Atlántico Oscuro VII
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VII

Los juzgados estaban a escasos kilómetros de la comisaría, por lo que, tras la llamada de Vázquez a Fidalgo, tardaron menos de diez minutos en llegar.

A los dos policías les extrañó que el magistrado no estuviese acompañando a su mujer para poder consolarse mutuamente.

Los recibió una chica veinteañera, pequeña y regordeta, con el pelo corto y moreno, y unos ojos diminutos escondidos detrás de unas gafas de mucha graduación.

En la expresión de su cara se mezclaban la pena y la estupefacción.

Se notaba que no sabía muy bien cómo comportarse en esa situación.

—Los está esperando. Acompáñenme, por favor —fue lo único que dijo. Ni un saludo, ni una presentación, ni un comentario sobre el asesinato o sobre el estado de ánimo del juez. Nada más allá de esas seis asépticas palabras.

Y, después de introducirlos en el despacho de Fidalgo, tampoco dijo nada. Simplemente miró a su jefe con una mirada trágica, y cerró la puerta en silencio.

Manuel Fidalgo era el juez más respetado de los juzgados de lo penal en Coruña.

Tenía la cara estrecha y afilada y una cabellera muy abundante, teniendo en cuenta su edad, que rondaba los sesenta.

Toda blanca, eso sí. Para hacer compañía al pelo, lucía una poblada barba, también blanca, que le daba un aspecto de magistrado celestial.

De haber llevado una túnica y un juego de llaves en las manos, habría podido hacerse pasar por el mismísimo San Pedro.

—Brañas, Quijada, siéntense, por favor.

Los policías y el juez eran viejos conocidos.

A Fidalgo le encantaba la forma de trabajar de Quijada, extremadamente cuidadoso y respetuoso con las normas.

Por el contrario, los métodos de Jacinto, que la mayoría de las veces anteponía los fines a los medios, y el fondo a la forma, no eran de su agrado.

De hecho, en la última instrucción en la que coincidieron, hacía más de tres años, el juez le pidió al comisario que le abriese un expediente porque un comportamiento del policía, al límite del abuso de autoridad, casi le obligó a anular la investigación.

Ahora, en cambio, le reconfortaba que Brañas fuese el inspector encargado del asesinato de su hijo.

—Señor juez, lamentamos… —Quijada trató de transmitir sus condolencias, pero Fidalgo lo interrumpió antes de que pudiese hacerlo.

—Ahórrense los pésames. Agradezco la intención, pero como pueden entender, no me consuelan lo más mínimo. Con ustedes tengo confianza y puedo mostrarme franco .

—En cualquier caso, le agradecemos su buena disposición para recibirnos —añadió Quijada.

—Si les soy sincero, la verdad es que en estos momentos me da igual dónde estar y qué hacer.

Es como si estuviese viendo una película en la que yo fuese a la vez espectador y personaje, esperando que, cuando aparezca la palabra fin, volvamos al día de ayer y esto haya sido un mal sueño, una horrible pesadilla.

Además, si estoy aquí, no estoy con mi mujer.

Es duro decirlo, pero ahora mismo no me atrevo a estar con ella.

Cuando la miro sé que me culpa por no haber sabido proteger a nuestro hijo.

—Usted no debe…

—Claro que debo —Fidalgo no dejó terminar a Quijada— claro que debo culparme.

Jacinto, que hasta ese momento se había mantenido en un discreto segundo plano, decidió que había llegado la hora de intervenir.

—Sé que no tiene sentido en este caso, pero tengo que preguntarlo. ¿Cree que hay alguien que pueda desear, o alguien a quien pueda beneficiar la muerte de su hijo?

La pregunta de Jacinto fue como un puñetazo en el hígado para Fidalgo. Dolía mucho escuchar en la misma frase, únicamente separadas por una preposición y por un determinante posesivo, las palabras muerte e hijo .

—Gabriel era el hijo ideal. Bueno, listo, divertido… Es imposible que alguien pudiese desear la muerte de un ser así, a menos que fuese el mismísimo diablo.

Jacinto pareció no darle verosimilitud a las palabras de Fidalgo y siguió percutiendo sobre el hígado del juez.

—¿Algún problema con las drogas?

—Brañas, puede que no haya sido muy justo con usted en el pasado; sin embargo, me gustaría decirle que estoy encantado de que sea usted el encargado de este caso.

No dudo que va a poner en él todo su empeño, y que va a hacer lo posible por resolverlo y encontrar el culpable.

