III
Era la escena más desagradable y más sobrecogedora que había visto en su vida, incluyendo películas gore y pesadillas.
El niño estaba completamente desnudo, tumbado boca arriba sobre un charco rojo y viscoso, formado por su propia sangre.
Tenía la cara desfigurada por los golpes.
El tabique nasal hundido entre los pómulos; la frente, fracturada, no podía contener unos ojos amoratados e hinchados como globos; y la boca, en la que sólo permanecían contados dientes, era una mueca trágica en una mandíbula desencajada.
Y la cara no era lo peor. La imagen más salvaje estaba en la ingle del chaval.
Le habían cortado el pene y los testículos, y, una vez arrancados de su cuerpo, los habían vuelto a colocar en su entrepierna, pero en sentido contrario, como si fuese a penetrarse a sí mismo.
A pesar de lo vomitivo de la imagen, Jacinto se esforzó en no apartar la mirada para tratar de detectar algún detalle que pudiese ser útil en la investigación, aunque este escudriñamiento fuese a traerle muchas noches de insomnio.
—¿Lo han violado?
Quijada le respondió sin mirar al cadáver. Él ya había tenido suficiente .
—No lo sabemos, nadie lo ha examinado. Estamos esperando a que lleguen los de la científica.
—Pues ya podemos esperar. Con lo pijos que son, no creo que vengan hasta las diez de la mañana, después de tomarse su zumo de naranja natural y su tostada de espelta.
—Venga Chinto, que también son compañeros. Bastante tenemos con los malos, como para buscarnos también enemigos entre los nuestros.
Quijada era una de las dos personas, y el único policía, que tenía licencia para llamarlo Chinto.
La mayoría en la comisaría lo llamaba Brañas.
A los pocos días de llegar a Coruña, después de pasar más de diez años destinado en el País Vasco, un policía veterano, al enterarse de que había nacido en Carballo, quiso vacilarlo refiriéndose a él como el moinante.
Jacinto, al oírlo, se abalanzó sobre él, lo arrastró hasta la ventana que tenía más cerca, hizo el amago de tirarlo al vacío y le gritó lo más fuerte que pudo para que lo oyesen todos:
—Moinante lo será Camilo José Cela, su madera de boj, tú, y tu puta madre.
Esta defensa de su pueblo le valió a Jacinto la apertura de su primer expediente en Coruña, pero también que nadie volviese a llamarlo moinante, ni siquiera cuando no estaba presente, por si se llegaba a enterar.
A partir de ese día, todos sus compañeros antes de referirse a él por primera vez, le preguntaban si prefería que lo llamasen Jacinto o Brañas.
Como a él le daba igual, al final se quedó con el apellido, Inspector Brañas.
—Tampoco sabemos la hora.
—Aún no, pero no creo que haya sido hace mucho porque la sangre está bastante fresca.
Jacinto volvió a mirar a la víctima. Quijada tenía razón, no había pasado demasiado tiempo.
—Vamos a hablar con el paseante nocturno.
—De acuerdo, pero ten paciencia con él. Está sobrepasado. Le han tenido que dar un calmante.
Jacinto siguió a Quijada hasta la ambulancia donde el chico que había encontrado a la víctima intentaba recuperarse del terrible hallazgo que había realizado. Estaba tumbado en la camilla, acompañado de un enfermero. Jacinto se dirigió al sanitario, como si el testigo no estuviese allí.
—Me gustaría hacerle unas preguntas, ¿puede contestar?
El enfermero, un hombre de unos cincuenta años con aspecto bondadoso y con pinta de haber elegido su profesión por una fuerte vocación, le contestó :
—Le hemos suministrado un calmante y ahora está un poco más tranquilo, pero lo mejor es que le pregunte usted directamente a él si se encuentra en condiciones de someterse a un interrogatorio. Se llama Javier Blanco.
—No va a ser un interrogatorio.
—A él, a él —lo interrumpió el enfermero señalando al testigo— le digo que se lo pregunte a Javier.
