Atlántico Oscuro II
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II

Al inspector Jacinto Brañas le aterraba la muerte.

La descubrió siendo muy niño y desde entonces no había dejado de pensar en ella.

La tenía presente continuamente. En cuanto su mente dejaba de estar entretenida con los rutinarios quehaceres del día a día o con los extraños detalles de algún caso, la oscura dama negra se apoderaba de sus pensamientos. No podía evitarlo.

La conoció íntimamente un veintiocho de diciembre, poco antes de su octavo cumpleaños, cuando al llegar a casa tras un largo día de juegos con canicas y peonzas, se encontró a su mamá inmóvil, descansando sobre un charco rojo formado por tres torrentes de sangre que brotaban de su cuello y de su pecho.

Al descubrir el cuerpo de su madre, buscó por toda la casa a su padre, pero ya no estaba allí.

Después de clavarle tres navajazos (uno en el cuello y dos en el pecho), el asesino de la persona más buena y más cariñosa del mundo había vuelto al bar para sumergir en coñac los remordimientos y, sobre todo, los miedos causados por lo que acababa de hacer.

Con la seguridad que alimenta la inconsciencia, se acercó al hombre que le había dado la vida y que también se la había arruinado, y con todo el aplomo que puede tener un niño de diez años que ha visto morir a la persona que más quería, le dijo:

—Algún día te mataré.

Su padre, que sólo era valiente con los que eran más débiles que él, le dio un puñetazo en la nariz que le rompió el tabique y casi lo noqueó.

Y habría seguido golpeándolo en el suelo hasta destrozarle todos los huesos, pero se dio cuenta de que estaban en plena calle rodeados de testigos, y que él estaba disfrutando de un permiso penitenciario, por lo que no era conveniente volver a sentarse frente a un juez .

—Tu madre, que era una grandísima zorra, intentó arruinarme la vida, pero no lo consiguió. Así que tú, que sólo eres un mocoso hijo de puta, no tienes ninguna posibilidad. Como vuelvas a acercarte a mí, el que va a morir eres tú.

En ese momento, Jacinto supo que iba a ser policía. No lo decidió para poder luchar contra los malos y proteger a inocentes como su madre y como él, sino porque era la única manera de tener y usar legalmente un arma contra otras personas.

Desde muy niño, siempre había sido muy espabilado.

Su madre le decía, medio en broma, medio esperanzada, que era tan listo que llegaría a ser notario.

Mientras ella vivió, se esforzó por sacar buenas notas para que pudiese estar orgullosa de él y para poder darle alguna alegría a su penosa existencia.

Al darse cuenta de que la vida de su madre era un infierno —a una edad en que la mayoría de los niños ni saben que el infierno puede existir, y mucho menos imaginarse lo horrible que puede llegar a ser— hizo todo lo posible por hacerla feliz y por regalarle trocitos de paraíso, como ella los llamaba.

—Ay, Chintiño, sólo con tenerte a mi lado, soy feliz. Eres como un ángel que me trae trocitos del paraíso.

Y también él únicamente necesitaba a su madre para ser feliz, su compañía, su cariño y su protección.

Casi siempre que su padre volvía borracho a casa, que era la mayoría de los días, su madre padecía en sus carnes los desahogos de sus frustraciones.

A él, en cambio, nunca le pegó. Una vez estuvo a punto, pero antes de que pudiese hacerlo, su madre cogió un cuchillo y le gritó:

—A mí, pégame lo que quieras porque yo he venido a este mundo a sufrir, pero como toques al niño, te juro por lo más sagrado que te clavo este cuchillo en medio de ese corazón negro que tienes.

Esa simple amenaza fue suficiente para conseguir la inmunidad de su hijo, aunque fuese a costa de sufrir ella los golpes que estaban destinados a su pequeño.

Y así, de paliza en paliza, gracias al ánimo que le proporcionaba la seguridad de Jacinto, pudo hacer soportable una existencia insoportable.

Hasta el día en que a Pascual, que era como se llamaba su marido, le dio por cambiar los puños por la navaja.

Cuando perdió a su madre, Jacinto también perdió el interés por las buenas notas, y trató de ponerse a trabajar lo antes posible.

Todos los días al salir del colegio se pasaba a echar una mano en un pequeño taller que había al lado de la casa de la hermana mayor de su madre y de su marido, que lo habían acogido después de su orfandad.

Sus tíos no eran mala gente, pero ya tenían cinco hijos propios y muy pocos medios, por lo que, después del reparto entre su prole, las sobras que le llegaban a Jacinto, tanto de recursos como de cariño, eran muy escasas.

Así que, después de sacarse el graduado escolar, con algo más de catorce años, dejó los estudios y firmó su primer contrato de trabajo con Talleres Vicente.

Allí aprendió a lavar y encerar los coches para dejarlos como nuevos, a arreglar pinchazos, a cambiar aceites, a sustituir manguitos, a limpiar carburadores, a reparar chapa y a pintarla, y muchas otras tareas propias de un taller de los ochenta, entre las que se incluían algunas poco edificantes como trucar los cuentakilómetros de los vehículos, si era menester.

