Capítulo 1
Aida, Texas
Octubre
—Rose, creo que encontré la porcelana que buscabas. Tiene ese diseño de rositas del que hablabas.
Rachel se asomó desde la escalera del ático, sosteniendo una taza de té.
—Estaba en el rincón más alejado. ¿Quieres que baje la caja?
—¡Oh, esa es! Sí, querida. Por favor, bájala. ¡Oh, gracias!
Rose aplaudió mientras observaba a Rachel maniobrar para bajar con aquella caja enorme.
—Esta va a ser nuestra mejor fiesta de té, ya verás. Agnes se morirá de envidia —cacareó.
Rachel negó con la cabeza mientras dejaba la porcelana en el suelo, a los pies de ambas.
—Eres una mujer despiadada, Rose. Pero supongo que no es una fiesta de verdad si nadie se muere de envidia.
Se incorporó y arqueó la espalda.
—Oye, ese ático necesita una buena limpieza. Siento que me recorren las arañas por todo el cuerpo.
—Lo sé, querida —asintió Rose con pesar—. Solía limpiarlo dos veces al año, pero ahora me cuesta mucho subir. Ya no soy tan ágil como antes.
—Bueno —respondió Rachel, mirando alrededor—, ¿qué más queda por hacer? ¿Llegan a las tres?
—Sí —dijo Rose frotándose las manos con deleite—. Hacía tanto que no podía organizar una de estas, ¡y tú la has dejado perfecta!
Entró en el comedor y echó un vistazo.
—Creo que ya está todo listo. Eres un encanto.
—Bueno, en ese caso, voy a arreglarme antes de que lleguen todas —dijo Rachel con una sonrisa mientras se dirigía hacia las escaleras—. Intenta no meterte en líos mientras estoy arriba —añadió por encima del hombro.
Rachel se duchó a toda prisa, se secó el pelo y se maquilló en tiempo récord. Sonrió a su reflejo en el espejo. Este pueblo le había calado hondo… y eso que acababa de llegar.
Había llegado una semana antes para conocer la zona y le encantaba todo lo que había visto y oído hasta entonces. La gente era estupenda y no tenía ni idea de que el centro de Texas fuera tan bonito ni de que le fuera a gustar tanto.
Puede que esto funcione, al fin y al cabo.
* * *
—¡Rose, eres una maldita tramposa!
La mujer se levantó de un salto, irguiéndose en todo su metro y medio de estatura, temblando de furia, y dio una patada en el suelo.
—Conoces las reglas. Nada de ayuda con la hora del té —ladró, agitando el dedo en el aire.
Rose sonrió serenamente a su acusadora, disfrutando claramente de la disputa.
—Venga, cálmate, Agnes. Te va a dar algo con la angina —dijo en tono condescendiente—. Rachel se ofreció a ayudarme a encontrar mi porcelana, eso es todo. Sabes que ahora me cuesta mucho subir a ese ático. Además, no es que ella haya preparado el té y los sándwiches.
—Venga, déjalo ya, Agnes —intervino Ruth desde su rincón, agitando las manos con desdén—. Yo me acuerdo de cuando tenías a tus dos sobrinos fortachones acarreándolo todo. No nos viste montando un numerito.
Rachel se recostó en su asiento junto a la ventana, dio un sorbo al té y observó al círculo de cinco mujeres discutir entre ellas. Se rio para sus adentros; solo le faltaban las palomitas. Aquello era más entretenido que cualquier película que hubiera visto últimamente.
Ojalá Leah estuviera aquí…
Aquellas señoras eran amigas desde la infancia, y verlas le hacía echar de menos a su mejor amiga más que nunca.
Betty le dio un codazo a Rachel y se inclinó para susurrarle con complicidad.
—Llevamos organizando estos tés casi cincuenta años, y siempre hacen lo mismo.
Señaló a las dos mujeres que discutían.
—Esas dos no saben cuándo dejarlo estar.
Eleanor se inclinó hacia Rachel por el otro lado.
—A veces hasta llegan a las manos —susurró con regocijo.
—Qué va —respondió Betty.
Eleanor asintió con entusiasmo.
—¿No te acuerdas de aquella vez que Agnes estaba agitando el dedo y Rose le dio un manotazo?
Eleanor se recostó, aplaudiendo y sonriendo encantada.
—¡Fue genial!
Betty se rio y negó con la cabeza.
—Se me había olvidado. Fue un día muy divertido.
Miró a Rachel.
—Nos ponemos un poco puntillosas, eso es todo. La hora del té es cosa seria por aquí.
—Y dime, querida —dijo Eleanor poniendo una mano en el brazo de Rachel, cambiando de tema—, he oído que vas a trabajar en la finca de los Freeman.
Rachel asintió con una sonrisa.
—Sí, señora, empiezo en un par de días.
Dio un bocado al delicado pastelito y miró a Eleanor.
—¿Los conoce bien?
—Ay, hija —respondió Eleanor, agitando la mano—. Todo el mundo conoce a los Freeman. Son buena gente.
Betty asintió.
—Gente de bien. Alice es un encanto, y Burt es de lo más decente.
—Pero ese hijo suyo… uf —intervino Eleanor con una sonrisa, abanicándose la cara—. Eso sí que es un hombre como Dios manda… grande, con carácter y guapísimo. Si tuviera treinta años menos, lo perseguiría por todo el pueblo.
—¡Bah, tonterías! —Betty agitó la mano—. No te haría ni caso, y lo sabes.
Se inclinó, ansiosa por soltar un cotilleo jugoso.
