Capítulo 13 #3
Mason levantó la vista de su boca y la miró a los ojos. Se encogió de hombros. —Solo pensaba en lo disparatado que está siendo este viaje, y eso que apenas hemos empezado.
Rachel resopló y alzó la copa hacia él. —Conseguimos una habitación increíble, ¿a que sí?
Él asintió. —Así es, gracias a ti.
Levantó la copa para brindar. —Por una semana de éxito.
Chocó la copa con la de ella y dio un buen trago de vino.
—Entonces, ¿te has alojado en este hotel antes? —preguntó ella con la vista fija en su plato, cortando el filete con cuidado, tal como él le había enseñado.
—Sí, muchas veces —respondió—. Es mi lugar favorito en esta ciudad.
Ella asintió.
—¿Has venido sobre todo por negocios?
—Sí, casi siempre —dio otro sorbo de vino—. Al principio, cuando competía en rodeos, y después por el rancho.
Rachel sonrió.
—¿Cuánto tiempo estuviste en el rodeo?
Se encogió de hombros.
—Un tiempo —dio otro bocado de filete con la esperanza de que ella pillara la indirecta, y la miró fijamente desde el otro lado de la mesa.
Ante su silencio, ella añadió:
—Las señoras del pueblo lo mencionaron un día tomando el té. De hecho, fue antes de conocerte.
—Hmmm —gruñó. No debería sorprenderle seguir siendo comidilla en Aida, aunque hubiera pasado tanto tiempo. Ni que Rachel se hubiera enterado por aquellas cotillas—. Sí, monté broncos unos diez años. Empecé a competir profesionalmente a los quince, en la época en que mi cuerpo aún aguantaba.
—¿Lo dejaste por una lesión?
Asintió.
—Sí, me rompí la clavícula y el brazo por segunda vez, y las cosas dejaron de curar tan bien como antes —hizo una pausa, respiró hondo y la miró pensativo—.
Cuando te dedicas a algo así, a arriesgar la vida una y otra vez por la adrenalina o por el dinero, llega un momento en que sabes en lo más hondo que toca parar.
Si no escuchas esa voz, acabas muerto o lisiado de por vida.
Rachel lo escuchaba fascinada.
—Tuvo que ser una decisión muy difícil.
Mason asintió.
—Lo fue, pero soy todo lo que tiene Cody y no iba a arriesgar eso. Además, tuve más suerte que la mayoría de los vaqueros. Tenía el rancho esperándome. Eso me dio algo a lo que agarrarme.
—Bueno, no eres todo lo que tiene Cody —insistió Rachel.
Mason soltó una risita.
—Sí, también tiene a mis padres, pero soy su único padre y no pensaba hacer nada que pusiera eso en riesgo.
—Está claro que tomaste la decisión correcta —comentó ella.
—Eso creo —dijo—. Y ahora podré criar los broncos por los que los vaqueros darían un huevo por montar.
Rachel se echó a reír.
—Ya que hablamos de huevos, ¿cómo es que no te los machacaron?
Mason sonrió con picardía.
—Te acostumbras, Princesa. Con el tiempo acabas desarrollando pelotas de acero.
Rachel puso los ojos en blanco.
—Eres taaaan modesto, Mason.
Se encogió de hombros y levantó las manos.
—¿Qué quieres que te diga? Es la pura verdad.
Rachel carraspeó incómoda.
—Cambiando de tema, ¿has podido concertar alguna reunión?
—Sí —dijo con una sonrisa—. Tengo dos mañana y otras dos el miércoles.
—¡Bien! —Rachel lo miró de forma extraña un momento y luego continuó—. Hay algo que necesito que hagas mañana y el miércoles, a ser posible por la mañana si te cuadra.
Mason la miró receloso.
—¿Qué tienes en mente exactamente?
Ella se inclinó hacia delante y empezó a hacer girar la copa con aire despreocupado, un gesto que delataba que estaba tramando algo. El cosquilleo familiar le recorrió la espalda.
—Bueno —empezó—, me gustaría que te pasaras por el stand una hora para charlar con los visitantes.
Se echó hacia atrás horrorizado. Solo de pensar en tener que tratar con gente le daban escalofríos. Su respuesta fue inmediata.
—No.
Ella lo miró consternada.
—Mason, estoy intentando promocionar el rancho turístico. Tú con todo tu atuendo de vaquero serías un reclamo increíble.
—No soy tu maldito poni de circo para ir exhibiéndome —gruñó.
Rachel soltó un suspiro de frustración.
—¿Quieres calmarte? Ya hemos hablado de esto mil veces: el rancho turístico va a financiar este cambio. Los dos necesitamos que funcione, y solo un poco de tu tiempo marcaría una gran diferencia en lo que intento conseguir.
—Joder, Rachel —dijo, notando cómo su argumento se desmoronaba ante la lógica de ella—. Sabes que odio esa mierda.
Ella asintió con algo de compasión.
—Lo sé, por eso solo te pido una hora y no medio día.
Resopló.
—Como si fueras a conseguir que me quedara allí medio día. Ya puedes darte con un canto en los dientes si consigues algo.
Frunció los labios.
—Céntrate y deja de provocar. Tenemos un rancho turístico que promocionar y necesito tu ayuda. Una hora es todo lo que pido y la gente hará reservas a montones.
—Uf —gimió—. Suena a auténtica pesadilla.
—Será lo más fácil que hagas en toda la semana —lo animó—. Confía en mí. Las mujeres se derretirán y los hombres querrán ser como tú.
—Vale —dijo de mala gana—, pero me deberás una.
—¿Deberte una? —respondió ella, intrigada—. Eso suena peligroso.
Sus ojos brillaron al tiempo que esbozaba una sonrisa maliciosa.
—Oh, lo es, Princesa. Ya lo creo que lo es —y pensaba cobrársela.