Capítulo 1 #2
Varias voces y una risa cautivadora captaron su atención y giró la cabeza, buscando el origen.
Mason contuvo el aliento cuando una joven impresionante apareció al otro lado de la calle...
una melena de rizos castaños, curvas de infarto y unas piernas interminables.
Destacaba entre el grupo como una rosa entre cardos, y no podía quitarle los ojos de encima.
¿Quién demonios es esa?
Se quedó mirando mientras el grupo deambulaba por la Calle Principal. La mujer misteriosa les sacaba casi una cabeza a las cinco señoras del pueblo que la rodeaban. Parecía una reina con su séquito: respondía preguntas, reía, paseaba por la acera.
—¡Mason! —Una voz aguda lo sacó de su embobamiento y bajó la mirada.
Andy estaba junto a la caja de la camioneta con otro barril, con las manos en las caderas y cara de exasperación.
—¿Qué? —preguntó Mason a la defensiva.
—Llevo casi un minuto llamándote, tío —respondió el cervecero—. ¿Estás bien?
Mason señaló al otro lado de la calle.
—¿Quién es esa?
A Andy se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—Ah —soltó una risita—. Es la chica nueva del pueblo. Se llama Rachel, viene de algún sitio del norte.
—Vaya —respondió Mason, recorriéndola con la mirada... lo que alcanzaba a ver desde el otro lado de la calle, al menos—. La chica nueva, ¿eh?
—Sí. —Andy seguía con esa sonrisilla de satisfacción—. Corre el rumor de que va a empezar un trabajo por aquí cerca y llegó antes para echar un vistazo al pueblo.
—¿Un trabajo dónde? —preguntó Mason. No había muchos empleadores por estos lares. ¿Qué podría traer a una mujer así hasta aquí?
Andy se encogió de hombros.
—Ni idea. Pero se ha hecho amiga de todo el pueblo desde que llegó. —Señaló calle abajo—. Se aloja en la pensión de la vieja Bitner. —Le sonrió a Mason—. Está como un tren, eso seguro. Si no fuera un hombre felizmente casado…
Mason fulminó a su amigo con la mirada.
—Eres un hombre casado. No me obligues a llamar a Janice.
Andy levantó las manos a la defensiva.
—Eh, es broma, tío. Solo una broma. —Le dedicó una sonrisilla al grandullón—. Tú sí que pareces interesado.
Mason gruñó mientras volvía a clavar la mirada en la morena curvilínea. Sus caderas se balanceaban suavemente al caminar, hipnotizándolo con su ritmo sensual… era sexo con patas. Y ese trasero…
«Dios, cómo me gustaría hincarle el diente…»
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó por encima del hombro.
—Una semana más o menos —respondió Andy—. ¿Me vas a ayudar a subir este barril o qué? —preguntó exasperado.
Mason resopló y se centró en lo que estaba haciendo, asegurando el barril mientras Andy corría a por los otros dos. Echó un vistazo al otro lado de la calle, pero el grupo —y la morena— habían desaparecido.
Frunció los labios, pensativo. Era un pueblo pequeño. Tarde o temprano la encontraría y la invitaría a salir. Cuando tuviera tiempo, claro… Mason sacudió la cabeza. No recordaba cuándo había tenido tiempo libre. Entre el rancho y su hijo, tenía la agenda a tope.
Andy lo observó apretar las correas del último barril.
—¿Vas a participar en algún rodeo pronto?
Mason alzó la vista, frunciendo el ceño.
—Sabes que ya no me dedico a eso.
Andy esbozó una sonrisa culpable.
—Sí, lo sé. Pero el pueblo sigue esperando que el campeón local vuelva a competir unas cuantas veces más.
Mason suspiró y negó con la cabeza.
—El cuerpo ya no aguanta, tío. Tengo suerte de poder caminar, tal como estoy. —Hizo un gesto abarcando el lugar—. Tiene que haber chavales por aquí que quieran quitarme ese título.
Andy resopló y negó con la cabeza.
—En realidad no. ¿Ya hablaste con tu viejo?
—¿Sobre qué? —Mason parecía desconcertado.
—Sobre los caballos de rodeo, tío —replicó Andy, con las manos en las caderas.
Mason gruñó y negó con la cabeza, frustrado.
—Sí, no fue bien. No quiere ni oír hablar de nada que rompa la tradición.
Se cierra en banda cada vez que saco el tema.
—Se limpió la frente con la manga y miró al cielo entrecerrando los ojos—.
Lo entiendo. A mí también me duele. Pero la ganadería ya no es lo que era.
Y ni me hagas empezar con la mierda esa del rancho turístico.
—Bueno —Andy se encogió de hombros—, dale tiempo. Entrará en razón.
Mason se encogió de hombros.
—Ya veremos.
Saltó de la caja del camión y fue hacia la puerta del conductor. Andy le pasó un portapapeles con el albarán, y Mason firmó donde tocaba. Le estrechó la mano al cervecero y preguntó:
—¿La semana que viene a la misma hora?
Andy asintió.
—Sí. Tendremos otra carga lista. —Señaló hacia el bar—. ¿Te apetece una cerveza antes de irte? Acabamos de abrir un barril de nuestra nueva stout.
—No puedo —respondió Mason mientras subía al camión—. Pero me tomaré una la próxima vez.
Se despidió con la mano mientras arrancaba y salía del aparcamiento, dándole vueltas a la conversación con su padre.
* * *
—¿Qué te parece el pueblo hasta ahora? —El rostro de Leah aparecía enmarcado en la pantalla del ordenador, y ladeó la cabeza con curiosidad.
Rachel sonrió y negó con la cabeza.
—Es adorable… y la gente es genial hasta ahora.
No he encontrado ni una sola cosa que no me guste, aparte del calor porque —¡Dios mío!
— estamos en octubre, por el amor de Dios.
Se supone que tendría que hacer fresco y que las hojas deberían estar cambiando de color.
No recuerdo haber sudado tanto en mi vida.
No quiero ni imaginar cómo será el verano. Me va a costar acostumbrarme.
Leah soltó una risita.
—Ya se te está pegando el acento —la acusó, señalándola a través de la pantalla.