Capítulo 11
Rancho Lazy Fork
Rachel y Leah dieron una vuelta por la arena principal, repasando los preparativos del evento y saludando a los vendedores.
La afluencia al primer concurso de chili del rancho era excelente, y varios negocios de Aida habían enviado participantes.
Y lo mejor de todo... el delicioso aroma a carne y especias impregnaba el ambiente.
—Madre mía, Rach. No sé si podré aguantar juzgar treinta versiones de chili —dijo Leah con cara de escepticismo—. Pensaba que no habría más de veinte. Mi estómago no va a sobrevivir.
—El concurso ha resultado más popular de lo que esperaba —Rachel sonrió con suficiencia—. Estarás bien. Tengo yogur de sobra para que comas entre plato y plato.
—¿Yogur? —Leah la miró con asco.
—Ajá —respondió Rachel asintiendo—. Un par de cucharadas de yogur te quitarán el picor, créeme. También tenemos mantequilla de cacahuete y nata agria, que van igual de bien.
Leah resopló. —Tienes un plan para todo, ¿verdad?
—Por supuesto —Rachel se encogió de hombros con una sonrisa, y se volvió al oír un alboroto a sus espaldas.
—Esta es mi mesa —gruñó Mason mirando a la mujer mayor que le fulminaba con la mirada—. Se supone que tienes que estar allí.
Señaló hacia el otro lado de la arena.
—Pero yo quiero esta mesa —insistió Agnes, sin inmutarse lo más mínimo—. Es la más resistente de todas y está cerca de los mejores enchufes. Tú puedes moverte allí.
—Maldita sea, Agnes —casi gritó Mason, exasperado—. ¿Puedes ir a dar la lata a otro hoy? Tengo un concurso de chili que ganar.
—No cuentes con ello, muchacho —replicó Agnes, alzando la barbilla con aire desafiante—. Voy a barrer el suelo contigo. Yo siempre gano.
Mason negó firmemente con la cabeza. —Hoy no.
Señaló una mesa vacía al otro lado del espacio.
—Esa es tu mesa, y te sugiero que te pongas manos a la obra si quieres tener alguna posibilidad de competir conmigo.
Ambos miraron hacia Rachel y Leah, que estaban a un lado, haciendo lo posible por contener la risa.
—¿Qué? —preguntó él, cruzándose de brazos a la defensiva.
—Nada —respondió Rachel con una risita, negando con la cabeza.
—¿Ya has seguido mi consejo? —preguntó Agnes en voz alta, atrayendo la atención de todos en un radio de seis metros.
Rachel sintió que la sangre le subía al rostro, ardiendo de vergüenza. Miró a su alrededor presa del pánico, buscando dónde meterse.
Al ver que su mejor amiga estaba muerta de vergüenza y a punto de salir corriendo, Leah se adelantó. —Agnes, déjame ayudarte a instalarte. Trae —dijo cogiendo la olla eléctrica de la mujer—, deja que te la lleve.
—Bueno, está bien. Si no queda más remedio —refunfuñó Agnes, lanzándole a Mason una última mirada asesina antes de seguir a Leah hacia la mesa indeseable.
—¿Qué consejo te dio? —murmuró Mason al oído de Rachel, que pegó un bote de casi medio metro. No le había oído acercarse y desde luego no se había dado cuenta de que estuviera tan cerca.
Se giró torpemente para mirarlo de frente. —Oh, eh, no... emmm, nada —balbuceó agitando las manos, mientras sentía que el rostro le ardía de nuevo—. Ella, eh, solo me estaba diciendo cómo... ehhh... emmm... quitar manchas de aceite de... eh... la ropa.
Le dedicó una sonrisa forzada.
Mason la miró como si hubiera perdido la cabeza por completo, cosa que ella sentía que había pasado en ese momento. No dijo nada, solo la observó un instante con expresión incrédula, y luego volvió a su mesa para montar guardia contra cualquier otro insensato que intentara robarle el sitio.
«¡Dios mío! Por favor, que consiga sobrevivir a este día».
* * *
—Este año no tendremos huéspedes del rancho turístico en las fiestas, así que haremos nuestro menú tradicional de Acción de Gracias —dijo Alice desde el otro extremo de la mesa.
—¿Y cuál es el menú tradicional? —preguntó Rachel.
