IX
—¿Te apetece que demos un paseo hasta la Torre?
—¿Podemos? —preguntó Alfredo.
—Claro. ¿Por qué no vamos a poder?
Jacinto se hizo el sorprendido, pero lo cierto es que hasta entonces, Inma nunca le había dejado salir de la plaza para poder observarlos desde la ventana. Sin embargo, hoy, al ver al padre de su hijo tan limpio y aseado, con tan buen aspecto, sintió que podía darle algo más de cuerda.
Además, para el niño sería más cómodo charlar dando un paseo, que hacerlo en la terraza de alguno de los bares de la plaza.
Era inevitable que en algún momento de la conversación se tratase la muerte de Gabriel, e Inma no quería que padre e hijo estuviesen cara a cara, como en un interrogatorio.
Prefería que lo hiciesen mirando cada uno a su punto preferido del horizonte.
—¿Cómo estás?
—Muy mal, todos lo estamos. Ayer volvimos a clase, porque estuvimos sin ir unos días. Y fue muy extraño. El colegio no parece el mismo. Es todo mucho más triste. Cada dos por tres, alguien, de repente, se pone a llorar. Y no sólo los alumnos, también lloran algunos profesores.
—¿Y tú?
—Yo, no. Estoy muy triste, pero no lloro.
—Sabes que no pasa nada por llorar. A veces sienta bien hacerlo.
—Lo sé, pero yo no lo hago.
Cuando Jacinto le propuso a su hijo ir hasta la Torre, no se dio cuenta de que era allí donde habían encontrado muerto al niño.
Afortunadamente, ya habían retirado las cintas que delimitaban la escena del crimen, por lo que no había ninguna señal que recordase el suceso.
Para los numerosos turistas que había en las inmediaciones, era como si nada hubiese ocurrido.
Los primeros días, sí se formaron abundantes grupos de gente alrededor de las balizas de la policía.
Incluso se amontonaron unos cuantos ramos de flores y peluches a los pies de la estatua de Breogán.
Sin embargo, después de una tormenta que dejó las flores deshechas, y los peluches empapados y sucios, el ayuntamiento decidió que era mejor retirarlo todo, porque, más que de homenaje y de consuelo, el aspecto del improvisado altar era de derrota y abandono.
—¿Lo conocías?
—Sí, no íbamos en la misma clase, pero es un cole pequeño. Además, habíamos compartido clase en cursos anteriores. Y también coincidíamos en el equipo de fútbol.
—No sabía que estabas en el equipo. Ni tu madre ni tú me dijisteis nada.
—Empecé a principios de año. Precisamente fue por Gabriel. En el recreo jugábamos partidos una clase contra la otra, y como le parecía que yo jugaba bien, me recomendó entrar en el equipo. Se lo comentó a su entrenador, fui un día a entrenar, y me cogieron.
—¿Erais amigos?
—Yo no diría tanto. Nos caíamos bien.
—¿Cómo era?
Jacinto hizo la pregunta porque creía que era bueno que su hijo se soltase y hablase del tema, porque sabía, por experiencia propia, que era mejor verbalizar los traumas que guardárselos para uno. En esta ocasión, no tenía motivaciones policiales.
—Era muy buen chico. Como te dije, yo empecé en el equipo por él. Muy responsable, sacaba muy buenas notas.
—Ejemplar.
—Sí, incluso era guapo y simpático.
—Entonces, más que ejemplar, era perfecto.
—Sí. Hasta hace un par de meses .
—¿Qué pasó?
Esta pregunta sí la hizo por interés profesional. No quería que su hijo se sintiese presionado, pero le salió de forma automática, instintiva, como un tiburón que huele sangre.
—Como sabes, estamos en una edad de cambios, de muchos cambios.
—Eso no es malo. Para poder ser un hombre, hay que dejar de ser un niño.
—Por supuesto. El problema es cuando ese paso se quiere hacer demasiado rápido, y antes de tiempo.
A Jacinto le sorprendió la sensatez de su hijo. Teniendo un padre como él, no se explicaba que su hijo fuese tan formal.
—¿A qué te refieres? ¿Alcohol, drogas?
—Sí, él y su grupo de amigos comenzaron a beber y a fumar porros. Pero no es sólo eso. Yo creo que estaban un poco obsesionados con el sexo.
Jacinto intentó quitarle importancia a esto último.
—Bueno, es normal que a vuestra edad comencéis a tener curiosidad por esos temas. Ahora mismo sois una bomba de hormonas con patas .
—Lo sé. Si yo también pienso en el sexo, y me masturbo de vez en cuando. Pero lo de ellos no era curiosidad, ni interés, ya te digo, era obsesión. Estaban todo el rato viendo vídeos en el móvil y no hablaban de otra cosa. Hasta utilizaban motes de actores porno para llamarse entre ellos.
A Jacinto le alegró saber que, aunque fuese formal, su hijo también se hacía pajas como cualquier niño normal a su edad.
—¿Se lo has contado a tu madre?
—¿Lo de la masturbación?
Jacinto se quedó mirando a su hijo, preguntándose si era tonto. Hasta que Alfredo se echó a reír.
—Qué capullo eres.
—No le he dicho nada porque no quiero preocuparla. No quiero que piense que mis compañeros de cole son unos depravados.
—Pues hazlo. Más se va a preocupar si se entera de que le ocultas estas cosas. Por cierto, ¿sabes si Gabriel tenía novia?
—Creo que no. Aunque en el vestuario alguna vez le oí decir que se tiraba a una tía, pero no sé si era cierto o lo decía para presumir.
—¿Cómo era la chica ?
—No lo sé, únicamente decía que estaba muy buena y que era mayor que él.
—Si es verdad, supongo que sus amigos más cercanos sí la conocerán o, al menos, sabrán algo más de ella.
—Papá, al final esto se está pareciendo a un interrogatorio, seguramente más suave que los que haces habitualmente, pero, al fin y al cabo, un interrogatorio.
—Perdona, tienes razón. Antes de verte, me hice el firme propósito de no agobiarte con preguntas sobre este tema, y no he sido capaz. Disculpa.
—Tranquilo, lo decía como una observación, no como una queja. Pregunta lo que quieras. Haré todo lo que pueda para ayudar a encontrar al asesino.
Jacinto cada vez estaba más orgulloso de su hijo.
—Simplemente me gustaría saber el nombre de alguno de los amigos cercanos de Gabriel.
—El círculo más íntimo estaba formado por Gabriel y tres más: Miguel, Rafael y Luci, Luciano. Es un repetidor que vino rebotado de otro colegio. Creo que fue el que los metió en lo de los porros. Luciano Sata, aunque entre ellos lo llaman Rocco, por el actor porno, ya sabes .
Jacinto pensó que era mejor no hacer ningún comentario sobre si sabía o no sabía lo del actor porno, y tampoco creyó necesario preguntarle a su hijo por qué lo sabía él.
—Quizá debería hablar con este tal Rocco.
—Va de malote, y es algo mayor que nosotros, pero sigue siendo un niño. No seas duro con él.
A Jacinto le entraron ganas de llorar. Cómo era posible que un hijo de él fuese así. Ahora aún quería más a Inma.
—¿Va a continuar la liga? ¿Vas a seguir jugando?
—Supongo que sí. ¿Por?
—Avísame para el siguiente partido. Quiero ir a verte.