Capítulo 13 #2
Señaló a Mason con el pulgar por encima del hombro.
—Disculpa al grandullón. A veces se le olvida traer los modales de casa —dijo con un marcado acento sureño.
Sonrió al oír el gruñido de Mason y se sacudió el pelo con delicadeza, dejando que los rizos le cayeran sobre el hombro y descansaran suavemente sobre el pecho. Observó cómo los ojos del recepcionista bajaban, como era de esperar, justo adonde ella quería.
¡Bingo!
Agarró un mechón de pelo y se lo enroscó en el dedo con coquetería.
—Curtis, vamos a estar en la ciudad varios días y solo queremos estar cómodos. Si tenemos que compartir habitación, ¿tendrías algo más grande disponible?
Rachel observó cómo la nuez del recepcionista subía y bajaba al tragar con dificultad. Se aclaró la garganta, incómodo, y alzó la vista hacia los ojos sonrientes de Rachel.
—Eh... sí, señora. Déjeme mirar.
Sus dedos bailaron sobre el teclado mientras miraba fijamente la pantalla como si le fuera la vida en ello.
—Bueno, señora —alzó la vista y sonrió nervioso—, la única opción disponible ahora mismo es nuestra suite superestrella. Tiene dos dormitorios y dos baños, terraza privada y jacuzzi.
Rachel sonrió de oreja a oreja y se sacudió los hombros con fingido entusiasmo mientras observaba cómo los ojos del recepcionista volvían a bajar.
—Vaya, eso suena de maravilla. ¿Cuánto cuesta? —preguntó mientras Mason resoplaba con disgusto.
Ante la pregunta, Curtis alzó la vista de golpe, con expresión angustiada.
—Bueno, señora, la habitación cuesta seiscientos dólares la noche.
—Seiscientos, ¿eh? —respondió Rachel. Se inclinó hacia delante, como si fuera a contarle un secreto a Curtis—. ¿Y qué descuento nos vas a dar por tantas molestias?
Los ojos de Curtis se abrieron como platos y sus cejas se alzaron mientras sopesaba la opción. —Bueno... —empezó, y se calló, frunciendo los labios pensativo. Miró la pantalla del ordenador con el ceño fruncido, como esperando que le diera una buena respuesta, y empezó a teclear.
De repente se le iluminaron los ojos y le dedicó una sonrisa a Rachel. —Bueno, señora, parece que puedo ofrecerle un cincuenta por ciento de descuento por las molestias —dijo con orgullo, mirándola esperanzado—. ¿Le parece bien?
Rachel sonrió, dio unas palmaditas y le hizo ojitos al empleado. —Vaya, Curtis, ¡eso suena de maravilla! Eres un regalo caído del cielo. Lo aceptamos.
Curtis sonrió complacido y entonces cometió el error de mirar a Mason, que asomaba por encima del hombro de Rachel.
Cuando la sonrisa de Curtis se esfumó, Rachel miró por encima del hombro y vio el ceño fruncido de Mason.
Giró sobre sus talones, dándole la espalda al empleado, y fulminó con la mirada a Mason, que se negaba a apartar los ojos del mostrador.
Le dio un tirón de la chaqueta para llamar su atención, y cuando él bajó la vista hacia ella, susurró entre dientes: —Estoy intentando conseguir nuestra habitación.
¿Podrías dejar de comportarte como un imbécil?
Mason no respondió, solo hizo una mueca y asintió rápidamente, apretando los labios con fastidio.
Ella le dedicó una sonrisa radiante y se volvió hacia el empleado.
Ante la mirada interrogante de Curtis, agitó las manos con gesto juguetón.
—No le hagas caso. Es que hoy le están dando guerra las hemorroides.
El empleado se tapó la boca para ahogar una risita, y la sonrisa de Rachel se ensanchó al oír a Mason gruñir de nuevo. —Aquí tiene sus llaves, señora.