—Pavo, relleno, cazuela de judías verdes, boniatos, puré de patatas...
ese tipo de cosas —respondió Mason. Estaba sentado frente a ella con expresión satisfecha y victoriosa, la medalla de gran campeón del concurso de chili todavía colgada al cuello.
Llevaba todo el día pavoneándose y radiante desde que había barrido al chili de Agnes.
—Suena bastante fácil —dijo Leah, mirando a Alice—. Me encantaría ayudar. Se me dan de maravilla los pasteles.
—¡Trato hecho! —dijo Alice, levantando una mano—. Siempre me viene bien ayuda en la cocina.
Rachel hizo girar el vino en la copa, con la cabeza ladeada y los labios fruncidos, pensativa.
—¿En qué piensas, Princesa? —preguntó Mason, que no le había quitado los ojos de encima en casi toda la noche.
Rachel le sostuvo la mirada y esbozó una media sonrisa, luego se volvió hacia la cabecera de la mesa.
—Burt, ¿alguna vez has pensado en montar un programa de cría de caballos aquí?
Se hizo el silencio en la sala ante el peligroso cambio de tema, y Burt frunció el ceño con irritación. No dijo ni una palabra.
Rachel se lo tomó como buena señal. —Solo pregunto porque me he fijado en que tus yeguas han tenido potros muy fuertes. Elvis es un ejemplo perfecto.
—¿Elvis? —preguntó Burt.
Alex se inclinó hacia delante y miró a Burt. —Hank dejó que Rachel le pusiera nombre al nuevo potro de Maggie. Le queda que ni pintado, si quieres mi opinión, con ese tupé negro que se le levanta.
Alex le dedicó a Rachel una rápida sonrisa de apoyo.
Sin querer desviarse del tema, Rachel hizo un gesto desdeñoso con la mano. —Desde que llegué, me he dado cuenta de que tienes caballos de muy buena estirpe, y eso podría ser una fuente importante de ingresos si te interesara.
Burt gruñó. —Ahora suenas como él. —Señaló a Mason con la mano.
—Rachel tiene razón, Burt —intervino Lucas—. Ya tienes una yeguada impresionante y tu semental reproductor es uno de los mejores que he visto. Con algunos ajustes podría ganar premios.
—Hmmm —gruñó Burt con expresión agria, notablemente parecida a la de su hijo.
—Solo es algo para tener en cuenta —añadió Rachel encogiéndose de hombros—. Reconozco caballos de calidad cuando los veo, y desde luego los tienes aquí.
Todos observaron a Burt en silencio, que miraba su plato con aire pensativo. Después de lo que pareció una eternidad, levantó la vista y asintió. —Merece pensarlo.
Rachel arqueó las cejas sorprendida y miró a Mason, que lucía una expresión igualmente atónita.
Miraba a su padre como si a Burt le hubiera salido otra cabeza.
Entonces Mason miró a Rachel y su rostro se fue transformando lentamente en una hermosa sonrisa que le iluminó la cara y le quitó años de encima.
Le guiñó un ojo con complicidad y Rachel sintió un cosquilleo recorriéndole el cuerpo.
Alice, que sabía reconocer un avance cuando lo veía, intervino. —Bueno, ya basta de negocios por esta noche. Pueden hablar de esto mañana. ¿Quién quiere postre?
* * *
Mason estaba apoyado en la barandilla del balcón, frente a la habitación de Rachel, contemplando el rancho con algo parecido al orgullo. Por primera vez en años, sentía una pequeña paz. Dio una calada profunda a su puro y exhaló el humo lentamente, pensando en el siguiente paso.
No podía creer que su padre acabara de aceptar considerar un cambio; se lo debía a Rachel. De alguna manera, ella sabía qué decir en el momento justo. Había abordado el tema con cuidado en lugar de imponerlo a la fuerza, que, como bien sabía Mason, era su propia técnica habitual.
Joder... esa diosa lo había conseguido.
Su mente bullía de planes, pero sabía que aquello seguía siendo una operación muy delicada y que era importante ir despacio. Necesitaría el apoyo constante de Rachel para mantener a su padre interesado y en marcha.
Al oír que se abrían las puertas a su espalda, miró por encima del hombro y encontró a la susodicha diosa allí de pie, con expresión pensativa.
Se dio la vuelta, se apoyó en la barandilla y le dedicó una sonrisa. —Lo conseguiste, Princesa.
Rachel le dedicó una dulce sonrisa, se acercó y se apoyó a su lado en la barandilla. —Imaginé que estarías aquí.
