Capítulo 3
Rancho Lazy Fork
Cuando Rachel terminó de deshacer las maletas, bajó siguiendo el sonido de unas voces hasta la cocina.
Rachel reconoció la voz de Alice.
—¿Por qué no la llevas por los terrenos, le enseñas dónde se alojan los huéspedes, qué suelen hacer, ese tipo de cosas? Cuando Mason se haya calmado, le pediré que le enseñe el resto de las tierras.
—Me parece un buen plan, señorita Alice —dijo una voz nueva.
Rachel dobló la esquina y se detuvo en el umbral de la cocina.
Alice estaba junto a la isla, amasando un enorme trozo de masa de pan.
Un hombre alto y delgado se apoyaba contra la isla a su lado, con una taza de café en la mano.
Llevaba el pelo oscuro cortado a la moda, rapado a los lados y con rizos en la parte de arriba.
Se levantó de un salto al ver a Rachel, y sus ojos negros se iluminaron con interés.
—Tú debes de ser Rachel —dijo, y le tendió la mano—. Soy Alex.
Rachel le dedicó una sonrisa coqueta.
—Hola, Alex. Soy Rachel. Encantada de conocerte.
Le estrechó la mano con un apretón rápido. Debía de ser al menos cinco años más joven que ella, pero a Rachel nunca le había importado que la llamaran asaltacunas cuando se trataba de hombres guapos.
Solo estaba esa molesta regla de no liarse nunca con compañeros de trabajo...
—Alex te va a enseñar los terrenos y responderá a cualquier pregunta que tengas sobre el rancho turístico —dijo Alice mientras se limpiaba la harina de las manos. Se volvió hacia Alex—. Asegúrate de llevarla al viejo roble del picnic. Tengo la sensación de que esa zona le va a encantar.
—Sí, señora —respondió Alex. Cogió su sombrero, se lo encasquetó y se volvió hacia Rachel—. ¿Lista?
Rachel asintió y Alex señaló hacia la puerta.
—Las damas primero.
—Por favor, llámame Rachel —dijo ella al pasar a su lado.
—Por supuesto, Rachel —respondió Alex con una sonrisa en la voz.
Rachel se detuvo fuera y miró a Alex, que estaba a su lado. Él le señaló la cabeza.
—¿Tienes sombrero?
Rachel frunció los labios y negó con la cabeza.
—No, pero puedo comprarme uno cuando vaya al pueblo.
Alex asintió.
—Te hará falta. El sol pega fuerte aquí, incluso en invierno.
Tomó un camino de tierra que bordeaba los edificios principales del rancho, a la izquierda del granero, donde había un quad de cuatro plazas.
—Iremos primero a las construcciones y cabañas más alejadas y luego daremos la vuelta —dijo mientras se sentaba al volante.
Rachel se subió al asiento del copiloto.
—¿Cómo de grande es este sitio?
—Bueno, Lazy Fork tiene ahora unas seiscientas hectáreas. Pero solo usamos unas ochenta para el rancho turístico. El resto es para pastos, forraje, cultivos, ese tipo de cosas.
—Vaya. Es mucho más grande de lo que pensaba —respondió Rachel.
Al sentir que alguien la observaba, miró a su derecha y vio a Mason apoyado contra su camioneta, mirándolos con expresión pétrea. Tenía los brazos cruzados y cara de pocos amigos.
Alex siguió su mirada, sonrió y saludó a Mason con la mano.
—Ya veo que Mason está tan encantador como siempre.
Arrancó el quad y enfiló el camino de tierra que se alejaba del granero.
Rachel resopló.
—Se podría decir.
Se volvió hacia Mason, le sonrió y lo saludó con la mano. Era consciente de que saludarlo era como agitar un trapo rojo delante de un toro.
—¿Siempre es así de simpático?
—Puede ser un poco cascarrabias a veces —dijo Alex con cautela, mirándola de reojo—. Pero no te preocupes, ya se le pasará. Mason odia el rancho turístico y si fuera por él, lo cerraría todo. Tu llegada significa que esa parte del rancho va a crecer en vez de desaparecer.
—Eso me han dicho.
Frunció los labios y volvió a mirar a Mason, que seguía taladrándola con la mirada.
—Bueno, no te preocupes. Puedo con él —respondió Rachel sin dejar de observarlo. Le encantaban los desafíos, y la idea de medirse con Mason le resultaba bastante estimulante.
Mientras serpenteaban por el perímetro exterior, Alex fue señalando las distintas zonas de actividades y los edificios.
—Ahí es donde hacemos la mayoría de los eventos para niños. Tenemos clases de lazo, tiro con arco y manualidades —dijo, señalando un gran edificio de tablones de madera—. Incluso hay una sala de recreativos clásica ahí dentro.
Rachel se asomó a una de las ventanas.
—¿Suele haber muchos niños por aquí?
Alex se encogió de hombros.
—Depende. En verano recibimos bastantes familias. Pero las reservas han ido bajando, y esa es una de las razones por las que Burt y Alice te han contratado.
Rachel asintió.
—Ya tengo un montón de ideas, pero antes quiero saber qué habéis hecho hasta ahora para atraerlos.
—Alice puede ponerte al día de todo eso —respondió Alex con desenfado—. Yo solo me encargo de ellos una vez que llegan. No me meto en temas de marketing.
—Estos son los pastos de invierno —señaló el campo de suaves ondulaciones a su izquierda. Siguió por el camino y señaló un punto a su derecha—. Ese es el viejo roble del picnic. Siempre triunfa, da igual el tipo de público que tengamos.
