Atardecer en Texas (Amor bajo el cielo del oeste nº 2) Capítulo 2 #2
11%

Capítulo 2 #2

A Mason se le cayó el alma a los pies y le soltó la mano como si quemara.

Era la nueva ayudante de su madre... la persona que ampliaría el rancho turístico, la persona que le haría la vida imposible.

Frunció el ceño y sacudió la cabeza. ¿No era típico que esta mujer tan guapa resultara ser su nueva enemiga?

La decepción y la frustración se apoderaron de él y sintió unas ganas enormes de alejarse.

—Ve a la casa principal y pregunta por Alice —gruñó, señalando una puerta lateral. Rachel abrió mucho los ojos al notar el cambio de tono y dio un paso atrás.

Mason apretó los dientes, se dio la vuelta y se dirigió al cobertizo, decidido a quitarse de la cabeza a esa nueva atormentadora.

Cerró los ojos y dejó caer la cabeza, con las manos en las caderas, maldiciendo su suerte.

No podía creer que la chica del pueblo, la misma que había querido buscar, fuera la que venía a arruinarle todos los planes.

* * *

Rachel observó cómo el vaquero increíblemente atractivo se alejaba de ella dando pisotones, con los ojos como platos.

«¿Qué demonios acaba de pasar?»

Por un momento, había parecido que existía una conexión. Podría haber jurado que vio interés, tal vez incluso deseo, en sus ojos. Frunció el ceño, confundida. Casi parecía que la hubiera reconocido.

Pero estaba segura de que nunca había conocido a ese tipo, ni siquiera se había cruzado con él por la calle.

Si lo hubiera hecho, lo recordaría, porque desde luego le había puesto el motor en marcha.

Rachel se consideraba una coqueta profesional, pero rara vez sentía un flechazo de atracción como el que experimentó al mirar a los profundos ojos azules de aquel tipo.

Lo observó mientras seguía apilando cajas fuera del cobertizo, incapaz de apartar la mirada.

Estaba hecho un armario, y de hecho la hacía sentirse pequeña, lo cual ya era decir.

Con su metro setenta y ocho, Rachel solía mirar a la mayoría de los hombres a la altura de los ojos o los superaba en estatura, sobre todo cuando llevaba tacones.

Pero este tipo la hacía sentirse diminuta. La cabeza apenas le llegaba al mentón, y eso que hoy llevaba sus botas favoritas, las de tacón de cinco centímetros. Sus hombros eran tan anchos como el marco de una puerta, y esos músculos...

Por cómo la camiseta se le ceñía al torso, se notaba que estaba tremendamente musculoso. Era magnífico.

Rachel intentó recordar su nombre, pero tenía la mente en blanco.

Sentía el cerebro embotado. Sacudió la cabeza para despejarse y miró por encima del hombro hacia la enorme casa principal y la puerta que él le había indicado.

Suspiró y se disponía a caminar hacia allí cuando la puerta se abrió y salió una mujer, seguida de una bola de pelo que salió disparada tras ella.

El perro corrió hacia Rachel meneando la cola con cara de felicidad.

Rachel se agachó con un gorgorito de ternura para que el perro la olisqueara.

—Pero mira qué guapo eres tú.

Al menos alguien se alegra de verme.

—Parece que le has caído bien a Fergus —dijo la mujer mientras se limpiaba las manos en el delantal.

Rachel se incorporó cuando la mujer se acercó.

—Hola, soy Rachel Hayden. ¿Tú eres Alice?

—La misma —respondió Alice tendiéndole la mano—. No sabes cuánto me alegro de que por fin hayas llegado. Llevo más de un año diciéndole a Burt que necesitaba ayuda.

Rachel sonrió al estrecharle la mano.

—Me alegro mucho de estar aquí.

Señaló a su alrededor.

—Menuda finca tenéis.

Alice asintió y miró por encima del hombro de Rachel; una sombra de preocupación le cruzó el rostro.

—Mason no te estaba dando la lata, ¿verdad?

Rachel siguió la mirada de Alice y vio a Mason apilando más cajas del cobertizo, con la cara roja y echando humo por las orejas. Se volvió hacia Alice y sonrió, negando con la cabeza.

—Qué va. Solo me estaba dando la bienvenida al rancho.

Alice entornó los ojos con un destello de sospecha.

—Hmmm. Bueno, déjame ayudarte con las maletas para instalarte.

Señaló hacia el extremo más alejado de la enorme casa principal.

—Te hemos puesto en el ala este, así tendrás algo de intimidad. Mason está unas habitaciones más allá, pero no te molestará.

—Vaya, este lugar es increíble —dijo Rachel mientras contemplaba la casa en todo su esplendor, construida en piedra y madera. Parecía como si hubieran unido tres casas de dos plantas y las hubieran apilado unas sobre otras—. Parece un pequeño hotel.

Observó el balcón corrido que rodeaba la segunda planta.

—Pues no te falta razón —respondió Alice con sorna—. Parecía un hotel cuando teníamos huéspedes alojados aquí.

Negó con la cabeza.

—No te imaginas el alivio que sentí cuando construimos las cabañas en la finca. Ahora se alojan allí.

Rachel cogió sus maletas y siguió a Alice al interior.

—¿Tenéis huéspedes ahora mismo?

Alice negó con la cabeza mientras atravesaban un pequeño cuarto de servicio.

—Tenemos un grupo de empresa que llega en una hora. Estamos en temporada baja, con los niños en el colegio.

Se detuvo en la cocina y señaló a un adolescente que estaba secando platos.

—Este es Cody, mi nieto. Cody, esta es Rachel, de la que te hablé antes.

—Buenas, señora —respondió Cody con una sonrisa.

—Hola, Cody —respondió Rachel con una sonrisa mientras observaba la distribución de la casa.

La cocina era enorme, con una isla de granito funcional de unos tres metros y medio y amplias encimeras que recorrían todo el perímetro.

Su apartamento de Chicago habría cabido aquí sin problemas.

En la pared del fondo había dos hornos dobles, y el frigorífico era una unidad comercial de gran tamaño.

Era la cocina con la que sueña cualquier cocinero, claramente diseñada para dar de comer a un regimiento.

—Menuda cocina —añadió Rachel—. Diría que la habéis renovado hace poco.

—Así es.

Alice la miró con curiosidad.

—¿Cómo lo sabes?

Rachel sonrió.

—Me dedicaba a comprar casas antiguas y reformarlas. Esto me recuerda a un trabajo que terminé hace poco. La cocina y los baños son siempre lo más importante de una reforma. Pueden ser la diferencia entre vender o no vender.

Rodeó la isla pasando la mano por la encimera de granito gris azulado.

—Es un trabajo de primera.

Alice sonrió con orgullo.

—Me alegra que lo veas así. Esto me lo hizo Mason.

Rachel arqueó las cejas.

—¿El vaquero cascarrabias? —se le escapó.

Cody soltó una risita mientras secaba el último plato, y a Alice se le ensanchó la sonrisa.

—Lo siento —dijo Rachel tapándose la boca—. No debería haber dicho eso.

Miró a Alice con cara de disculpa.

—Es que no tengo pelos en la lengua.

Alice resopló.

—No te preocupes por eso. Aquí vas a encajar de maravilla.

Se quitó el delantal.