Mason asintió sin dejar de mirarla. —Es donde mejor pienso.
—¿Y en qué piensas ahora?
Él sonrió. —Creo que por fin vamos por buen camino —respondió—. Ahora mismo podría besarte, te lo juro.
Rachel le dedicó una sonrisa coqueta. —Vaya, eso sería interesante.
Él entrecerró los ojos ante lo que sonaba como un desafío tácito, dio un paso y la acorraló contra la barandilla. —Sí, creo que lo sería.
Tenerla tan cerca, con su cuerpo curvilíneo prácticamente pegado al suyo, le recordó lo tremendamente femenina que era. Normalmente ella iba por el rancho mandando a todo el mundo, especialmente a él, y aquella versión más suave le resultaba increíblemente seductora.
La observó atentamente en busca de señales de rechazo, pero al no ver ninguna, su mirada se centró en aquella boca que se alzaba hacia él, expectante.
Inclinó la cabeza y le rozó los labios suavemente, tanteando su respuesta.
Los labios de ella se aferraron a los suyos y las manos de Rachel subieron por su pecho hasta agarrarle la nuca.
El cuerpo de Mason se tensó de excitación ante aquella reacción y se lanzó a besarla, liberando el deseo contenido y la tensión sexual que llevaba un mes acumulándose.
Ella le correspondió movimiento por movimiento, sin retroceder, más bien restregándose contra su pecho. La intensidad entre ellos era abrumadora y de repente se sintió como un adolescente inexperto con las hormonas desbocadas.
Ella gimió en su boca y él profundizó el beso aún más, hundiendo los dedos en su cabello para sujetarla mientras su lengua se entrelazaba con la de ella. Quería devorarla, no parar nunca, y la respuesta de Rachel era igual de hambrienta.
Una tosecilla a su derecha lo sacó de su embriaguez de deseo y se apartó a regañadientes. Miró y encontró a su hijo observándolos con los ojos muy abiertos y una extraña sonrisa en el rostro.
Cody carraspeó incómodo. —Eh... papá, el abuelo quiere hablar contigo un momento. Está en su despacho.
Mason se apartó de Rachel y asintió. —Gracias, hijo. Dile que voy enseguida.
Cody sonrió y le guiñó un ojo a Rachel con complicidad, luego se dio la vuelta y salió corriendo por el balcón hasta doblar la esquina.
—Nos han pillado, Princesa —dijo Mason, rompiendo el silencio.
Rachel resopló. —Solo ha sido un beso. No hay nada que pillar.
Mason la miró fijamente, con los ojos llenos de determinación. —Todavía.
Ella le dedicó una sonrisa enigmática. —Deberías ir a hablar con tu padre. Que lo tenga todo presente y no le presiones demasiado. Deja que crea que ha sido idea suya.
Estuvo a punto de soltar un comentario sarcástico, pero se contuvo. Ella tenía razón. Con solo decir lo adecuado, había logrado más en diez minutos que él en diez años. Solo conseguiría empeorar las cosas si intentaba forzar el asunto ahora.
En lugar de eso, se inclinó para darle otro beso breve, rozándole apenas los labios. —Para que me dé suerte —susurró con una sonrisa, y se dio la vuelta para seguir a su hijo por el balcón.
* * *
Rachel lo observó alejarse con ese andar sexy y seguro. Respiró hondo, temblorosa, y miró hacia los campos.
Madre mía... simplemente, madre mía.
Se rozó los labios con los dedos. Todavía le hormigueaban por aquel beso y el cuerpo le dolía de una manera que no había sentido en años. Normalmente era ella quien tenía a los hombres comiendo de su mano, pero de alguna manera Mason había cambiado las tornas.
¿Cómo había pasado aquello? Nunca había perdido el control con un hombre.
Las palabras de Agnes le volvieron de golpe a la mente y Rachel negó con la cabeza en silencio.
Era tan tentador ceder y llevarse a Mason a la cama.
La química entre ellos era innegable y nunca había reaccionado así ante un hombre, a pesar de que quería lanzarle algo el noventa por ciento del tiempo.
Ceder a la tentación por unas horas de diversión sería un suicidio profesional y Rachel se negaba a dar ese paso, por muy increíble que fuera lo que sentía con Mason.
Le encantaba estar aquí: la tierra, la gente, la paz.
Lo último que necesitaba era poner en peligro su lugar en el rancho.