Capítulo 9
Rancho Lazy Fork
Un mes después
Rachel respiró hondo el aire fresco y observó la actividad en el patio del establo.
Le sorprendió gratamente descubrir que noviembre en la región montañosa era precioso, repleto de festivales y otros eventos emocionantes.
El calor por fin había remitido y el clima era francamente agradable casi todos los días.
Sonrió para sí misma mientras caminaba hacia el gran establo. Qué satisfacción cuando los planes salían tan bien. Tras ultimar los detalles del primer concurso anual de chili del rancho y reservar un nuevo evento increíble, Rachel sentía una verdadera satisfacción.
Pero lo que realmente la emocionaba era que Leah y Lucas llegarían en cualquier momento. Solo habían pasado unos meses desde que había visto a Leah en Montana, pero se le había hecho eterno. Después de un mes entero batallando con Mason, Rachel necesitaba urgentemente tiempo con sus amigas.
Las últimas semanas habían sido un torbellino de actividad mientras aprendía cómo funcionaba todo y se sumergía de lleno en las operaciones del rancho turístico.
No solo habían aumentado las reservas, sino que también había desarrollado varios planes de expansión emocionantes para Burt y Alice...
planes que realmente podrían generar ingresos y poner el rancho en el mapa.
Mason va a odiar hasta el último de ellos.
Sonrió con malicia al pensarlo. Él despreciaba todo lo que habían hecho hasta ahora. Pero esta última idea... le provocaría un berrinche de proporciones monumentales. Rachel se rio entre dientes. No veía la hora de contárselo.
Rachel respiró hondo al entrar en el establo y se dirigió a la sala de maternidad.
Mason era... difícil y emocionante, desconcertante y sexy, todo en un solo hombre irresistible. La irritaba constantemente, alternando entre sacarla de quicio y tentarla. Era como si ella le hubiera lanzado el guante cuando le dijo que no había ninguna posibilidad de que estuvieran juntos.
Por lo visto, él se lo había tomado como un desafío y se dedicaba a buscar formas de atormentarla...
como la noche anterior, cuando se había tumbado en su balcón con solo unos vaqueros puestos, fumando sus puros con un brillo travieso en los ojos.
Le había molestado descubrir que su torso era aún más magnífico de lo que había imaginado, con músculos bien definidos fruto de años de trabajo duro y una cantidad justa de vello por el que se moría por pasar los dedos.
Le había costado horrores no lanzarse sobre él, y él lo sabía.
Suspiró al pensarlo. Él sabía perfectamente que ella lo deseaba, pero de ninguna manera iba a seguir ese camino. Aquello tenía todas las papeletas para acabar en desastre y angustia.
—Buenos días, señorita Rachel.
El acento arrastrado la sacó de sus pensamientos enredados y la hizo sonreír.
—Buenos días, Hank —le sonrió al hombre de rostro curtido—. ¿Cómo está nuestro nuevo bebé?
—Ah, está muy bien —respondió Hank con una sonrisa orgullosa—. Se ha agarrado a la teta de su mamá como un campeón y no ha dejado de comer desde entonces.
Rachel se rio entre dientes.
—¿Mamá también está bien?
—Claro que sí —asintió Hank—. Maggie es toda una campeona. Este ya es su tercer potro.
—Bien.
Miró alrededor del establo.
—¿Has visto a Mason?
—Sí, acaba de irse —señaló con el pulgar por encima del hombro—. Iba hacia la casa principal, dijo algo de que esperaba una entrega.
—Gracias, Hank —dijo, y se dio la vuelta para irse. Miró por encima del hombro y añadió con una sonrisa—: Si oyes una explosión, es solo Mason después de que le cuente mi último plan para el rancho. Lo va a odiar.
Hank soltó una carcajada y levantó el pulgar.
—¡Dele caña, señorita Rachel!
Al salir del establo, Rachel se detuvo y parpadeó un momento para que sus ojos se adaptaran a la luz mientras echaba un vistazo al patio. Vio a Mason junto a la casa principal sacando equipo de la parte trasera de su camioneta y se dirigió hacia él.
Como si tuviera un sexto sentido, miró por encima del hombro y clavó la mirada en ella mientras se acercaba. Una sonrisa arrogante se dibujó en su rostro mientras se giraba y se apoyaba contra la camioneta con los brazos cruzados sobre su amplio pecho.
Vaquero engreído... ¡a ver si sigues sonriendo después de esto!
Rachel se detuvo a un palmo de él y le dedicó una sonrisa dulce que hizo que él entornara los ojos con suspicacia.
—¿Tienes un minuto? —preguntó con tono desenfadado—. Necesito hablar contigo de una cosa.
* * *
Un escalofrío le recorrió la espalda a Mason. Había aprendido pronto que nunca era buena señal cuando Rachel quería «hablar». Por lo general significaba desastre, sobre todo en forma de otra idea descabellada que traería aún más gente pisoteando su rancho y causando más problemas.
Ante su vacilación, la sonrisa de ella se esfumó y su mirada se volvió acerada. Adoptó la misma pose que él y cruzó los brazos sobre el pecho, lo que solo consiguió producir el efecto que todo sujetador de realce del mundo soñaba con lograr.
Sin poder evitarlo, bajó la mirada hacia su pecho.
—¿Sí, Princesa?
La observó fascinado mientras ella respiraba hondo, lo que hizo que sus impresionantes pechos se elevaran aún más.
