Atardecer en Texas (Amor bajo el cielo del oeste nº 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Sus bocas y lenguas se fundieron como si hubieran sido amantes durante años, y Rachel se arqueó contra él, frotando los pechos contra su torso.

Gimió en protesta cuando él apartó la boca de la suya y fue bajando a mordiscos por su cuello y torso.

Enredó las piernas con las de él y hundió los dedos en su cabello mientras los labios de Mason le rendían culto a sus pechos sin prisa.

Mason fue bajando con la lengua por su vientre y Rachel tembló cuando él le separó las piernas y depositó un beso ardiente en su sensible botoncito. Jadeó cuando él lamió su hendidura y luego envolvió los labios firmemente alrededor de su clítoris, succionando con suavidad.

Solo pasaron unos instantes antes de que se estremeciera en un poderoso orgasmo, con el sexo contrayéndose en los espasmos más deliciosos. Él besó con suavidad su carne sensible antes de subir rápidamente por su cuerpo, encajando su dura verga en su centro ardiente y penetrándola con firmeza.

Rachel gimió mientras él la llenaba, con la carne sensible y aún contrayéndose por la intensa liberación.

Él marcó un ritmo rápido mientras ella envolvía el cuerpo alrededor del suyo, aferrándose a él con desesperación.

Los dedos de Mason se entrelazaron en su cabello, manteniéndola en su lugar mientras su boca saqueaba la de ella.

Podía saborearse a sí misma en sus labios y sintió que se acercaba rápidamente a otra explosión bajo su ardor.

Donde antes había sido tierno, ahora su cuerpo era exigente, empujándolos a ambos rápidamente hacia la cima.

Rachel le arañó la espalda mientras se precipitaba al abismo, con el cuerpo apretándose con fuerza alrededor de él.

Mason arqueó el cuello y se hundió en ella una última vez, rugiendo mientras estallaba en su interior.

Antes de caer en el olvido del sueño, sintió los labios de él contra su oído y escuchó su suave susurro. «Quédate».

* * *

Rachel estaba sola cuando despertó a la mañana siguiente. Por un momento se preguntó si todo había sido un sueño, pero el dolor de su cuerpo le confirmó que había sido real.

Suspiró profundamente y se quedó mirando al techo, rememorando lo ocurrido. Mason había sido tan intenso, casi desesperado en su forma de hacer el amor. Entonces su última palabra le vino de golpe a la mente... quédate.

¿Qué quería decir con eso?

Hizo una mueca al pensar que tal vez Charlie se lo había contado a Mason.

Respiró hondo y se encogió de hombros. No había forma de saber qué quería decir un tipo en pleno sexo, y lo último que necesitaba era pasarse el rato intentando descifrar a un hombre como Mason.

Se rio para sus adentros mientras salía de la cama y se dirigía al baño.

Al salir de su habitación oyó voces y las siguió escaleras abajo hasta la cocina.

Charlie estaba sentado en un taburete, devorando un enorme plato de huevos revueltos con beicon mientras entretenía a Alice con una de sus historias disparatadas. Fergus se había apostado estratégicamente a los pies de Charlie, a la espera de que cayera algo de comida.

—Así que después de la tercera vez que el semental la tiró, por fin se dio cuenta de que tenía que cambiar de táctica.

En lugar de forzarlo, decidió ablandarlo un poco con golosinas y cepillados —resopló Charlie con la boca llena de tostada—.

Tardó dos semanas en conseguir que la dejara montarlo de nuevo.

Alice se rio con la historia y levantó la vista cuando Rachel apareció en la puerta.

—Buenos días, dormilona.

—Buenos días. Perdón por haberme quedado dormida, no sé por qué estoy tan cansada —dijo, y bostezó como para confirmarlo.

Charlie le dedicó una sonrisa burlona, con las mejillas hinchadas de comida, como una ardilla acumulando provisiones para el invierno.

—Apuesto a que todos esos maullidos te mantuvieron despierta anoche también.

Rachel abrió los ojos como platos y frunció los labios mientras él continuaba:

—Le estaba contando a Alice que parecía que había gatos peleando en el tejado, o en el ático, o algo así. Puede que haya que revisarlo.

Alice soltó una risita y se volvió hacia el fregadero negando con la cabeza.

Rachel se acercó y le dio un puñetazo en el brazo, y luego se agachó a saludar a Fergus.

—¡Ay! —exclamó Charlie con cara de ofendido mientras mordía un trozo de beicon—. ¿Y eso a qué viene?

Rachel miró a Alice, que observaba por la ventana de la cocina, y luego se volvió hacia él.

—Ya sabes por qué —dijo entre dientes.

Le lanzó una mirada de advertencia y se volvió hacia Alice.

—Alice, ¿necesitas que haga algo hoy?

Alice miró a Rachel por encima del hombro, con un temblor en los labios que Rachel sospechó que era risa contenida.

