Atardecer en Texas (Amor bajo el cielo del oeste nº 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Y no pasará de la primera —respondió con seguridad—. Te la dejo, Hank, y asegúrate de que las limpie todas... ella sola.

Se volvió para marcharse y se detuvo. Habló dirigiéndose a Hank por encima del hombro, pero mirando directamente a Rachel.

—Nadie la ayuda, ¿entendido? Y cuando se rinda, se queje o llore, me llamas.

Rachel le sostuvo la mirada con una sonrisa burlona, sin retroceder ni un centímetro.

—Entendido, jefe.

Hank apretó los labios como si quisiera decir algo más; la desaprobación emanaba de él en oleadas. Pero se limitó a sacudir la cabeza con exasperación.

Mason se giró ligeramente y le dedicó a Rachel una sonrisa maliciosa.

—¿Estás lista, Princesa? —se burló.

Las ganas de borrarle esa expresión condescendiente de un bofetón eran casi irresistibles.

—¿Para palear mierda? —respondió con sarcasmo—. Ah, sí, estoy deseando empezar.

Mason resopló y su sonrisa se ensanchó mientras señalaba hacia la cuadra.

—Bueno, ahí lo tienes. Que te diviertas.

Mason se alejó pavoneándose con esa maldita sonrisa en la cara, caminando con paso seguro. Rachel se quedó mirando sus largas piernas y aquel trasero firme.

Maldito fuera por ser tan sexy...

Nunca había querido darle un puñetazo en las pelotas a un hombre y tirárselo al mismo tiempo... era exasperante.

—Ejem.

Rachel miró hacia Hank, que aún tenía expresión preocupada.

—Señorita, no sé si esto sea buena idea.

—Es Rachel, Hank —dijo ella con una sonrisa amable—. Y yo sí estoy segura de esto, así que no te preocupes.

Se inclinó y susurró:

—¿Quieres saber un secretito?

—Claro —respondió Hank, con renovado interés.

—Me crié en un rancho de caballos en Kentucky, así que llevo limpiando cuadras desde que aprendí a caminar —respondió, y señaló con el pulgar por encima del hombro—.

Pero el vaquero cascarrabias no lo sabe, así que se va a llevar una gran sorpresa.

Y cuando pierda, tendrá que trabajar para mí durante una semana —añadió con una sonrisa malvada.

El rostro de Hank se iluminó y soltó una sonora carcajada.

—Ya iba siendo hora de que alguien le diera a ese muchacho un poco de su propia medicina. A veces es demasiado cascarrabias para su propio bien.

—Oh, pienso hacerlo, créeme. Tendré este lugar impecable antes de que te des cuenta, y juntos le restregaremos esa mierda en la cara a Mason —añadió con una risa, arrancándole otra carcajada a Hank.

Señaló hacia la cuadra más alejada.

—¿Está todo ahí?

Hank asintió.

—Sí, señori... eh, señorita Rachel.

Lo siguió hasta un banco donde se sentó, se metió los vaqueros por dentro de las botas y se puso los guantes que Hank le tendió.

Una vez de pie, Rachel se puso manos a la obra.

—Si me muestras dónde tirar el estiércol, me pongo a trabajar.

—Por aquí. Déjame que te enseñe —dijo Hank, señalando hacia atrás con el pulgar. La condujo rodeando una gran oficina hacia una salida trasera—. Está justo aquí fuera.

Nada más salir había varios contenedores grandes, con una rampa ancha que subía hasta el más cercano.

Rachel asintió al verlo, pero Hank seguía intranquilo.

—Señorita Rachel, tal vez sería mejor si me deja tirar el estiércol a mí.

Ella negó con la cabeza, tozuda.

—He hecho esto antes, Hank. No te preocupes —le dedicó una sonrisa tranquilizadora—. Además, quiero poder restregárselo en la cara: lo hice yo sola.

El anciano sonrió.

—Creo que ese muchacho ha encontrado la horma de su zapato —señaló hacia la puerta—. Después de usted.

Rachel pasó junto a él y caminó con paso seguro hacia la primera cuadra; una sensación familiar se apoderó de ella al agarrar la pala y empezar a limpiar aquel espacio que estaba hecho un asco.

Tarareando una melodía, fue catalogando mentalmente todas las maravillosas tareas que le endosaría a Mason.

Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.

* * *

Mason echó un vistazo al reloj mientras volvía del pastizal del extremo este y se sorprendió de lo tarde que era. Se había pasado el día revisando la valla a lo largo del perímetro oriental, y menos mal que lo hizo.

Después de encontrar una vaca de parto, llamó a algunos peones del rancho para que la recogieran y se quedó a vigilar la situación. Una vez que los vaqueros cargaron a la vaca y al ternero recién nacido, volvió a ponerse en marcha, tomando nota de dónde hacían falta reparaciones.

Ya había pasado la hora del almuerzo y solo faltaban un par de horas para la cena. Sonrió para sus adentros.

«A saber cuánto llevará llorando... A estas alturas ya debería tener las maletas hechas».

Probablemente no había aguantado mucho más de treinta minutos, pero aún no había tenido noticias de Hank. Volvió a mirar el móvil... nada.

«Qué raro...».

La desaprobación de su viejo mentor le había escocido un poco, pero Mason no le dio mayor importancia. Era un mal necesario.

Lo más probable era que Hank hubiera pasado la tarde consolándola cuando se rindió; siempre había tenido debilidad por las mujeres, especialmente por sirenas despampanantes con ojos hipnóticos y piernas kilométricas.

Solo de pensar en las piernas de Rachel se le tensó el cuerpo, y ya se imaginaba cómo reaccionaría si alguna vez las tuviera enroscadas a su alrededor. Esa mañana había querido borrarle a besos aquella sonrisita exasperante de la cara. Apenas había logrado controlarse estando cerca de ella.

Quizá la consolaría con una salida nocturna, una buena cena, unos bailes en el honkytonk del pueblo, y luego se despedirían de la mejor manera posible... enredados en la cama, sin necesidad de palabras.

Al acercarse al granero principal, vio a Alex guiando al grupo de la empresa en lo que llamaban «dinámicas de grupo». Desde su montura, aquello le parecía una soberana estupidez: un montón de idiotas haciendo actividades estúpidas e improductivas para sentirse vaqueros.

Se le torció el labio. Nunca entendería esas chorradas y estaba deseando echar toda esa basura del rancho.

Desmontó y llevó al caballo por la puerta principal. Entornó los ojos hacia el fondo del granero, pero no distinguió movimiento alguno. Una sonrisa enorme y satisfecha le cruzó la cara.

«Se rindió... perfecto...».

Mientras Mason llevaba al caballo a una cuadra y empezaba a quitarle la silla, le llegó un sonido suave.

Se detuvo y ladeó la cabeza, aguzando el oído, pero no logró identificarlo.

Intrigado, salió de la cuadra y se dirigió hacia el ala de maternidad; el sonido fue haciéndose más fuerte: una voz preciosa que cantaba una suave nana.

Dobló la esquina y se quedó clavado en el sitio. La sorpresa le recorrió el cuerpo.

«¿Qué demonios...?».