Capítulo 8
Rancho Lazy Fork
—Me alegra anunciaros que Mason tiene preparada una sorpresa final para vuestro último día aquí —anunció Rachel durante la cena, más tarde esa noche.
Los huéspedes charlaban emocionados y miraban a Mason al otro extremo de la mesa con algo parecido a veneración... todos excepto el que había sido su desafortunada víctima durante la demostración de lazo esa mañana.
Rachel negó con la cabeza al mirar a Mason, que permanecía sentado con aire despreocupado y aburrido.
El imbécil...
Por lo visto, que lo hubieran maniatado y humillado en una demostración bastante larga había herido el orgullo del huésped lo suficiente como para exigir un reembolso.
Por suerte, Alice había conseguido apaciguarlo y convencerlo de que se quedara, añadiendo un paseo a caballo gratuito para cerrar el trato.
Tendrían que asegurarse de que Mason no participara en esa actividad.
—El jueves tenemos cuatro cervecerías locales y dos bodegas que vendrán a hacer una cata. Además, se nos unirán una panadería y un restaurante de barbacoa de Aida. Será un auténtico Sabor de Hill Country.
Rachel sonrió mientras recorría la mesa con la mirada, y se detuvo un momento para lanzarle a Mason una mirada desafiante.
—Va a ser muy divertido.
Él la observó con cautela, pero mantuvo su actitud indiferente sin decir palabra.
Incluso Burt, que normalmente mostraba una expresión distante, parecía entusiasmado y asintió en señal de aprobación.
Rachel se recostó en la silla, de pronto exhausta. Lidiar con Mason era literalmente un trabajo a jornada completa.
—Bueno, creo que me voy a acostar —dijo mientras se levantaba, lanzándole a Mason una mirada traviesa—. Alice, Mason se ha ofrecido generosamente a limpiar la cocina esta noche.
Una extraña emoción la recorrió al ver cómo se le tensaba la mandíbula y sus ojos se volvían acerados.
Se oyeron varias risitas entre los comensales y algunas miradas de asombro de su séquito de admiradores.
Alice dio un golpe en la mesa, disfrutando del juego.
—¡Anda, qué maravilla! —miró fijamente a su hijo mientras se levantaba—. Empieza a recoger los platos, muchacho. Tenemos unas dos tandas de platos que fregar, y luego están los suelos, reponer la despensa, y hace tiempo que no limpio esas ventanas...
Su voz se fue apagando mientras caminaba hacia la cocina.
Rachel le dedicó a Mason una última sonrisa empalagosa —esto era mucho más divertido de lo que había imaginado— y subió a su habitación. Necesitaba un baño caliente y después un rato de cháchara con su mejor amiga.
* * *
—¡Dios mío! ¡No me lo puedo creer! —la expresión de Leah en la pantalla del ordenador era de asombro mientras Rachel le contaba sus últimos días, incluido cómo había vencido a Mason en su propio juego.
Rachel sonrió.
—Pues claro que sí. El hombre es un completo idiota, así que ha sido divertido inventarle tareas —se rio—. Parece que va a explotar cada vez que le asigno otra, sobre todo si tiene que ver con los huéspedes.
Se detuvo un momento.
Leah se rio.
—Bueno, parece que has dejado huella por allí. ¿Qué tal te trata el resto?
—Todos son geniales. Alice y Burt han sido maravillosos —Rachel se encogió de hombros—. Aparte de Mason, a todos parece encantarles lo que he hecho hasta ahora.
Leah asintió con aprobación.
—Lo de las bodegas fue una gran idea. Asegúrate de que coincida con nuestra visita —añadió con una sonrisa.
—Por supuesto, boba —respondió Rachel—. Creo que te va a encantar. Es bastante más grande que Blue Valley Ranch, y precioso además. Hill Country es realmente especial.
—Estoy deseando verlo —dijo Leah—. Y conocer a ese Mason —añadió, moviendo las cejas.
Rachel resopló.
—Ten cuidado con lo que deseas.
—¿Por qué? ¿Es feo?
—No, todo lo contrario —respondió Rachel enseguida—. Probablemente sea el hombre más sexy que he visto en mi vida.
—Vaya —exclamó Leah, apartándose un poco de la pantalla—. Bueno, eso suena prometedor.
Rachel negó con la cabeza.
—No lo es... créeme. Es el tío más insoportable que conocerás en tu vida.
—Descríbemelo —la instó Leah.
—Bueno... —Rachel frunció los labios y miró al techo, concentrándose—. Es un vaquero cascarrabias de metro noventa y cinco y está hecho una mole —miró a la pantalla con expresión sincera—. En serio, sus músculos tienen músculos. Y probablemente tiene los ojos más bonitos que he visto en un hombre.
—Ooooooh —dijo Leah, inclinándose hacia delante—. ¿De qué color?
—Azul intenso, como el mar —respondió Rachel, sin darse cuenta de que su voz había adoptado un tono soñador—. Pelo rubio oscuro muy corto y unos labios por los que mataría cualquier supermodelo.
Leah se echó hacia atrás con expresión asombrada.
—Madre mía, Rachel.
