Atlántico Oscuro X
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Una mesa de trabajo puede dar mucha información sobre la personalidad del que la utiliza.

Así era, al menos, en el caso de Quijada.

Daba igual la época del año o el momento del día: Navidad, verano, por la mañana, antes de comer, a última hora…

, la mesa de Quijada siempre estaba lista para aparecer en un catálogo de muebles de oficina minimalista.

—Miguelito, ¿me pasas esa grapadora que tenemos a medias?

En lo referente al orden, Jacinto era totalmente opuesto a Quijada.

En realidad, hasta que ingresó en la Policía era muy metódico y de rutinas predecibles, características que, por supuesto, le vinieron muy bien para aprobar la oposición.

Sin embargo, en cuanto lo destinaron al País Vasco, lo primero que le recomendaron fue que no tuviese itinerarios y horarios fijos.

Eso fue el comienzo, pero su verdadero ingreso en el caos se produjo al conocer a Inma.

No era posible estar con una mujer así y llevar una vida ordenada.

Cómo han cambiado las cosas, pensaba últimamente Jacinto: yo, que era como un reloj, me tuve que hacer anarquista por ella, y ahora me deja porque no soy un hombre de bien.

—Toma.

Quijada le pasó la grapadora a Jacinto, esperó a que terminase de usarla, después se acercó a la mesa de su compañero para recuperarla y volvió a ponerla en su sitio.

En una clasificación bastante gruesa, Jacinto dividía a la gente en tres grandes categorías: los hijoputas, las personas y, por último, los begoños, porque Begoña era como se llamaba su madre.

Los hijoputas, que también denominaba los pascuales, en honor a su padre, eran los peores seres del mundo.

Auténticos hijos de puta, como su nombre indicaba.

Sádicos que disfrutaban haciendo el mal y provocando dolor ajeno.

Eran, sobre todo, asesinos, violadores, políticos y algún profesor de universidad.

Las personas formaban el grupo más amplio.

Eran los que generalmente buscaban su propio interés, pero que estaban dispuestos a realizar sacrificios por el bien de los demás.

Aunque estos sacrificios tenían que ser pequeños y de corta duración.

Estos destellos de generosidad les permitían considerarse a sí mismos buenos, buenas personas.

Sin embargo, para Jacinto no eran ni buenos ni malos.

Y, por último, estaban los begoños, ángeles en la tierra.

Los begoños eran individuos tan generosos que, en todo momento, anteponían el bienestar de los demás al suyo propio.

Cuando hacían o decían algo, siempre conseguían que los que estaban a su alrededor se sintiesen mejor.

Este era el grupo más reducido. De hecho, Jacinto, en toda su vida, únicamente había conocido a dos miembros.

Una, evidentemente, era su madre. El otro era Quijada.

—Miguelito, venga, tenemos que irnos.

A pesar de que eran muy distintos, Jacinto le caía bien a Quijada.

Además, se entendían y habían conseguido adaptarse el uno al otro y formar un buen equipo.

El mérito, por supuesto, era de Miguel, que se había adaptado mucho más que Jacinto.

No le había costado hacerlo, en primer lugar, porque era de naturaleza generosa, y, en segundo, porque respetaba a su compañero.

Quijada era un hombre de códigos, y Jacinto tenía uno.

Cierto que no coincidía con el suyo, pero era un código, al fin y al cabo.

Y cuando alguien sigue un código, puedes predecir cómo se va a comportar en determinadas circunstancias críticas.

Los códigos obligan, y generan certezas.

Sin código, en cambio, sin coherencia, no hay nada seguro.

Cualquier situación se convierte en una ruleta rusa que puede acabar reventándote los sesos.

—Tengo pendiente entregarle un informe a Vázquez.

Jacinto no dijo nada, simplemente comenzó a andar hacia la puerta.

—Ya lo haré más tarde —se dijo Quijada a sí mismo. Y se apresuró para alcanzar a Jacinto antes de que saliese de la comisaría.

—Es que me ha llamado Fidalgo. Me ha dicho que su mujer quiere hablar con nosotros.

Fidalgo vivía en una de las mejores zonas de Coruña, en el paseo del Parrote, en una casa de piedra y galerías con vistas al puerto deportivo.

Su sueldo de juez, aunque elevado para un funcionario, no le habría permitido vivir en esa calle, en la que compartía vecindario con uno de los hombres más ricos del mundo.

La casa venía por parte de la mujer, hija única de uno de los alcaldes franquistas de Coruña.

—Menuda choza —exclamó Jacinto—. Muy progresistas, pero les encanta casarse con niñas bien.

—Lo mismo se podría decir al revés. A ellas también les gusta incorporar una oveja negra a la familia. Yo creo que es para poner a prueba su amor. En plan, me quiere tanto que va a ser capaz de cambiar por mí .

Nenuca Astray los recibió sentada en un sillón decimonónico situado frente a una galería con vistas al puerto, en un salón mayor que el piso de Jacinto. De pie, a su lado, estaba Fidalgo.

—Los señores Brañas y Quijada —anunció una criada uniformada con vestido negro, y delantal y cofia blancos.

Fidalgo salió a su encuentro para estrecharles la mano, pero Nenuca esperó a que los policías se acercasen para ofrecerles la suya.

—Sentimos mucho su pérdida —dijo Quijada—. Le agradecemos que acepte recibirnos en estas circunstancias.

—Acabo de enterrar a mi único hijo, así que no se me ocurre nada mejor que hacer. De todas formas, no creo que pueda servirles de mucha ayuda.

—Seguro que sí. Como dicen los ingleses, el diablo está en los detalles —añadió Quijada.

—¿Sabe si su hijo tenía malas compañías? —preguntó Jacinto, directo al grano.

