V
Jacinto y Quijada esperaron hasta que llegaron los de la policía científica y terminaron de confeccionar el Acta de Inspección Ocular Técnico-Policial. A esas alturas de la noche, el oscuro muro de nubes empezaba a resquebrajarse y la luna comenzaba a mostrarse entre sus grietas.
A Quijada no es que le gustase demasiado ese bar, pero lo sugirió porque quedaba cerca de su casa y porque era de los pocos sitios que sabía que estaban abiertos a esas horas.
—Prefiero un sitio más tranquilo en el que no tenga que aguantar gilipollas ni gilipolleces.
Los dos policías ignoraron a las señoritas y se dirigieron directamente a la barra. Sin abandonar el gesto serio, en el rostro del camarero se dibujó una imperceptible mueca de complicidad.
—Hola, Pedro. ¿Dónde están las demás chicas? A esas dos no las conozco.
El camarero les dirigió una mirada a las meretrices para indicarles que no se acercasen.
—¿Cuánto hace que no vienes por aquí ?
—Unos cinco meses.
—Cinco meses es mucho para un sitio como este.
Hemos tenido que renovar la oferta porque todo termina cansando.
A estas dos, como han sido las últimas en llegar, les toca estar de guardia por si aparecen rezagados como vosotros.
El resto están durmiendo en sus habitaciones.
Ha sido un día duro. Por la feria de coches, ya sabes.
De todas formas, si quieres, puedo avisar a alguna de las tuyas.
—No, déjalo, no tengo ganas de follar. Era simple curiosidad. Ponnos un par de la botella que me tienes reservada.
Pedro sacó una botella de Lepanto que tenía debajo de la barra, le sirvió una copa a cada uno y se separó lo suficiente para no poder oír la conversación.
—También hace cinco meses que no bebo.
—¿Qué pasó hace cinco meses para que dejases de ir de putas y de beber?
—Inma me echó de casa.
A Quijada le habría gustado preguntarle cómo había ocurrido; sin embargo, sabía que no podía hacerlo. Si Jacinto tenía intención de contárselo, se lo contaría, pero, si no quería hacerlo, preguntarle sobre el tema únicamente iba a enfadarlo.
—No tenía ni idea. ¿Dónde estás viviendo ahora ?
—En un apartamento cerca de mi antigua casa.
—Si puedo ayudarte en algo, si necesitas cualquier cosa…
—Lo que yo necesito, tú no puedes dármelo.
Quijada entendió que con esa frase Jacinto daba por zanjado el tema.
No era una persona a la que le gustase hablar de su vida, ni que precisase contarle a alguien sus problemas a modo de terapia.
El comentario de que llevaba más de cinco meses sin beber, lo hizo como una reflexión personal, como un recuerdo en voz alta, no pretendía que fuese el pistoletazo de salida para empezar a quejarse por sus desgracias.
Desde niño, los puñetazos que le había dado la vida se los había tenido que curar él solito.
—¿Qué opinas del caso? Hay que estar muy enfermo para hacer algo así —dijo Quijada, intentando alejar la conversación de los asuntos familiares para centrarla en los profesionales—. Parece un ajuste de cuentas, una señal para navegantes.
—Sí, pero un ajuste de cuentas con un niño. ¿Qué ha podido hacer para que lo castiguen de esta manera? Debe de tener la edad de mi hijo.
Otro comentario de Jacinto que parecía entreabrir una puerta hacia su intimidad.
Quijada estaba descolocado. Por un lado, parecía que Jacinto quería contarle algo personal, pero, por otro, sabía que, si atravesaba esa puerta, iba a salir escaldado.
Pensó que lo mejor era tomar una decisión salomónica .
—Es tarde y estoy muy cansado. Ya me he tomado la copa que te acepté, así que me voy a casa. Mañana nos vemos en la comisaría.
Jacinto estuvo a punto de impedirle que se marchase; sin embargo, sabía que retenerlo más tiempo podía ser contraproducente para su amistad.
Quijada era una persona de palabra, y, como tal, esperaba que también lo fuesen los demás.
En lugar de eso, hizo un gesto a Pedro para que se acercara y, cuando lo tuvo enfrente, le dijo:
—¿Sabes qué? Lo he pensado mejor, ponme otra copa y llama a Celeste.