Curtis deslizó las llaves y varios folletos por el mostrador. —Y aquí tiene algunos folletos con los puntos de interés de la zona. Si tiene alguna pregunta, señora, lo que sea, solo tiene que llamar aquí abajo y preguntar por mí, ¿de acuerdo? La ayudaré en lo que necesite.
—Curtis, eres el mejor —canturreó Rachel, haciendo que el hombre se pavoneara de satisfacción—. ¡Muchísimas gracias!
Giró sobre sus talones y se encaminó hacia los ascensores contoneándose, exagerando el vaivén de las caderas con cada paso, segura de que Mason la seguiría. Pulsó el botón de subida y se dio la vuelta: Mason la miraba con el ceño fruncido.
—¿Hemorroides? —preguntó entre dientes.
Rachel sonrió con suficiencia y se encogió de hombros. —La situación necesitaba un toque de humor —le plantó un dedo en el centro del pecho—, cosa que no habría hecho falta si no hubieras sido tan maleducado.
Él se echó hacia atrás, atónito. —¿Yo fui maleducado?
—Sí —dijo, clavándole el dedo en el pecho—. Tú fuiste maleducado.
Mason señaló hacia recepción con un gesto de las manos. —Ese idiota nos ha fastidiado la reserva, que hice hace más de un mes.
Rachel asintió. —Y que yo arreglé en menos de dos minutos, sin ninguna ayuda por tu parte.
Sonrió triunfante. —Además, conseguí una suite por menos de lo que habríamos pagado por las dos habitaciones. ¡Toma ya!
El ascensor emitió un pitido al abrirse las puertas. Rachel entró en la cabina y pulsó el botón de la última planta.
Mason suspiró hondo y la siguió, negando levemente con la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó Rachel a la defensiva.
—Este va a ser un viaje larguísimo —masculló.
* * *
Mason cortó meticulosamente un trozo de filete y echó un vistazo a Rachel, que daba sorbitos a su copa de vino mientras lo observaba. Al instante se preguntó si tendría algo en la cara...
—¿Qué? —preguntó receloso.
Ella frunció los labios e inclinó la cabeza. —Nunca he visto a nadie cortar el filete con tanto cuidado.
Él se encogió de hombros. —Cortarlo así mejora el sabor y la textura.
—¿Qué? —Puso cara de incredulidad—. Eso son tonterías.
Él negó con la cabeza. —Que no.
Giró el plato para que ella pudiera ver. —Mira por dónde estoy cortando. ¿Lo ves? Es a contrafibra. Así la carne queda tierna, y si hago los cortes finos, mejora el sabor.
Pinchó un trocito cuadrado y se lo acercó a la boca. —Venga —la animó—, pruébalo.
Rachel lo miró con recelo un segundo y luego se inclinó hacia delante para darle un mordisco. Se le abrieron un poco los ojos mientras masticaba, y Mason sintió un breve momento de triunfo, algo que rara vez le pasaba con esa mujer. —¿Ves? Sé de lo que hablo.
Ella asintió. —Tienes razón. Está delicioso.
Mason resopló. —¿Te ha dolido? —preguntó, devolviéndole la pulla.
Rachel se rio. —Un poco.
Dio otro sorbo de vino y él se quedó mirando cómo sus labios rodeaban el borde de la copa, sintiendo de pronto envidia de ese cristal.
Ya era bastante duro estar a solas con ella en este viaje, pero tenerla tan cerca y no poder dejarse llevar por ninguno de sus impulsos —que eran muchos tratándose de Rachel— sería una auténtica tortura.
Al principio, la idea de compartir habitación con ella le había resultado frustrante a más no poder, sobre todo porque la había sugerido ese idiota del empleado que les había fastidiado la reserva.
Pero una vez que se calmó y echó un vistazo a la suite, que era magnífica se mirara por donde se mirara, empezó a replantearse la situación...
cuatro días, solos, en la misma suite...
y con jacuzzi. Vaya, las posibilidades eran infinitas. Mason sonrió para sus adentros.
—¿Qué te hace tanta gracia? —La voz de Rachel lo sacó de su ensoñación.