Es triste, pero en estos momentos el único consuelo que nos queda es que el asesino pague por su crimen.

—Intentaremos que se haga justicia —dijo Quijada.

—Justicia suena muy bien en abstracto, cuando se refiere a terceros. La realidad es que, cuando le toca a uno, aunque no se diga, no se busca justicia, sino venganza.

—Se hará lo que se pueda. Y lo que no se pueda, también.

—Lo sé, gracias.

A Jacinto los agradecimientos del juez le daban igual; no era de los que buscaban una palmadita en la espalda, su única motivación era encontrar al culpable y hacerle pagar por lo que había hecho.

En todos los delincuentes veía la cara de su padre, y en todos los crímenes, el asesinato de su madre.

Cuando detenía a un criminal, le parecía que compensaba, de alguna manera, la injusticia de su temprana pérdida.

Cada vez que conseguía que un asesino fuese a la cárcel, le daba la impresión de que honraba su memoria, y le gustaba creer que su muerte había servido para algo.

De esta forma, trataba de darle una explicación y dotar de cierto sentido a la aberración de que un niño se quede huérfano de madre a manos de su propio padre.

—¿Puede contarnos qué pasó el día de la muerte de su hijo? ¿Cómo desapareció?

—Esa tarde tenía entrenamiento de fútbol, supongo que lo interceptaron al salir.

—¿Volvía solo?

Jacinto hizo la pregunta como la haría un contestador automático, de una forma totalmente neutra, pero el magistrado no pudo evitar sentir un tono de reproche.

—Siempre había ido a llevarlo y a recogerlo mi mujer, pero cuando cumplió los catorce años, hacía algo menos de un mes, nos pidió hacerlo solo. Ya saben cómo son los niños, quieren sentirse hombres cuando son unos mocosos. La verdad es que yo a su edad …

—Pero los tiempos de ahora no son los de antes —intervino Jacinto, que a los catorce años ya había perdido a su madre, se había tenido que ir a vivir con sus tíos y trabajaba en el taller de su vecino Vicente.

Aunque el comentario de Jacinto seguía teniendo el mismo tono neutro que la pregunta anterior, Fidalgo seguía sintiendo reproches.

—Ya sé que los tiempos no son como los de antes —aunque hizo un esfuerzo enorme por contenerse, fue incapaz de disimular su enfado por las palabras del policía—.

Llevo en estos juzgados más de treinta años, enfrentándome todos los días a ladrones, violadores y asesinos, así que soy perfectamente consciente de cómo han cambiado los crímenes y los criminales.

Pero, por el amor de Dios, ¿tan mal estamos que un niño no puede pasear por la calle a las siete de la tarde?

Jacinto estuvo a punto de responder que el mundo que tenemos es el que hemos creado entre todos.

Y que este mundo sea más o menos seguro depende de los delincuentes que delinquen, de los policías que los persiguen, de los políticos que aprueban los códigos penales que infringen y, sobre todo, de los jueces que, sabiendo que son culpables, muchas veces los dejan libres por insignificantes detalles procedimentales.

—¿Cuándo se dieron cuenta de que podía haberle pasado algo?

—Quijada, que conocía muy bien a su compañero, y que la mayoría de las veces sabía lo que iba a decir antes de que lo dijese, intervino para adelantarse a lo que intuía iba a ser un comentario doloroso.

Después de hacer la pregunta, lanzó una mirada a Jacinto rogándole un poco de compasión.

—Vivimos relativamente cerca del campo en el que entrena, a unos veinte minutos andando. A las siete y media, al ver que no había llegado, mi mujer lo llamó al móvil. Como les decía, hacía poco tiempo que lo dejábamos volver solo, así que estábamos bastante pendientes.

Fidalgo hizo una pequeña pausa en la que parecía que se iba a derrumbar, pero consiguió seguir adelante con su declaración.

—Al no contestarle, me llamó inmediatamente, pero yo estaba revisando la documentación de un caso y tenía el teléfono en silencio para que no me molestasen. No me enteré hasta que llegué a casa en torno a las nueve.

—¿Y qué hizo su mujer hasta entonces? —Jacinto volvía a la carga.

—Llamar a todo el mundo: a los padres de sus compañeros, a su entrenador, a la policía.

Cuando volví a casa estaba desesperada, totalmente fuera de sí.

Yo llamé inmediatamente al comisario, que intentó tranquilizarme.

Supongo que les ordenaría a todos los que estaban de servicio que intentasen encontrar a mi hijo. Pero ya era tarde .