—No, cariño. Todo está bajo control.

—De acuerdo —se volvió hacia su hermano y añadió—: Vamos, idiota. Quiero presentarte a alguien esta mañana —le dio un empujón al plato—. Date prisa.

Charlie la miró desconcertado.

—¿Ya has terminado? —preguntó Rachel impaciente.

Él suspiró y negó con la cabeza, luego dio un trago de café para armarse de valor.

—Supongo que sí.

Se bajó del taburete y miró a Alice.

—El desayuno estaba buenísimo. Gracias, señora.

Alice le dedicó una sonrisa amistosa mientras él le entregaba el plato, y luego miró a Rachel.

—Si ves a Mason por ahí, ¿le dices que venga a verme? Tenemos que poner los adornos de Navidad pronto. Cody se quejaba esta mañana de que la casa no tenía ambiente navideño antes de irse al colegio.

—Se lo diré —prometió Rachel mientras arrastraba a su hermano hacia la puerta.

Charlie la miró impaciente y se soltó de un tirón.

—Joder, hermanita. ¿Puedes esperar un segundo?

Se detuvo nada más bajar del porche y le lanzó una mirada de reojo antes de ajustarse los vaqueros. Resopló y echó un vistazo al patio.

—¿Adónde vamos?

Rachel, con las manos en las caderas, golpeaba el suelo con la bota impaciente. Señaló con la cabeza, se dio la vuelta y echó a andar con paso decidido.

—Al establo. Vamos.

Charlie se apresuró a alcanzarla.

—¿A quién me vas a presentar en el establo?

—A Elvis —respondió por encima del hombro mientras cruzaba las puertas del establo y se dirigía a la zona de maternidad.

—¿Elvis? ¿Ha resucitado? —preguntó Charlie mientras la seguía hasta el último box.

Ella se detuvo y canturreó:

—¿Dónde está mi pequeñín?

Un chillido agudo precedió a un relincho estridente y un revuelo de paja cuando el potro corrió a saludar a Rachel. Ella se arrodilló y sonrió.

—Ahí está mi niño precioso —canturreó mientras le acariciaba el hocico aterciopelado.

Rachel miró a su hermano y le hizo un gesto para que se arrodillara también.

—Charlie, este es Elvis. Será uno de nuestros mejores caballos de corte cuando termine de entrenarlo —miró al potro—. Te estás poniendo enorme, guapetón —dijo mimosa mientras jugueteaba con su mechón negro.

—Vaya, mira este chico. Tiene unas patas estupendas —dijo Charlie mientras pasaba la mano por el costado del joven potro.

Miró más allá de Elvis hacia la penumbra del box.

—Ella también es preciosa —comentó sobre la madre de Elvis, que se acercó tranquilamente a la valla. La yegua relinchó a modo de saludo y dio un empujoncito a su hijo, que se deleitaba con las atenciones.

—Y esta es Maggie —añadió Rachel, señalando a la yegua—. Ha dado algunos de los mejores caballos de este rancho. Solo puedo imaginar lo que parirá cuando tengamos esos nuevos sementales —se rio cuando Elvis soltó un chillido y se apartó de la valla para retozar por el box.

Charlie se levantó y acarició el hocico de Maggie.

—Es una preciosidad —miró a Rachel, que seguía observando a Elvis juguetear en la paja—. Este nuevo programa va a despegar como un cohete. Puede que hasta yo quiera invertir.

Rachel esbozó una sonrisa irónica.

—Me parece que vas a estar demasiado ocupado salvando la granja como para invertir en esto.

Charlie soltó una risa seca.

—Supongo que esa es mi respuesta.

Rachel miró a su hermano con el ceño fruncido.

—Ya sabías la respuesta antes de venir. No pienso casarme con alguien por dinero para salvar la granja, Charlie. Tiene que haber otra manera —insistió.

Charlie se encogió de hombros, irritado.

—Pues no sé qué más podemos hacer. Los tiburones están al acecho y la preocupación está matando a la abuela tanto como el cáncer.

Rachel se levantó y negó con la cabeza.

—Tiene que haber otra manera.

—La hay.

Rachel y Charlie se sobresaltaron al oír la voz firme a sus espaldas. Se volvieron al unísono y vieron a Mason apoyado contra la pared, con los pulgares enganchados en las trabillas del cinturón y el rostro lleno de determinación.

—¿Qué? —preguntó Rachel, desconcertada.

—Hay otra forma —dijo—. Para salvar la granja de tu abuela.

Rachel frunció el ceño y entrecerró los ojos con suspicacia.

Antes de que pudiera decir nada, Mason se encogió de hombros sin el menor remordimiento.

—Anoche os oí en el balcón. Sé lo que pasa y tengo una solución.

Se volvió hacia él con las manos en las caderas.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál sería?

—Cásate conmigo, princesa —dijo, desafiándola con la mirada.