VIII
Era una de esas mañanas en las que toda Coruña olía a mar.
A Jacinto le gustaban esos días. Aunque nunca se había subido a un barco, se sentía marinero.
Todos los gallegos, en el fondo, se sienten un poco así.
Hasta los de Orense, que tienen el puerto más cercano a casi cien kilómetros, tienen una relación especial con el mar.
Azul, verde, océano, arena, lluvia, montes, praderas, pescado, marisco, vacas, patatas, castaños, carballos, pinos y, desde hace algunos años, eucaliptos.
Da igual que sean de costa o de interior, de ciudad o de aldea: todos los gallegos se identifican con cada una de estas palabras. Eso es Galicia.
A pesar de que tenía plaza de garaje, Jacinto nunca aparcaba en ella.
Prefería dejar el coche en la calle para poder darse un paseo hasta él y poder respirar el aire de la mañana.
Cuando volvía del trabajo, no le importaba tener que dar varias vueltas antes de aparcar porque nunca tenía prisa por llegar. Ya nadie le esperaba en casa.
Había días en los que, en lugar de a mar, olía a refinería. Y también le gustaba ese olor. Le recordaba que Coruña tenía una parte oscura, y que para poder vivir en ella, a veces había que taparse la nariz.
Hoy había quedado con Inma para hablar sobre su ruptura.
No lo habían hecho desde la noche en la que no le dejó entrar en casa porque pretendía terminar la fiesta allí, borracho como una cuba y acompañado por Celeste.
Afortunadamente, Jacinto se tomó bien la prohibición y no montó ningún escándalo, por lo que su hijo Alfredo no se enteró de nada.
Gracias a esto, había podido verlo algún fin de semana, siempre en el parque situado delante de su antigua casa, y con Inma controlando el encuentro desde la ventana del salón.
Lo primero que hizo al entrar, como un gesto de buena voluntad, fue dejar sus llaves en el mueble del recibidor.
—Tienes buen aspecto. Confieso que no esperaba verte así.
Jacinto se había preparado para la ocasión: afeitado y con el pelo recién cortado, iba vestido con una camisa blanca y un pantalón azul que había recogido previamente en la tintorería. Hasta se había echado una colonia que le había regalado Inma en uno de sus primeros aniversarios.
—Desde que me echaste de casa no he vuelto a beber. Bueno, en realidad, lo hice una vez —Jacinto era incapaz de mentir a su mujer.
—Espero que fuese por una buena razón .
Inma también tenía buen aspecto. Más que eso, estaba impresionantemente guapa, rejuvenecida varios años. No podía ser sólo el pelo, porque se lo había cortado muy poco, unos cuatro o cinco dedos. Estaba más luminosa, más ligera, incluso parecía más alta.
—Fue la noche en la que encontramos muerto al hijo de Fidalgo. Supongo que te habrás enterado.
—Qué horror. Cómo no iba a enterarme; en Coruña no se habla de otra cosa. Además, iba al colegio con Alfredo.
—¿Qué me dices? ¿En la misma clase?
—No, en el mismo curso, en clases distintas. Pero sólo son dos clases por curso, así que se conocen todos.
—Joder, qué pequeña es esta ciudad. No tenía ni idea. Y Fidalgo tampoco me dijo nada.
—Puede que no quisiese hablar del tema, o puede que tenga el mismo conocimiento de la educación de su hijo que tú del tuyo. Tampoco lo he visto a la entrada o a la salida del colegio, ni en ningún cumpleaños.
Jacinto sabía que el comentario de Inma no escondía ningún reproche por su ignorancia de la vida escolar de su hijo, simplemente planteaba la posibilidad de que Fidalgo se desentendiese de esos temas, como hacía él .
—¿Y cómo está el niño?
—Cómo va a estar. A veces, triste; otras, asustado; enfadado casi siempre.
La mayoría de sus compañeros han recibido tratamiento psicológico, pero yo, de momento, no he querido.
Ya sabes cómo pienso: la vida es dura y hay gente mala, y los niños tienen que saberlo.