—Necesitamos construir una plataforma especial para la arena interior. ¿Crees que algunos de tus chicos podrían ayudar con eso?
Sus ojos volvieron de golpe a los de ella mientras un mal presentimiento le recorría el cuerpo.
—¿Para qué?
Ella le dedicó una sonrisa felina.
—Vamos a organizar nuestra primera boda en unos meses, y la arena es el lugar perfecto para ello.
Él se enderezó apartándose de la camioneta y frunció el ceño alarmado.
—¿Qué?
—Me has oído, Vaquero.
Ella le dedicó su característica sonrisa descarada, esa que él quería borrarle a besos.
—No —dio un paso hacia ella, quedando sus cuerpos a escasos centímetros, y bajó la cabeza hasta que sus narices casi se rozaban—. Aquí no va a haber ninguna maldita boda. Quítatelo de esa cabecita ahora mismo, Princesa.
Rachel levantó la barbilla y se inclinó aún más, con los labios tan cerca que él podía oler su aliento a menta.
—Sí, las vamos a tener, Vaquero, así que métetelo en la cabeza. Ahora responde a mi pregunta. ¿Pueden tus chicos ayudar a construir la plataforma o no?
Mason sintió que la cabeza le iba a explotar.
Joder, es increíble... malditas bodas... en mi rancho...
Apretó los dientes, frustrado, sin saber si quería estrangularla o besarla. Era su peor pesadilla: más gente de ciudad exigente y caprichosa en su rancho, pisoteando zonas donde no pintaban nada, haciendo exigencias ridículas, aparcando sus malditos coches por todas partes y alterando al ganado.
Por no hablar de que retrasaba aún más sus planes. A este paso, jamás convencería a su padre de cambiar el negocio.
Al borde del colapso, agitó los brazos señalando todo a su alrededor.
—Mis hombres tienen cosas que hacer aquí... trabajo de verdad, más importante que cualquier plan descabellado que se te haya ocurrido.
En lugar de echarse atrás como haría cualquier persona sensata con instinto de supervivencia, Rachel se mantuvo firme y le dedicó una sonrisa, sin decir palabra.
—Aquí las cosas no se hacen así, maldita sea —gruñó, fulminándola con la mirada en vano.
—Hemos hablado de esto un millón de veces, vaquero. Lo de antes no funcionaba. Tu padre me contrató para hacer cambios, y eso es lo que estoy haciendo —Rachel alzó la barbilla con gesto desafiante y le sostuvo la mirada—. Asúmelo.
Mason resopló con un gruñido, se dio la vuelta y se encaminó hacia el granero.
Maldita mujer...
* * *
Rachel se rio entre dientes mientras observaba a Mason alejarse pisando fuerte. Era absolutamente fascinante observarlo. Su frustración era tan predecible que en solo un mes había convertido en toda una ciencia el arte de sacarlo de quicio.
Suspiró mientras seguía observando cómo sus largas piernas devoraban la distancia.
Ese sí que es todo un hombre...
Con una sonrisa, Rachel se giró hacia la casa y se detuvo en seco.
A menos de tres metros, Leah y Lucas la observaban: ella con los ojos como platos, él con su sonrisa relajada de siempre.
—¡Oh! ¡Estáis aquí! —corrió hacia Leah y la abrazó—. ¿Acabáis de llegar? No os he oído.
—Sí, nos dimos cuenta —respondió Leah con cautela. Hizo un gesto hacia Mason—. ¿De qué iba todo eso?
—Bah, Mason y yo discutiendo otra vez, nada serio.
No le gusta una idea que he tenido... como siempre —lanzó una mirada molesta por encima del hombro hacia su figura que se alejaba—.
Todavía no se ha dado cuenta de que ya he ganado la batalla.
Ese hombre es terco como una mula —añadió con una sonrisa.
Leah frunció los labios mientras observaba a Mason cruzar el patio.
—Parece difícil de manejar.
—Puedo con él —respondió Rachel—. Y créeme, lo estoy disfrutando —se giró hacia Lucas y sonrió—. Hola, hombre de montaña. ¿Qué tal la vida de casado?
Lucas se rio y la atrajo hacia sí para abrazarla.
—Genial, gracias. ¿Qué tal Texas? ¿Te gusta?
—Es fantástico —respondió Rachel con una sonrisa, señalando a su alrededor—. Me encanta Hill Country, y sobre todo estar lejos de la ciudad.
Leah le cogió del brazo.
—Es curioso cómo nos cambió la vida solo con salir de Chicago. Ahora solo falta encontrarte al hombre de tu vida.
Rachel resopló.
—Como si alguien pudiera aguantarme.
Leah la miró con expresión rara.
—Me pregunto si ya lo has encontrado.
Lucas soltó una carcajada.
—Que Dios lo ayude —miró alrededor—. ¿Dónde está Burt?
—Está en la casa principal —respondió Rachel—. Venga, os llevo y os enseño vuestra habitación. Os quedáis para Acción de Gracias, ¿no?
Leah sonrió y asintió.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo.
Rachel ladeó la cabeza y miró a Leah con suspicacia. Su mejor amiga tenía un don para el misterio, y Rachel percibió un claro doble sentido en sus palabras.
—¿Qué insinúas?
—Creo que por fin has encontrado la horma de tu zapato —sonrió Leah—, y estoy deseando ver los fuegos artificiales.
* * *