—Por supuesto que no —se adelantó a responder Fidalgo.

—Señoría —Quijada siempre trataba así a Fidalgo, estuviese o no en el juzgado—. También agradecemos su colaboración, pero, como usted sabe, es mejor que conteste directamente su mujer .

—Tienen razón, Manuel. Es mejor que nos dejes a solas.

—Es que…

Nenuca se levantó para acompañar a su marido hasta la puerta y cerrarla después de que él saliese.

Lo hizo con una elegancia exquisita, de forma tan natural que era imposible negarse a sus indicaciones.

Su manera de moverse, de hablar, incluso de mirar, le recordaba a Inma.

A pesar de que ella nunca había querido hablarle de su vida anterior, sabía que su mujer tenía, o había tenido, unos padres de vulgar dinero y noble alcurnia.

—Que yo sepa, sigue con los amigos de siempre. Bueno, este año se incorporó al grupo Luciano, que vino de otro colegio, pero no parece mal chico. ¿Cómo van a serlo, si aún son unos niños? Usted lo conoce, ¿no? Va en el curso de su hijo.

A Jacinto le sorprendió que Nenuca lo tuviese fichado.

—Sí, mi hijo me ha hablado de él, aunque no hemos coincidido.

—Para coincidir con los niños hay que pasarse por el colegio —le reprochó Nenuca.

—Sí, lo que pasa es que con nuestros horarios… —se justificó Jacinto—. ¿Sabe si tenía novia?

—Nunca me dijo nada, pero yo creo que algo había. Últimamente lo notaba más presumido y más preocupado por su aspecto y por su ropa .

Al mirar a Nenuca, Jacinto no podía dejar de pensar en cómo habría sido la vida de Inmaculada Belmonte de no haberse cruzado con él, y, antes de él, con otros de su misma calaña.

De no haber tenido unos compañeros tan canallas, posiblemente, ahora podría estar en un salón similar, en alguna capital de provincia de Andalucía, de donde era originaria.

O puede que en un patio de un cortijo, con caballos, toros y todo lo demás.

De hecho, creía recordar que alguna vez se le había escapado que sabía montar.

—Sabemos que esto es muy difícil para usted, pero ¿podría contarnos qué pasó el día de la desaparición? —preguntó Quijada con el tono más respetuoso que pudo—. ¿A qué hora lo echó en falta, qué hizo al hacerlo…?

Nenuca suspiró un momento antes de asentir. A pesar de que había tenido una vida económicamente cómoda, se notaba que era una mujer fuerte. Pero nadie es tan fuerte como para rememorar la muerte de su único hijo sin mostrar alguna debilidad.

—Claro. Mi hijo acaba el entrenamiento a las siete y llega a casa en torno a las siete y veinte.

Antes iba yo a recogerlo, pero al cumplir los catorce, hace hoy exactamente un mes, se empeñó en venir solo.

Yo no quería dejarlo porque lo veo muy pequeño, pero su padre insistió en que tenía que empezar a desenvolverse por sí solo. Si no le hubiese hecho caso …

En este momento, su aparente entereza de cartón piedra se vino abajo, y se puso a llorar.

Fue un llanto muy contenido, casi silencioso, con muchas lágrimas y pocos sollozos.

Tan discreto y avergonzado, que los dos policías no supieron cómo comportarse.

Quijada se llevó la mano al bolsillo para coger su pañuelo, pero, finalmente, no se atrevió a dárselo.

Jacinto tampoco supo qué hacer, por lo que los dos policías se limitaron a esperar.

Poco a poco, Nenuca consiguió recuperarse y continuó como si nada hubiese pasado.

—A las siete y veinticinco, empecé a preocuparme, y lo llamé.

No respondió, el teléfono me dio apagado o fuera de cobertura.

Me preocupé más, porque Gabriel siempre está muy pendiente de tener el teléfono cargado.

Así que llamé a su padre. Más de veinte veces.

Tampoco me contestó. Probé con sus amigos, y Luciano me dijo que no había vuelto con ellos.

Como entenderán, a esas alturas estaba desesperada.

Nenuca dirigió una mirada a la amplia cristalera del salón antes de continuar.

Los reflejos del sol en el agua y el suave balanceo de los barcos en el puerto la tranquilizaban y acunaban su alma.

Inconscientemente, le vino a la cabeza una imagen de cuando era niña, cuando en el puerto, en lugar de blancos barcos de recreo, había coloridos barcos de pescadores.

Se entristeció al darse cuenta de que, a partir de ahora, su vida únicamente iba a ser eso, una vida de recuerdos.

—Llamé al resto de amigos, a sus padres, al entrenador, mandé mensajes a todos los grupos de WhatsApp, pero nadie sabía nada de mi hijo.

Mi marido seguía sin contestar, así que decidí llamar a la policía.

Era todo tan reciente que no me hicieron caso.

En realidad, Gabriel sólo se estaba retrasando unos minutos.

Si les hubiera llamado mi marido, el gran magistrado, seguro que se hubiesen puesto firmes y habrían salido a buscarlo, pero yo tan sólo era una madre sobreprotectora que se preocupaba más de lo normal.

No dejo de pensar que quizá tenía que haber hecho algo más.

—No se puede hacer más de lo que usted hizo —intentó consolarla Quijada—.

Trate de no culparse… Y tampoco debería culpar a su marido.

Como ha dicho, era todo muy reciente, por lo que no creo que si nos hubiese llamado él hubiésemos hecho nada hasta pasadas unas horas.

Además, su único pecado fue estar trabajando.

—¿Trabajando? Ya veo que no se lo ha contado. Es normal, no tiene por qué hacerlo. No estaba trabajando, estaba con su querida.