VI
Antes de devolverle la llamada a Quijada, se tuvo que tomar un paracetamol y un antiácido. Sentía que dentro de su cabeza unos hijos de puta estaban jugando al frontón, y que dentro de su estómago otros hijos de puta estaban encendiendo un fuego.
—¿Qué pasa?
Quijada no hizo ninguna referencia a la noche anterior, ni se le ocurrió preguntar cómo había acabado, ni por qué no había ido hoy a la comisaría.
—Ya tenemos los datos de la autopsia.
—Pues sí que se han dado prisa esta vez.
—Normal, es que el caso lo merece. A los periódicos no les ha dado tiempo a incluirlo, pero está en los digitales y van a abrir los telediarios con él. No sé quién lo ha filtrado, pero los periodistas ya tienen todos los detalles.
—Me cago en todo. Estamos rodeados de soplapollas, hacen cualquier cosa por dárselas de interesantes e importantes. Así es imposible llevar una investigación.
—Es que el niño era hijo de Manuel Fidalgo.
—¿El juez? Joder, lo que nos faltaba. Menudo circo se va a montar .
—Vázquez está que se sube por las paredes porque no es capaz de localizarte, así que ya puedes inventarte una buena excusa para justificar tu ausencia. Yo le he contado todo lo poco que sabemos hasta ahora, pero no le vale, quiere verte a ti.
—Joder, joder, joder. En veinte minutos estoy ahí.
Jacinto llegó a la comisaría a las 15:30, por lo que la mayor parte de los policías ya se habían ido. Nada más entrar, se encontró con Quijada, que lo estaba esperando. Juntos se dirigieron al despacho del comisario, que también lo estaba esperando.
Aurelio Vázquez era un caso atípico porque toda su vida profesional la había pasado en Coruña, en la misma comisaría que ahora dirigía.
Empezó de policía en la escala básica y fue ascendiendo hasta llegar a comisario.
Aunque, para que le nombrasen comisario, tuvo que desarrollar sus habilidades políticas, venía desde abajo, había hecho mucha calle y era, o al menos lo había sido, un policía de raza.
Por esto, todos en la comisaría, incluyendo Jacinto, lo respetaban.
—No voy a preguntarte dónde estabas porque sé que me vas a mentir, pero sí quiero decirte una cosa, que espero que te quede muy clarita.
Este caso es el más jodido que ha habido nunca en Coruña, y, posiblemente, también sea el más jodido que ha habido en España en mucho tiempo.
Un niño torturado, capado y asesinado. Y, encima, hijo de un juez.
A ver quién da más. Joder, que me ha llamado hasta el ministro.
A mí, un comisario de mierda de una comisaría de mierda que está a 600 km de la capital.
El comisario, que normalmente era cercano, afable y tranquilo, se convertía en un jefe peligroso del que había que alejarse cuando se enfadaba y perdía los nervios.
Lo bueno, es que esta metamorfosis siempre venía precedida por un gesto inequívoco que indicaba que la transformación en su carácter había tenido lugar:
—Pum —el puñetazo en la mesa con su mano izquierda alertó a Quijada y a Jacinto de que había llegado el momento de tentarse los machos.
Vázquez, a pesar de rondar los 65 años, era un hombre de una extraordinaria fuerza física.
Su constitución fibrosa, unida a que no levantaba más de 165 cm del suelo, le daba un aspecto compacto, de bloque de granito.
Una calva y una cara perfectamente afeitadas contribuían a esa imagen rocosa.
A Quijada, en una cena de Navidad a la hora de las confidencias, le había contado que, a pesar de ser diestro, el golpe lo daba con la mano izquierda porque temía que, si lo hacía con la derecha, podía romper la mesa, la mano, o las dos cosas.
—¿Y sabes lo que le dije yo al ministro?
Quijada y Jacinto habían bajado las cabezas como dos perros sumisos para no tener contacto visual con su jefe. Era lo mejor en esas situaciones, capear el temporal hasta que las cosas se tranquilizasen.
—Pues nada. No pude decirle una puta mierda porque no conseguí hablar con el inspector encargado del caso. Ni siquiera tu mujer sabía dónde estabas.
Aquí, Jacinto se vio obligado a intervenir, aunque lo hizo sin atreverse a levantar la cabeza.
—Es que hace cinco meses que no vivo con ella.
La respuesta cogió por sorpresa a Vázquez.
—No tenía ni idea. ¿Y el niño?
—Con la madre.
—Vaya. Lo siento, pero es donde mejor está.
Quijada, al ver que el anuncio de la separación de su compañero había desarmado al comisario, aprovechó para aportar nueva información sobre el caso que estaba reservando para Jacinto.
—Ya tenemos los resultados de la autopsia.
—¿Cómo? ¿Y por qué no me lo has contado hasta ahora? —Vázquez hizo un amago de volver a golpear la mesa, pero se contuvo .
—Es que nos los acaban de pasar. Parece ser que la muerte se produjo en torno a las doce. Antes de eso, unas cuatro horas antes, lo durmieron con láudano y Orfidal. La muerte fue por estrangulamiento. Afortunadamente, los golpes, la castración y la violación se produjeron una vez muerto.
—¿Violación? —se sorprendió Jacinto—. ¿También lo violaron?
—Sí, lo penetraron con un objeto, posiblemente un consolador. No había restos de semen.
—Hostia, lo que faltaba. Pobre crío y pobres padres —se lamentó el comisario—. Hay que ser muy degenerado para cometer un crimen así.
—¿Huellas, restos de ADN? —preguntó Jacinto.
—Huellas no han detectado, para lo del ADN tardarán un poco más, pero lo ven difícil por el modus operandi utilizado. Todo se realizó de forma muy planificada y ordenada. El que lo hizo, o los que lo hicieron, fueron muy cuidadosos.
Los tres policías permanecieron callados unos segundos, reflexionando internamente sobre el crimen. El primero en romper el silencio fue el comisario.
—¿Y ahora qué vais a hacer? ¿Vais a volver a interrogar al chico que descubrió el cadáver? De momento, es lo único que tenemos .
—Sí, pero antes, creo que es más conveniente hacerle una visita al juez, a ver si puede darnos alguna información útil.
—Joder, Brañas. Los tienes cuadrados. Hace escasas horas que acaba de enterarse de la muerte de su hijo, y tú ya quieres ir a tocarle los cojones con un interrogatorio.
—Es que, al ser juez, es más fácil que lo entienda.
—Pero qué juez, ni qué juez. Olvídate. Ahora Fidalgo ni es juez, ni es funcionario, ni es hombre, ni es nada. Simplemente es un padre que ha perdido a su hijo de una manera terrible.
—Jefe, tú sabes, como yo, que las primeras horas en este tipo de crímenes son fundamentales para la investigación —insistió Jacinto.
—Tiene cojones que me lo digas tú, que te has pasado más de doce sin hacer nada. Pero bueno, eso no quita que tengas razón. Ahora lo llamo, a ver si no me manda a la mierda. Me cago en mi calavera, con lo poco que me faltaba para jubilarme.