—¿Madre mía? —Rachel entrecerró los ojos—. ¿Qué se supone que significa eso?
—Eso... ha sido muy detallado. Nunca te había visto tan emocionada por un tío.
Rachel gruñó.
—Ya, bueno, también me dan ganas de estrangularlo el noventa y nueve por ciento del tiempo. ¿He mencionado que es un imbécil de campeonato?
—Un par de veces —Leah se rio—. Ya me imagino los fuegos artificiales.
—Oh, créeme, los hay —respondió Rachel con expresión seria—. Básicamente intimida a todo el mundo y es bastante obvio que no está acostumbrado a que nadie le plante cara.
—Y en eso tú eres una campeona —añadió Leah con sorna.
—Bueno, sí —Rachel se encogió de hombros, sin el menor remordimiento—. Ya me conoces.
—Desde luego —Leah le dedicó a Rachel una sonrisa cómplice—. Bueno, Lucas y yo estaremos allí en unas semanas, justo después de tu cumpleaños. ¿Hay algo especial que te apetezca hacer?
A Rachel se le iluminaron los ojos. —Sí, tengo mucho que enseñarte.
En el pueblo hay un grupo de señoras que llevan más de cuarenta años organizando tés.
Seguro que Rose organiza uno para ti. —Frunció los labios, pensativa—.
Y quizá pueda convencer a Mason de que os lleve a Lucas y a ti a dar un paseo a caballo por el rancho.
Leah le dedicó una sonrisa picarona y arqueó las cejas. —Oh, seguro que podrías convencerlo.
Rachel puso los ojos en blanco. —Para ya.
—Lo vas a engatusar pero bien —canturreó Leah con voz melosa.
—Chica, para. Ni de broma. —Rachel no pudo ocultar la sonrisa—. Liarte con el vaquero puede haberte funcionado de maravilla a ti, pero para mí sería el camino directo al infierno.
Unos golpes repentinos en las puertas francesas casi la hicieron saltar de la cama.
—¡Madre mía, Rachel! ¿Qué ha sido eso?
—Ni idea... espera. —Se acercó de puntillas a las puertas y se asomó por las persianas, topándose con la mirada furiosa de Mason.
—Oh, maravilloso —dijo con sarcasmo, sacándole la lengua.
Suspirando, volvió a la cama y miró la cara preocupada de Leah en la pantalla del ordenador. —Hablando del rey de Roma. El mismísimo Príncipe Azul está aporreando mi puerta, seguramente para quejarse de haber tenido que fregar la cocina.
A Leah se le desencajó la mandíbula y soltó una carcajada encantada. —Ay, Rachel, no me digas que lo hiciste.
—¡Pues claro! Esta mañana humilló a uno de nuestros huéspedes en una demostración de lazo, lo maniató como a un ternero, y luego se peleó con una de mis señoras del té. —Resopló—. Tiene suerte de que lo único que le tocara fuera fregar la cocina esta noche.
El puño de Mason volvió a golpear la puerta con impaciencia y Rachel suspiró. —Dios mío. Será mejor que vaya antes de que eche la puerta abajo. ¿Me llamas en un par de días?
Leah sonrió. —¡Por supuesto! Ahora ve a maniatarlo a él... y cuando tengas oportunidad, hazle una foto y mándamela.
—Eh... no. No pienso hacerle ninguna foto. Seguro que me pillaría y entonces sí que tendría al mismísimo diablo encima.
—¡Maldita sea, mujer! —la voz amortiguada de Mason retumbó en la habitación—. Abre.
—¡Vaya! —Leah tenía los ojos como platos—. Adiós, cariño. ¡Buena suerte!
La pantalla del ordenador se quedó en blanco y Rachel suspiró. Respiró hondo para calmar los nervios, se dirigió a las puertas y las abrió de un tirón, plantándose con aplomo en el umbral con las manos en las caderas. Estaba a escasos centímetros de su imponente figura.
En ese momento, mientras se cernía sobre ella, Mason le recordó a un toro enfurecido, con los ojos encendidos y echando humo por la nariz.
—¿Sí? —preguntó con voz melosa, sabiendo que su tono lo irritaría. Tan cerca, podía ver las vetas blancas en sus ojos que hacían que el azul fuera tan intenso. Eran hipnóticos.
Se le ensancharon las fosas nasales y separó los labios en un gruñido, con las manos crispándose como si luchara consigo mismo. Sin inmutarse, ella arqueó las cejas mientras él seguía fulminándola con la mirada, sin decir nada.
—¿Querías algo o solo has venido a hacerme perder el tiempo? —preguntó impaciente.
Un destello le cruzó la mirada mientras le rodeaba la espalda con el brazo y la atraía hacia su cuerpo. —Sí, Princesa. Quiero algo.
Bajó la cabeza y su boca se abalanzó sobre la de ella. Sus labios la devoraron mientras su lengua trazaba la línea de los labios de Rachel, buscando que se abrieran.
Rachel se quedó atónita un momento, con los ojos muy abiertos y las manos presionadas contra el pecho de él. Luego, con un leve gemido, se derritió contra él: separó los labios y su lengua se entrelazó con la de Mason. Le rodeó los hombros con las manos y tiró de él, intentando acercarlo más.
