana hasta aquí, sólo para comprar pan…

—Hoy en Carballo es domingo de feria. Seguro que compra algo más.

Todos los jueves, y el segundo, cuarto y quinto domingos del mes, hay un mercadillo en Carballo.

La Praza do Concello se llena de puestos, fundamentalmente, de productos agrícolas que cultivan los vecinos de las aldeas cercanas: patatas, lechugas, grelos, fruta, judías…

También se venden algunos animales como pajaritos, pollitos o gallinas, y unos cuantos productos artesanales de madera.

Sin embargo, después de comprar el pan, Javier no fue al mercadillo, sino que se dirigió al poblado de la Colina.

—¿A dónde va ahora? —preguntó Quijada.

—Esto es territorio cheroqui. Para comprar aquí no hace falta que sea feria. Estos están abiertos 24 horas.

Quijada había oído hablar de La Colina porque era uno de los centros de droga más importantes de la provincia, pero nunca había estado allí.

Le sorprendió el contraste entre los distintos tipos de viviendas.

Chalés casi de lujo, pequeñas casas de planta baja y chabolas construidas con retales de materiales de construcción, y de otros elementos que, aunque no eran de construcción, hacían esa función: somieres, bañeras, neumáticos…

A pesar de las notables diferencias entre las edificaciones, todas tenían algo en común: ninguna estaba totalmente finalizada.

Algunas estaban sin recebar, otras, sin pintar, la mayoría pendiente de terminar el cierre…

Parecía que sus habitantes se resistían a convertirse en una tribu totalmente sedentaria .

—Aquí se han expedido pocas licencias de primera ocupación —comentó Quijada.

—Sí, por esta zona no se prodigan los funcionarios de urbanismo.

A diferencia de las casas, los coches que estaban aparcados en las mismas, sí eran muy parecidos, todos de alta gama y alta cilindrada. Otro aspecto que daba cuenta del origen nómada de los lugareños.

—Lo que se ahorran en la casa, se lo gastan en el coche —observó Quijada.

—Estos siempre están preparados para dejar todo y salir corriendo. Eso sí, seguro que hay más coches que carnés de conducir. Son incapaces de sacárselo. La mayoría de los que están en la cárcel, no es por narcotráfico, sino por delitos contra la seguridad vial.

Javier aparcó el coche frente a una casa de planta baja, que más que una vivienda, parecía una pequeña nave industrial abandonada.

Las paredes estaban construidas con bloques de hormigón y el tejado con fibrocemento, que, por la antigüedad del mismo, probablemente estaría compuesto por fibras de amianto.

Sus habitantes anteponían sus necesidades inmediatas a un cáncer a medio plazo.

—Está tardando bastante en salir, ¿no? —preguntó Quijada .

—Es que tienen que ir a por la droga, que no la guardan en la casa.

Con eso son muy cuidadosos. Esa casa pertenece a la familia Butano, uno de los clanes más importantes de Galicia en el tráfico de drogas, pero, como te he dicho, tienen más detenciones por conducción temeraria que por posesión de estupefacientes.

Al cabo de unos veinte minutos, Javier salió de la casa con una bolsa de plástico, y se subió al coche, sin percatarse de la vigilancia de los policías. Estaba bastante más alegre y excitado que antes de entrar.

—¿Qué hacemos? ¿Lo detenemos?

—Aquí, imposible —contestó Quijada—. Tú y yo solos no saldríamos vivos. Tenemos que esperar.

Javier regresó a su casa por la misma ruta por la que había hecho el camino de ida, exceptuando la visita a la panadería.

Hasta pudo dejar el coche en el mismo aparcamiento en el que lo había dejado unas horas antes.

Es mi día de suerte —pensó— con lo difícil que es aparcar en esta calle.

Desde luego, no se imaginaba que también era el día de suerte de otras dos personas.

—Vaya, vaya, qué casualidad —le soltó Jacinto, interponiéndose en su camino.

—Buenas tardes —añadió Quijada .

Javier tardó unos segundos en darse cuenta de que los que le hablaban eran los policías que lo habían interrogado hacía unos días cerca de la Torre de Hércules.

Instintivamente, soltó la bolsa de plástico que había ido a buscar a la Colina.

El pan y la empanada, en cambio, los agarró con más fuerza.

—Se te ha caído eso —dijo Jacinto, señalando la bolsa—. Recógelo o tendremos que sancionarte por tirar basura en la calle.

—Perdón, se me ha resbalado, es que voy tan cargado… —contestó Javier, rezando para que a los policías no se les ocurriese mirar lo que había dentro—. Pues sí que es casualidad. Hasta ahora no os había visto por el barrio. ¿Venís mucho por aquí?

A Jacinto se le escapó una carcajada.

—Joder, macho, ¿cómo que si venimos mucho por aquí? Parece que estuvieses ligando con nosotros. Sólo te falta preguntar si estudiamos o trabajamos. Pues no, no venimos mucho por aquí. Lo que pasa es que llevamos todo el día siguiéndote.

Esta vez, además de la bolsa, Javier también soltó el pan y la empanada. Incluso estuvo a punto de soltar algún fluido interno. Sabía que la pena por transportar un kilo de cocaína podía ir de seis a nueve años.

—Es que yo… no… porque… no sabía… no… —fue incapaz de articular una frase con sentido .

—Tranqui, tranqui, que necesitamos entender lo que dices. Si te pones así, va a ser más difícil para todos. Vamos a ver, esto podemos hacerlo por las buenas o por las malas, ¿cómo prefieres?

—Por… por… por… las buenas —consiguió responder Javier después de un esfuerzo titánico.