Antes de que Jacinto se dirigiese al testigo, este mostró su disposición a responder a las preguntas que fuesen necesarias:
—No hay problema. Pregunta lo que quieras, que intentaré responder lo mejor posible.
Jacinto miró a Javier por primera vez. Era un chico de veintipocos años, más o menos de su altura, pero mucho más delgado.
Debía de pesar unos diez kilos menos que él.
Tenía el pelo rubio y lacio, lo suficientemente largo como para taparle los ojos, y una barba también rubia poco poblada que sólo conseguía cubrirle parcialmente el resto de la cara.
—Podría contarnos cómo encontró el cadáver.
—Yo estaba paseando a mi perro…
—¿Con correa o sin correa? —interrumpió Jacinto .
—Sin correa. No es un perro peligroso y normalmente lo paseo suelto. Además, era tarde y prácticamente no había gente —se justificó Javier.
Esperó unos segundos, y al ver que el policía no decía nada continuó con el relato.
—Estábamos cerca de la estatua de Breogán, cuando Beke empezó a ladrar y a correr hacia aquí. Vine tras él y entonces me encontré el cuerpo. Al verlo, me quedé paralizado y me asusté muchísimo, pero pasados unos minutos conseguí reponerme y llamaros.
—¿Oyó o vio a alguien?
—No oí nada, ni tampoco vi a nadie. Además, estaba muy oscuro y no se veía muy bien. Las farolas estaban apagadas, supongo que se habría ido la luz.
—¿Y el perro?
—¿Cómo?
—Me refiero a si el perro detectó la presencia de alguien o de algún rastro.
—Creo que no. Simplemente se puso a ladrar y a correr hasta aquí, y permaneció ladrando hasta que yo llegué. Tampoco es un perro policía, no tiene ningún tipo de adiestramiento. Ni siquiera es capaz de recoger un palo cuando lo lanzo .
A Jacinto le gustaba hacer los interrogatorios mirando fijamente a los ojos de los testigos.
Observando su reacción a la pregunta y sus movimientos en la respuesta, sus años de experiencia y, sobre todo, un talento natural, le permitían saber, con un alto grado de fiabilidad, si estaban mintiendo.
Pero el pelo de Javier y la poca iluminación del lugar dificultaban esta habilidad.
—¿Pasea usted normalmente al perro tan tarde?
A Javier no le gustó esa pregunta porque más que para un testigo, le pareció una pregunta para un acusado.
—Normalmente, no. Había estado tomando algo con unos amigos, y al volver a casa no tenía sueño. Hacía buena noche, así que decidí ir a dar un paseo con Beke.
—¿Suele pasear por esta zona?
—Sí, vivo bastante cerca y esta zona me encanta. Está muy despejada y Beke puede correr libremente.
—Lo suponía. Tiene que conocerla muy bien porque no es fácil moverse por aquí con tan poca luz. ¿Cómo pudo llegar hasta el perro si no se veía nada?
—Tengo una linterna.
Javier sacó una linterna de uno de sus bolsillos y empezó a encenderla y a apagarla como si fuese un intermitente de un coche .
—Qué precavido. Está usted en todo —Jacinto dudó si hacerle alguna pregunta más relacionada con el paseo y la linterna, pero finalmente lo desestimó.
No quería que el interrogado se sintiese como un sospechoso.
Prefería que estuviese confiado—. Gracias, por ahora es suficiente.
Es posible que volvamos a llamarlo si hay alguna novedad o si tenemos que hacerle alguna pregunta más.
—De nada. Cuando queráis.
Una vez que estaban lo suficientemente lejos para que el testigo no pudiese oírlos, Quijada quiso saber la opinión de Jacinto.
—¿Qué te ha parecido?
—No sé, hay algo que no me convence.
—Fue él el que nos llamó.
—Lo sé, lo sé, pero aun así. Es que tengo la impresión de que no nos está contando toda la verdad.