Rachel siguió con la mirada hacia donde señalaba y contuvo el aliento al contemplar la vista.
Un enorme roble se alzaba junto a un pequeño arroyo, con las ramas gruesas y todavía llenas de follaje.
La hierba de debajo parecía una mullida alfombra verde, frondosa y esponjosa.
Era el lugar perfecto para un picnic. Casi podía ver a la gente tumbada en mantas de cuadros bajo las ramas, comiendo pollo frito y ensaladilla.
—Es precioso —respondió, maravillada por la sencilla belleza del paisaje—. No tenía ni idea de que esto fuera tan bonito. Debéis de estar hasta arriba en verano.
Alex frunció los labios.
—En realidad, podemos estar ocupados todo el año. El clima es bastante suave en invierno. Solo hay alguna que otra tormenta de hielo, ese tipo de cosas.
Se quedó callado un momento.
—Pero solemos cerrar en diciembre por las fiestas.
Avanzó un poco más. —Aquí es donde hacemos las fogatas. —El hoyo estaba en el centro de un círculo de piedras pequeñas que obviamente servían de asientos—. Siempre lo pasamos muy bien —dijo Alex con una sonrisa.
A medida que avanzaban, Rachel distinguió una hilera de cabañas dispuestas con esmero a lo largo de un arroyo, todas ocultas bajo grandes árboles frondosos. —¿Cuántas cabañas hay?
—Hay quince cabañas repartidas por toda la propiedad. Estas son las primeras ocho. —Señaló hacia el este—. Las otras siete están en el lado opuesto del albergue principal.
Había varios edificios dispersos por la zona.
—Ese es el gimnasio, y ahí está el centro de actividades.
Organizamos torneos de bingo, póker y dominó, y otros juegos.
—Señaló un edificio más grande al fondo—.
Y ese es el pabellón cubierto. Lo usamos para fiestas grandes o competiciones de equitación, cosas así.
Rachel iba en silencio, escuchando mientras Alex soltaba un detalle tras otro.
Estaba asombrada por el tamaño del rancho.
Había estado en Blue Valley Ranch, donde Leah vivía ahora con su marido, Lucas.
Este lugar tenía que ser fácilmente tres veces más grande.
Y era precioso, muy diferente del paisaje desértico marrón y árido del suroeste que se había imaginado.
Al doblar otra curva, apareció a lo lejos una cabaña más grande, sola en una pequeña loma y rodeada de varias encinas enormes.
Estaba construida en el estilo tradicional de troncos, con piedra y madera, y grandes ventanales que se elevaban hacia el cielo.
Los troncos debían de medir al menos treinta centímetros de diámetro, y parecía una versión más pequeña del albergue principal.
—¿Qué edificio es ese? —preguntó Rachel, señalando la cabaña.
Alex siguió su mirada. —Ah, esa es la cabaña de Mason. La construyó él solo. De hecho, todavía está trabajando en ella.
Rachel arqueó las cejas, sorprendida. —¿Qué? —preguntó incrédula—. Alice mencionó que había reformado la cocina, pero esto... —Sacudió la cabeza, asombrada—. Es increíble.
Alex sonrió. —Mason es muy versátil. Es de esos tipos que saben hacer de todo, ¿sabes?, y tiene muy buenas manos.
Rachel disimuló una sonrisa.
«Ya lo creo que sí...»
Negó con la cabeza ante aquel pensamiento tan raro.
—No es precisamente el más sociable del mundo y odia a los huéspedes, por eso vive tan apartado —añadió Alex—. ¿Ves los carteles de delante? —Señaló el jardín de la cabaña.
—Todos dicen: «propiedad privada, largo de aquí» —dijo Alex con una risita—. De vez en cuando, algún huésped curioso se acerca por allí. Se pone hecho una furia cuando pasa eso.
Rachel soltó una risita. —Me lo imagino —respondió, divertida con la idea de irritar a Mason—. ¿Qué hace... resopla, grita y echa pestes?
Alex se rio y asintió. —Sí, eso es justo lo que hace. Es grande e imponente, y con eso basta para que salgan pitando. Su madre suele tener que hablar con él para que sea más amable con los huéspedes, pero eso solo le dura un día o así, hasta que alguien vuelve a sacarlo de quicio.
Rachel no comentó nada, solo siguió contemplando el paisaje mientras avanzaban. Mason iba a ser todo un reto, pero ella no se dejaba amedrentar tan fácilmente como los huéspedes.
Ya había tratado con hombres bravucones, y este no le daba ningún miedo. De hecho, estaba deseando medirse con él.
«Es porque está tan bueno... esos ojos, esos hombros, esas piernas, esas MANOS...»
Ese hombre parecía de los que se marcaban objetivos y doblaban el mundo a su voluntad, ya fuera física o metafóricamente. Había conocido a unos cuantos así: su abuelo y su hermano, sin ir más lejos. Diablos, hasta su abuela encajaba en esa descripción.
—Así que eres de Chicago, ¿eh? —La pregunta de Alex la arrancó de sus pensamientos.
Rachel asintió con una sonrisa. —Sí —respondió, sin añadir nada más.
—He estado allí unas cuantas veces —dijo, mirándola de reojo—. La verdad es que no me entusiasmó... demasiada gente, demasiada contaminación, y creo que nunca había pasado tanto frío en mi vida.
Rachel sonrió. —No la llaman la Ciudad del Viento por nada.