Atlántico Oscuro IV
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IV

—¿Cuánto es?

Jacinto se acababa de abrochar el pantalón y antes de ponerse los zapatos creyó conveniente preguntarle a la chica por el precio de sus servicios.

—Por ser hijo de quien eres, no te voy a cobrar nada. Lo añado a la cuenta de tu padre.

—Seguro que es una cuenta importante. No creo que llegues a cobrarla.

—Es lo más probable, pero bueno, será una más de tantas. Si me pagasen todo lo que me deben algunos, o lo que me han prometido otros, sería millonaria.

El comentario lo hizo sin ningún atisbo de victimismo y sin ninguna intención de dar pena. Al contrario, el tono era el de una persona satisfecha con su suerte y orgullosa de su desgracia. A pesar de todos los golpes que le había infligido la vida hasta entonces, mantenía su autoestima intacta.

Cuando le abrió la puerta, hacía apenas una hora, a Jacinto le dio la impresión de que la chica necesitaba un baño; sin embargo, al acercarse a ella descubrió que olía exageradamente bien. Su aspecto abandonado únicamente estaba causado por un pelo muy despeinado y por una ropa muy vieja y gastada.

Con la casa pasaba algo parecido. En un vistazo rápido, sólo se percibían la antigüedad de los muebles y su mal estado, así como el del suelo y de las paredes, pero si reparaba en ellos con detenimiento, podía descubrirse lo extremadamente limpio que estaba todo.

Era la casa más limpia en la que había estado Jacinto, y también la que mejor olía.

Normalmente, después de acostarse con una prostituta, necesitaba abandonar el lugar donde se había perpetrado el pecado lo antes posible.

Pero en esta ocasión no era así, no estaba sintiendo el impulso que lo empujaba a huir apresuradamente.

Cuando se percató de que se estaba atando los cordones de los zapatos demasiado despacio, se dio cuenta de que no quería irse.

—¿Te pasa algo? Te has quedado como alelado.

A diferencia de él, la chica no se había puesto ninguna prenda de ropa, seguía tal y como Jacinto la había dejado, completamente desnuda, con todo su cuerpo al descubierto, excepto la parte superior de sus pechos, parcialmente tapada por su larga melena negra que parecía acariciar unos pezones oscuros y erectos como el deseo.

Esta falta de pudor, Jacinto la interpretó como un signo de libertad.

Cada vez tenía más interés en conocer mejor a esta chica, y cada vez tenía menos ganas de irse .

—Perdona, es que estaba pensando en mis cosas.

—O sea, en tu padre. La próxima vez que nos veamos, espero que me cuentes por qué tienes tantas ganas de encontrarlo.

Jacinto también quería saber en qué circunstancias se habían conocido su padre y la chica, cómo era posible que hubiesen llegado a tener una relación, y cómo eran los términos de esa relación. Al ser una persona muy metódica, empezó por el principio:

—¿Cómo os conocisteis?

—¿Qué importa? Accidentes que pasan. Eso es la vida, ¿no? Una sucesión de accidentes a los que vamos sobreviviendo… hasta el accidente final.

A Jacinto, esa definición de la vida le pareció muy acertada. Su existencia podía resumirse así, de accidente a accidente, y un nuevo accidente porque me toca.

—Sí que importa. A mí me importa todo lo que tiene que ver con mi padre.

—Vaya. El trauma es más serio de lo que me había imaginado. El sexo ha sido gratis, pero la terapia te la voy a tener que cobrar. ¿Por qué quieres saberlo?

Jacinto dudó un momento antes de contestar. No quería darle demasiadas explicaciones sobre su vida a una extraña. Sin embargo, sin saber muy bien por qué, y a pesar de sus reservas iniciales, finalmente no pudo evitar mostrarle la herida sin curar que llevaba tanto tiempo desangrándole el alma.

—Mató a mi madre.

Al oírlo, la chica experimentó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo desnudo. Desde el primer momento, Jacinto le había atraído sexualmente, pero tras esta confesión, había empezado a sentir también mucha pena, mucha ternura y algo parecido al cariño.

—Tú no quieres marcharte, ¿verdad? Hoy no espero a nadie más. Puedes quedarte a dormir, pero antes, vas a tener que decirme tu nombre. Yo follo con cualquiera, pero para dormir con alguien necesito saber su nombre.

—Me llamo Chinto.

—Yo soy Inma. Enchantée.