—Es el gran campeón de rodeo del pueblo de hace más de diez años. Cuando competía, lo cazó una chica de Nueva York. Se quedó embarazada y luego se largó después de tener al bebé. ¿Te lo puedes creer?
Rachel se echó hacia atrás, mostrando la sorpresa justa.
—¿Se fue sin más? Hmm.
Dio un sorbo lento al té.
—Me imagino que no tendrá muy buena opinión de las mujeres después de eso. Quizá por eso tiene tan mal genio —sugirió.
Eleanor asintió.
—Dicen que se mantiene alejado de casi todas las mujeres de la comarca.
Se quedó pensativa un momento.
—De hecho, no creo que haya salido con nadie en mucho tiempo. Puede ser bastante borde con la gente. Sé que no soporta a los visitantes que tienen en el rancho.
—Entonces, ¿de dónde dijiste que eras? —preguntó Agnes con acritud, el rostro arrugado como una pasa mientras miraba a Rachel con los ojos entrecerrados.
Al parecer había terminado de discutir sobre las reglas específicas de la hora del té y había centrado su atención en la chica nueva del pueblo.
Su actitud, sin embargo, no había cambiado.
—Ay, Agnes, eres un cielo. Nunca le diste la oportunidad con todo ese cacareo tuyo —intervino Rose, con una sonrisa serena que contradecía su comentario mordaz.
Rachel casi se atragantó con el té... Estas señoras eran increíbles.
Para evitar lo que se perfilaba como una guerra total, Rachel miró a Agnes, que estaba morada y parecía a punto de explotar.
—Llevo viviendo en Chicago unos doce años.
—Dios mío —dijo Ruth, llevándose una mano al pecho—. Chicago es una ciudad enorme. ¿Naciste allí?
Rachel negó con la cabeza.
—No, soy de Kentucky.
Dio otro sorbo al té y observó al grupo para ver cómo recibían ese último dato.
Agnes le lanzó una mirada recelosa.
—¿Kentucky, eh? ¿De qué parte?
—Cerca de Lexington —respondió, con cuidado de no dar demasiados detalles—. Crecí rodeada de colinas verdes y paletos.
Eleanor sonrió.
—Me pareció detectar un deje de acento sureño —dijo con aprobación—. Me imagino que fue todo un cambio vivir en Chicago.
—Desde luego —asintió Rachel mientras mordisqueaba el pastelito—. No estaba segura de si sobreviviría a mi primer invierno allí. Por no hablar de toda la gente, el hormigón y el tráfico.
Se encogió de hombros y sonrió.
—Pero me acostumbré e hice muy buenos amigos.
—¿Por qué demonios querría cualquier persona en su sano juicio mudarse a Chicago? —preguntó Agnes con aspereza.
Rachel frunció los labios.
—Bueno, era la ciudad grande más cercana a mi casa, y conocía a algunas personas allí. Además, me ayudó a abrirme camino en el diseño y el sector inmobiliario.
Rose hizo una pausa mientras servía más té, con las cejas arqueadas con interés.
—¿Eres diseñadora? ¿De qué?
—Empecé en diseño de interiores —respondió Rachel—. Al principio hice algunas reformas de casas. Pero durante la recesión compré una casa adosada en ruinas por cuatro duros, la reformé, la revendí y gané una pequeña fortuna.
Miró alrededor; el círculo de señoras la escuchaba con atención.
—Compré, reformé y vendí más de quince casas en poco más de diez años.
Rachel estaba orgullosa de su éxito. El mercado inmobiliario era duro en Chicago y nunca se había recuperado del todo a los niveles previos a la recesión.
—¿Para eso te contrataron los Freeman? —preguntó Betty desde su rincón—. Siempre están haciendo obras en su finca.
—No, que yo sepa —Rachel negó con la cabeza—. Me contrataron para organizar su oficina, promocionar el lugar y ayudar a expandir el rancho turístico. No mencionaron nada de reformas. Pero —añadió pensativa— supongo que no está descartado.
El grupo sonrió de oreja a oreja cuando a Rachel se le escapó un deje tejano.
El rostro de Agnes se contrajo en un gesto de preocupación... o toda la preocupación que era capaz de mostrar.
—Bueno, vas a necesitar toda la ayuda del mundo si ese es el caso. Su hijo lleva años intentando cerrar el rancho turístico.
—¿Mason? —preguntó Rose.
Eleanor asintió.
—Alice me contó que Burt y Mason andaban a la greña por cambiar el negocio. Algo de animales de rodeo o algo así.
—Bueno —intervino Rachel pensativa—, seguro que lo averiguaré cuando llegue.
—¿Dos días, dijiste? —preguntó Agnes.
—Sí —asintió Rachel—. Y vosotras, señoras, tenéis que prometerme que seguiréis invitándome al té mensual. ¡Esto ha sido muy divertido!
Su comentario arrancó sonrisas y asentimientos de aprobación en toda la sala.
* * *
—Tenemos un par más en la trastienda, si te caben —dijo el cervecero mientras hacía rodar con cuidado el barril de bagazo hacia la camioneta.
Mason asintió.
—Gracias, Andy. Nos los llevamos.
Se agachó para coger el barril mientras lo subían a la caja de la camioneta, lo colocó en su sitio y lo amarró.
Mientras el cervecero volvía a toda prisa al edificio a por la siguiente carga, Mason echó un vistazo a la pequeña zona del centro con su hilera de escaparates. Se levantó el sombrero y se secó la frente; el sol le daba de lleno.
Joder, qué calor más infernal.
El famoso clima otoñal de la zona aún no había llegado, y las temperaturas seguían superando los cuarenta grados.