Atlántico Oscuro XI
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XI

—Todas las de las princesas Disney.

Jacinto no había sabido elegir cuál era su película favorita, pero en cuanto le devolvió la pregunta a Gloria, una exuberante morena venezolana que acababa de llegar al Harén, ella no dudó en responder.

—¿Y cuál es tu princesa preferida? —quiso profundizar el inspector mientras acariciaba la pierna izquierda de la prostituta.

—Bella y Jasmine.

El policía se echó a reír.

—¿Qué pasa? —preguntó ella sorprendida, como si hubiese dicho una tontería.

—Me hace gracia que, de entre todas, hayas elegido a esas dos. Una se enamoró de un monstruo y la otra de un ladrón.

—Nunca lo había pensado.

Jacinto se giró hacia Quijada, que estaba sentado a su lado, y le dijo :

—Las putas son seres extraordinarios. Con todas las hostias que les da la vida, y siguen soñando con convertirse en princesas.

—Pretty Woman ha hecho mucho daño.

A continuación de Quijada se acomodaba una compatriota de Gloria que había llegado en el mismo vuelo que ella desde Caracas. El policía no le prestaba demasiada atención, así que la joven, dando el caso por perdido, se entretenía jugueteando con el móvil.

—¿Qué pasa, Miguelito? ¿No te gusta tu puta? Si prefieres la mía, te la cambio, que a mí me vale cualquiera de las dos.

—No es eso, la chiquilla está muy bien, es que este no es mi tema, ya lo sabes.

Jacinto se le quedó mirando preguntándose a qué tema se refería. ¿A las mujeres? ¿A las putas?

—Para empezar, no soy partidario de pagar por sexo o por compañía. Y, para acabar, me incomoda su comportamiento tan impostado. Admiro su profesionalidad, pero son excesivamente encantadoras y complacientes.

—Y tanto que lo son. Es lo que tienen que hacer. Para llevar la contraria, ya están las novias y las esposas. Ja, ja, ja. Era lo que nos faltaba, venir a los putis a discutir.

La risa de Jacinto contagió a Quijada, que no pudo evitar sonreír .

—El trabajo más antiguo del mundo, y vas a venir tú ahora a decirles cómo llevar su negocio.

—Por supuesto que no, está claro que así no les ha ido mal. Simplemente digo que yo prefiero la naturalidad.

—Yo también prefiero las naturales, pero tampoco le hago ascos a las operadas. Ja, ja, ja. Como estas. Ja, ja, ja.

Y tras la risa, se puso a manosear los pechos de su acompañante, que se dejó hacer, solícita.

—Ay, mi amor, ¿por qué no subimos un ratito para que puedas tocarme todita?

La idea no desagradó a Jacinto. Sin embargo, una necesidad fisiológica motivada por los abundantes vasos de Lepanto que se había bebido le obligó a pasar previamente por el baño.

—Antes de nada, tengo que ir a evacuar, que mi vejiga y mi próstata ya no son lo que eran. Miguelito, cuida de las señoritas en mi ausencia.

Gloria, al quedarse sola, en lugar de tirar de móvil, como su compañera, se acercó al policía y comenzó a acariciarle el pelo.

—Uy, me parece que este papá es un poco tímido. A ti te gusta que seamos las mujeres las que llevemos la iniciativa, ¿verdad ?

Después, cogió suavemente la mano derecha de Quijada y la puso sobre su muslo izquierdo, invitándole a que fuese ascendiendo con ella hasta la zona de intersección con la otra pierna.

El policía rechazó el lujurioso ofrecimiento y volvió con su mano al vaso de cerveza, que se llevó a la boca para refrescarse con un generoso trago.

—Ay, papito, que aún eres más tímido de lo que yo pensaba. ¿O es que te ha entrado la sed de repente?

—¿Qué tal con mi amigo? —Quijada, incómodo con la situación, intentó desviar la conversación hacia Jacinto.

—Ay, muy bien —mientras le respondía seguía masajeándole la cabeza— es un auténtico caballero.

—¿Un caballero?

—Ay, sí, mi amor. Tan acostumbrada a tratar con patanes, que estar con un señor tan educado le hace sentir a una como una princesa.

Si Brañas le parecía un galán, a saber con quién habría tenido que lidiar anteriormente. Pobre mujer, pensó Quijada.

—Ya estoy de vuelta. Qué alivio, pensé que me reventaba la vejiga, la tenía como una bota de vino. Joder, Miguelito, me voy un momento y aprovechas para intentar levantarme a la jaca. Hazte a un lado, anda, que corra el aire .

Quijada, que no se había movido de su sitio, continuaba pegado a la chica del móvil, así que fue Gloria la que se desplazó para hacer hueco al inspector.

—No te imaginas lo que me acaba de pasar.

Los putis son los lugares más surrealistas del mundo…

Entro al baño y me encuentro a un tipo lavándose los dientes con una energía y un fervor que no había visto en mi vida.

Ras, ras, cepilla que te cepilla durante varios minutos como si le fuese la vida en ello.

Y cuando termina, no contento con el cepillado, saca un colutorio y se enjuaga la boca durante un buen rato.

Al terminar, me mira, y, aunque yo no le había dicho nada, por mi cara de sorpresa se ve en la obligación de darme una explicación, y va y me dice: “Ya que uno es feo, al menos que no le huela el aliento”.

Ja, ja, ja. ¿No te parece genial? Lo que te decía, surrealismo puro. ¿Cómo no pueden gustarte estos sitios?

En eso tenía razón Chinto —pensó Quijada—. Algunos personajes que te encuentras en un prostíbulo son difíciles de encontrar en otro lugar. Sin embargo, a él, normalmente, este tipo de personajes no le interesaban lo más mínimo.

—Bueno, ya está bien de cháchara. Miguelito, gracias por la compañía. Yo ahora voy a follarme a estas dos, y mañana vamos a ir a ver al marica ese que encontró al crío.