Madurar, en parte, es descubrir eso. Pero prefiero que lo aprenda de mí que de un desconocido, por muchos años que haya estudiado, por mucho título que tenga y por muchos pacientes que haya tratado.
Intento que hable conmigo. Sin forzarlo, claro, pero tratando de que esté cómodo y de que se suelte.
Desde lo de Gabriel, no le he vuelto a reñir.
No creo que sea conveniente y, además, no soy capaz.
—Siento no estar en estos momentos.
—No se puede estar a todo.
El aspecto de la casa también había mejorado, aunque los cambios habían sido mínimos.
En el salón había movido el sofá y había vaciado la mayor parte de los objetos que había en el mueble de la televisión, incluidas todas las fotos en las que salía Jacinto.
Había sustituido las cortinas por estores, y, en la pared situada frente a la ventana, había colgado un cuadro abstracto, muy colorido.
—Me gusta cómo ha quedado. Está más…
—He tratado de que se vea más luminoso y más ligero .
Le faltó decir: como yo. Jacinto sí lo dijo:
—Como tú.
La respuesta provocó la risa de Inma. Una risa franca, limpia, sin rencor ni resentimiento. Hacía tiempo que no la veía reírse así.
—No quiero engañarte. Desde que te fuiste me siento mucho mejor, más liberada. Tengo las preocupaciones que tiene que tener una madre de mi edad. Ni una más.
—Se te nota. ¿No me echas de menos? ¿Ni siquiera un poquito?
Inma se giró y se puso a mirar por la ventana.
En el parque, los abuelos comenzaban a ocupar los bancos soleados, dos niñas se balanceaban en sendos columpios, mientras otras dos esperaban su turno impacientes, y unas cuantas parejas de padres primerizos paseaban orgullosos a sus recién nacidos en carritos novísimos e impecables.
Aún no había llegado el grupo habitual de niños de entre ocho y doce años que todos los sábados por la mañana invadían la plaza para organizar un partido de fútbol a vida o muerte, como si se tratase de la final de un Mundial, entre los de la calle de la Torre y los de la avenida de Hércules.
—Tú me gustaste mucho desde el primer día que nos conocimos.
Y con el tiempo me fuiste gustando más. No eras perfecto, ni mucho menos, pero me gustabas como eras.
Todos esos defectos insoportables para la mayoría de mujeres, a mí no me importaban.
Tus borracheras, tus infidelidades, tus largas ausencias…
Todo es o lo compensabas con otras cosas.
Jacinto contemplaba la espalda de Inma sin atreverse a decir nada.
A través de la ventana podía ver cómo los carritos de los bebés iban desapareciendo de la plaza para hacer sitio a dos grupos de pequeños guerreros que, por medio de un simple balón y cuatro montones de cazadoras a modo de porterías, iban a decidir cuál era la mejor calle del barrio de Monte Alto. Al menos, durante una semana.
—Lo que más me gustó de ti es que nunca intentaste salvarme. Nunca me pediste que abandonase la vida que llevaba. Me fuiste acompañando en ese camino, pero sin apurarme o presionarme. Y una vez fuera, jamás te vanagloriaste de que lo hubiese dejado gracias a tu ayuda. Eso fue lo que me enamoró.
Jacinto se acercó a ella y puso sus manos sobre sus hombros, como pidiendo permiso para darle un abrazo.
—Puedo volver a ser ese hombre.
Inma dio un paso al lado para desembarazarse de su antiguo novio.
—Nunca has dejado de serlo. El problema es que yo ya no soy la mujer que era. Las mujeres, cuando tenemos hijos, dejamos de ser mujeres y nos convertimos en madres. Y eso lo cambia todo. He hecho muchas cosas mal en mi vida, pero no estoy dispuesta a ser una mala madre .
Jacinto hizo un último intento. Inma valía ese intento y miles de intentos más.
—Yo también puedo cambiar. Puedo ser mejor.
Inma volvió a reírse.
—De ti se puede decir lo mismo que decía Borges de los peronistas: No eres ni bueno, ni malo. Eres incorregible.