El poco tiempo que le dejaban libre los coches lo empleaba en preparar las oposiciones a policía, a las que se presentó nada más cumplir los dieciocho, la edad mínima para acceder al cuerpo. Cuatro años de estudio y sus deseos de venganza lo convirtieron en el primero de su promoción.

Su primer destino fue Bilbao. A pesar de que en los años noventa la banda terrorista ETA estaba en plena actividad, por lo que ser policía en el País Vasco entrañaba muchísimos riesgos, se ofreció voluntario porque le habían llegado rumores de que su padre estaba allí.

En su primer día de trabajo, en cuanto pudo acceder a la base de datos, buscó el domicilio de Pascual Brañas Varela: Calle Cortes 20, 4º .

Una vez descubierto su paradero, fue incapaz de pensar en nada más. El resto del día estuvo nervioso y ausente, deseando que pasasen las horas para poder volver a reencontrarse con su padre, ocho años después.

Los policías de la comisaría se acercaban a saludarlo y a ofrecerle su ayuda en todo lo que necesitase.

Recordemos que eran años muy duros para un policía en el País Vasco, y este tipo de situaciones tan peligrosas son terreno abonado para que brote la más sincera camaradería entre compañeros de fatiga.

Pero Jacinto no estaba para nadie que no fuese la venganza, por lo que los ignoraba completamente, no por deseo suyo, sino por incapacidad para pensar en otra cosa distinta a matar a su padre.

Esta actitud de tan sólo un día le sirvió para ser etiquetado como persona independiente, asocial, insensible y egoísta, sambenitos que no pudo descolgarse en todos sus años de servicio en Bilbao, y que le acompañarían el resto de su ejercicio profesional.

Tan determinantes y decisivas son generalmente las primeras impresiones.

Al terminar su jornada laboral, se dirigió inmediatamente al domicilio situado en el barrio de San Francisco que le había chivado la base de datos. No tuvo que quitarse el uniforme porque en el puesto al que lo habían destinado, por motivos de seguridad, no tenía que utilizarlo.

Llegó sin ningún plan previo. Sin pensar en qué haría cuando tuviese a su padre delante, y lo que es peor, sin pensar en qué haría después, una vez que lo hubiese matado.

Su deseo de venganza era mucho mayor que su instinto de conservación de la libertad.

Las explicaciones, las justificaciones y las coartadas eran accesorias.

Ya habría tiempo después para eso, una vez que se hubiese hecho justicia .

La calle Cortes era sucia y triste. Una de tantas calles que se habían convertido en marginales por la heroína.

De camino a la casa de su padre se encontró con dos prostitutas tan hechas polvo que ni siquiera tuvieron ánimos para brindarle sus servicios, y con un camello que sin decirle nada le ofreció drogas de todo tipo.

Para entrar en la casa del número 20 tuvo que esquivar a un yonqui que había dejado allí su cuerpo abandonado mientras su mente se iba de paseo a lugares más tranquilos. Las escaleras las subió corriendo, y aunque estaba en buena forma física, llegó al cuarto piso jadeando.

Sin esperar a recuperarse del esfuerzo, golpeó la puerta con la mano izquierda mientras con la derecha empuñaba su pistola reglamentaria. Le abrió la puerta una chiquilla de unos veinte años, que aparentaba más de treinta y que seguramente había vivido más de cuarenta.

Tanto ella como él se sorprendieron al encontrarse el uno frente al otro.

Jacinto estaba tan obsesionado con encontrar a su padre que ni siquiera se planteó la posibilidad de que en esa dirección pudiese haber otra persona, y, menos aún, una joven que, aunque había sido muy castigada por la vida, poseía una belleza difícil de disimular y que únicamente necesitaba un baño o una ropa limpia para mostrarse en todo su esplendor.

La joven tampoco esperaba encontrarse en la puerta de su casa a un chico de más de metro ochenta, moreno, bien parecido, correctamente vestido, perfectamente afeitado y sobrio.

Los dos se quedaron parados unos segundos sin saber muy bien qué decir. Hasta que la chica, después de apartarse el pelo de la cara y lanzarle una sonrisa llena de sensualidad le preguntó:

—¿Te has perdido, o vienes porque me ha recomendado alguien?

—Estoy buscando a Pascual Brañas.

La sonrisa de la joven desapareció nada más oír ese nombre, y a punto estuvo de cerrarle a Jacinto la puerta en las narices, pero detectó algo en el gesto y en el tono de sus palabras que le hizo entender que el guapo visitante despreciaba a Pascual tanto como ella.

—Llegas tarde por poco, lo he tenido que echar de casa. Yo de un hombre lo aguanto todo, menos que me pegue. Esta mañana, después de que durmiese la mona, le pedí que se marchase.

—¿Y no cree que pueda volver?

La chica no recordaba cuándo había sido la última vez que alguien la había tratado de usted.

—Más le vale no hacerlo. Le juré que si volvía, lo mataría.

—Si lo hace, le agradecería que me avisase.

El ustedeo desconcertó a la joven .

—¿A qué te refieres? ¿A que vuelva o a que lo mate?

—Me vale cualquiera de las dos posibilidades.