Él respondió con un gemido, deslizando las manos hacia abajo para agarrarle el trasero y apretarlo. Mientras su lengua seguía batallando con la de ella, frotó la pelvis contra su cuerpo, dejando claro que estaba más que dispuesto a ir más lejos.
Se consumieron el uno al otro. Era como si una presa se hubiera roto y, una vez derrumbada, no había forma de contener lo que sentían.
Pero una pequeña parte del cerebro de Rachel empezó a dar la voz de alarma. Estaba alcanzando rápidamente el punto de no retorno, pero sabía que nunca podría dejar que llegara tan lejos con Mason.
«Trabajas con él, idiota. Esto no puede pasar».
Apoyó las manos contra su pecho, apartó la boca de la de él y lo empujó. Mason jadeaba con fuerza mientras daba un paso atrás a regañadientes, con las manos crispadas como si resistiera el impulso de volver a tocarla.
Rachel se sentía como si le hubiera caído un rayo encima. Se tocó los labios y lo miró con asombro.
¿Qué demonios acababa de pasar?
Nunca había perdido el control con un hombre, pero Mason era peligroso...
como la dinamita. La hacía querer dejarse llevar.
Corrección, la hacía querer mandar la prudencia al cuerno y lanzarse de cabeza.
Ese escenario tenía desastre escrito por todas partes.
Este hombre era un problema con P mayúscula.
El pecho de Mason subía y bajaba como si luchara por recuperar el aliento, y su boca había adoptado una curva decididamente seductora. La miraba con un brillo resuelto en los ojos.
—Esto no puede volver a pasar, Vaquero —dijo Rachel entre dientes.
Los ojos de Mason brillaron peligrosamente. —Oh, volverá a pasar, Princesa. Puedes estar segura. —Dio un paso hacia ella y bajó la cabeza hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros—. Eso y mucho más.
Le costó todo su autocontrol no ponerse de puntillas y cerrar esa mínima distancia entre sus labios... no lanzarse sobre él en ese mismo instante.
«Mi cama está justo detrás... podríamos dejarnos caer y enredarnos de la mejor manera posible».
Rachel negó con la cabeza, tanto para sí misma como para Mason. —No, eso no puede pasar.
—¿Por qué? —susurró él, tan cerca que ella podía sentir su aliento en la cara. Sus ojos, intensos, estaban clavados en sus labios.
—Sabes por qué —respondió con voz débil, mientras su mano se alzaba para posarse en el pecho de él. Sentía cómo su determinación flaqueaba bajo aquella mirada hipnótica.
Se adelantó un poco y le posó las manos con suavidad en las caderas. —No —dijo, negando con la cabeza—, no me importa.
Rachel soltó el aire de golpe. —Trabajamos juntos.
Mason se encogió de hombros. —No veo qué tiene eso que ver.
Rachel volvió en sí de repente, sacudió ligeramente la cabeza y se apartó de él.
—Métete esto en tu cabezota, vaquero. Esto no va a pasar nunca —respondió con frialdad, señalándolos a ambos con el dedo mientras retrocedía hacia su habitación—. Ahora, si me disculpas, me voy a la cama, y te sugiero que hagas lo mismo.
Le lanzó una mirada penetrante.
—Mañana tienes el día lleno y te va a hacer falta descansar.
Rachel retrocedió y le cerró las puertas en la cara antes de que él pudiera decir nada más. Se apoyó contra la puerta, exhaló largamente y negó con la cabeza.
«¿Cómo demonios va a funcionar esto? ¿Cómo voy a resistirme a ese hombre?»
Al meterse en la cama, oía a Mason moverse por el balcón, y mientras se quedaba dormida, el aroma intenso de un puro dulce la envolvía y el recuerdo del cuerpo de Mason pegado al suyo la acompañó hasta sus sueños.
* * *
Mason se quedó mirando las puertas del balcón mientras fumaba su puro con aire pensativo y reflexionaba sobre lo que acababa de pasar. No había sido su intención agarrarla así. Solo había subido para cantarle las cuarenta por sus estúpidas tareas.
Todo en ella lo desafiaba y lo provocaba, y si era sincero consigo mismo, lo excitaba como ninguna mujer lo había hecho antes.
Parecía incapaz de controlarse cuando estaba cerca de ella.
Simplemente no le tenía miedo, y eso lo ponía a cien.
Si a eso le sumaba su figura increíble, no podía evitar buscarla... alargar la mano hacia ella.
Maldita sea... era como una polilla atraída por la llama, y ella era la hoguera...
Habría jurado que sintió una descarga cuando sus labios tocaron los de ella, como una corriente eléctrica que pasaba entre ambos. Juntos eran explosivos, y podría haberla besado toda la noche. De hecho, si por él fuera, estarían en su cama ahora mismo haciendo muchísimo más que besarse.
«¿Que nunca va a pasar? Y una mierda, princesa».
Sus ojos brillaron al pensarlo y sonrió. Las cosas se acababan de poner muy interesantes.