—Sí, el comisario nos avisó a todos —mintió Quijada.

En realidad, ni Jacinto ni él se enteraron de que el cadáver correspondía al hijo del juez hasta la mañana siguiente.

El comisario le dijo a Fidalgo que iba a dedicar todas las unidades a buscar a su hijo únicamente para tranquilizarlo, imaginando que la ausencia se debía más a una travesura que a un crimen.

¿Quién podía imaginar que fuesen a secuestrar a un niño, a un hijo de un juez, en Coruña a las siete de la tarde?

Jacinto se dio cuenta de que Fidalgo no iba a proporcionarles mucha más información sobre el caso, así que decidió intentar ir a beber a otra fuente.

—También vamos a tener que hablar con su esposa.

La petición del policía sorprendió tanto al juez, que no supo qué contestar.

—Usted sabe que las primeras horas en este tipo de crímenes son fundamentales para la investigación —insistió Jacinto, utilizando el mismo argumento que había usado con el comisario cuando le solicitó hablar con Fidalgo.

—Sí, claro —respondió el juez, resignado—. Pero les agradecería que esperasen unos días. Al menos hasta el entierro de mi hijo. Ahora mismo no se puede hablar con mi mujer.

—Por supuesto, nos hacemos cargo —intervino Quijada—. Dentro de unos días… de todas formas, antes de hacerlo, lo ll amaremos a usted para asegurarnos de que es el momento adecuado.

—Gracias, Quijada. Desde la muerte de Gabriel, para mi mujer ya no volverá a haber momentos adecuados; aun así, le agradezco la consideración de consultármelo.

—Muy bien —Quijada, extremadamente respetuoso con la jerarquía, nunca daba por concluida una entrevista hasta que lo hacía su jefe, pero en esta ocasión sintió que tenía que hacerlo—. Muchas gracias por todo, y le reiteramos nuestras condolencias.

—Gracias. Por favor, hagan todo lo necesario para encontrar al culpable.

—Sabe que lo haremos —concluyó Jacinto.

Al salir de los juzgados, Quijada se percató de que Jacinto estaba más absorto que de costumbre.

Normalmente, al terminar un interrogatorio, su compañero siempre manifestaba sus impresiones sobre el testigo o sospechoso, pero esta vez no había dicho ni pío.

Quizá no le había gustado la extralimitación de Quijada, al dar por concluida la visita.

—¿Te ha molestado que lo haya terminado yo?

—Qué va. A esta vaca hoy no íbamos a poder sacarle más leche…

Estaba pensando en cómo cambian nuestras convicciones según estemos de un lado o del otro del mostrador.

Este juez estuvo a pu nto de expulsarme de la policía por unas pajas en mi ojo, y ahora, en cambio, no le importaría tener una viga en el suyo, si esa viga sirviese para encontrar al asesino de su hijo…

A todo el mundo le gusta dárselas de muy ético, e ir todos los días con el traje de la primera comunión recién planchado, blanquísimo e impoluto.

Juzgar a los demás desde la cima de la moralidad, como si fuésemos dioses etéreos y piadosos que se entretienen con los pecados de los débiles y corrompidos mortales.

Y así, hablamos de Justicia, Perdón, Comprensión.

Pero, ay, si resulta que alguno de estos pobres mortales, en lugar de pecar contra otros semejantes, lo hace contra nosotros.

Entonces, desaparece la Justicia y aparece la Venganza, se va el Perdón y viene el Castigo, y se esfuma la Comprensión, que se sustituye por el Desprecio…

Si el delito se comete sobre nosotros o sobre los nuestros, ya no queremos la compañía de un coro de ángeles, sino la de un grupo de malnacidos con las manos sucias, dispuestos a llenarse de mierda para hacer el trabajo sucio.

—¿Y te sorprende a estas alturas? Esto que dices es así desde Caín y Abel.

—No me sorprende, pero es especialmente llamativo en el caso de Fidalgo, que juega a ser el prototipo del hombre justo.

—Hombre, es normal que un juez pretenda parecer justo. Lo contrario sí que sería extraño, además de preocupante… —Quijada hizo una pequeña pausa antes de dejar las divagaciones y ce ntrarse en el caso—. ¿Qué opinas de su declaración?

—Tengo la impresión de que no nos está contando toda la verdad.

—Lo mismo dijiste del chico que encontró el cadáver.

—Lo sé. Ya sabes que por naturaleza soy desconfiado; sin embargo, en este caso he vuelto a sentir lo mismo que con el chico. Creo que nos oculta algo.